jueves, 10 de noviembre de 2011

Libertad condicionada

“Ah, este ya es el sonido de la primavera…”. Obdulio Melón iba caminando al trabajo. Le gustaba pasear y el buen tiempo le había animado a hacerlo de buena mañana. Y es que Obdulio Melón estaba ese día exultante. No era para menos. Hacía un sol radiante, la temperatura empezaba a ser más cálida y la tierra renacía bajo sus pies. Con paso decidido y alegre se dirigía a su destino. “No cabe duda de que soy un tipo con suerte”, iba pensando. “Estoy en la flor de la vida, tengo salud, gente que me quiere… Ahora voy a trabajar y haciendo algo que me encanta, y encima con buenos compañeros. Y por si fuera poco este día tan extrordinario…”.


Andaba en sus felices pensamientos cuando recordó que llevaba tabaco encima. No fumaba a menudo, solo en reuniones agradables y en momentos especiales. Y qué duda cabe que se encontraba inmerso en un instante especial. Le pareció el súmmum de la libertad poder encender un cigarro en ese momento inesperado y disfrutarlo tranquilamente. Era increíble. Nadie podía impedírselo, solo tenía que sacar el paquete de la mochila, extraer el cigarro y ponérselo en los labios. Y acto seguido la maravillosa primera calada…


Obdulio llevó a la acción sus pensamientos. Sacó el paquete de la mochila, extrajo el cigarro, se lo puso en los labios. Pero cuando fue a encenderlo se dio cuenta de que no estaba. De su boca pendía la boquilla, pero nada del resto. Sorprendido buscó en el paquete, pero no encontró nada. Miró por el suelo, pero nada de nada. Con los ojos muy abiertos y la cabeza gacha guardó el tabaco y siguió su camino, menos alegre ahora. Por lo visto no somos tan libres…

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Otoño

El hombre del paraguas negro que pasea al perro detiene su mirada en un
balcón levemente iluminado. Está cayendo la tarde y el agua golpea los
cristales. En su interior, fuera de su vista, hay una chica recostada en
un sofá rojo. La televisión encendida sin volumen, la taza de té vacía en
la mesita. La visión hipnótica de la lluvia la embriaga. El tan esperado
otoño se instala de repente en su salón. El amor, el paso del tiempo, la
madurez. Con los años los tormentos que tanto la hicieron sufrir se evocan
idealizados. Al igual que cuando se ama con tanta fuerza que casi se llega
a desear ese apasionado enfrentamiento amoroso, en el que aflora la
violencia, las lágrimas, el desencuentro. Y el corazón se encoge, ante tal
visión romántica. Para que más tarde, cuando inevitablemente llega,sentir
el golpe que le arroja al barro, hundiendo la cara, donde la belleza no tiene lugar.
Baja la mirada hasta sus pies, se le están quedando helados. Se pone las
zapatillas y se acerca al balcón.

La calle está desierta. En ese instante llaman al portero. No espera a

nadie, pero abre sin preguntar. Un repiqueteo de patas nerviosas asciende
por la escalera, y casi en penumbras se presenta un hombre. Un perro salta
hacia ella, mueve la cola, casi diría que sonríe. Ella se agacha, lo
acaricia y levanta la mirada hacia él. Parece que fuera ya ha dejado de
llover.

El agua

- Hay algo en el agua. Hay algo en el agua.

Sus ojos estaban fijos, su dedo señalaba al río. Pero nadie le escuchaba.
Sus padres reían sentados sobre la manta, levantaban sus copas, enjugaban
el sudor con sus pañuelos a la sombra de los olmos.

- Hay algo en el agua. Su voz era un susurro.

Aún se recuerda en el pueblo aquella tarde de verano. La batida de los
vecinos por toda la ribera. Los gemidos de la madre, sin cuerpo al que
llevar flores.

domingo, 6 de noviembre de 2011

El ticket (a mi amigo Enrique)

Me gusta leer. Da igual el género, novelas de aventuras, poesía de amor, teatro surrealista .., Cualquier buena historia provoca en mí una reacción, más auténtica que cualquier momento de mi vida real. Sin embargo esta vez fue diferente. Realmente es difícil explicarlo con palabras, dada la intensidad de lo sentido. Había ido a la biblioteca, tal y como solía hacer todos los lunes desde hacía ya más de diez años. Vi a mucha gente conocida. A la puerta estaba el aplicado grupo de estudiantes tomando café mientras charlaban de todo lo que les quedaba por estudiar y la nochecita que les esperaba. En su rincón estratégico divisé al vigía que sin tregua controlaba las entradas y salidas de todas mientras se engañaba disimulando leer algo, sin quitarse sus gafas de severa miopía. Me dirigí a las estanterías y tal y como hacía últimamente cogí un libro al azar. Esta vez tocaba la estantería Ga-Gr. Apenas si me fijé en el autor o el título. Cuando llegué a casa y después de acostarme comencé a leer, tal y como hacía todas las noches. Se trataba de una novela histórica no muy convincente. La verdad es que no pude avanzar más que unas cuantas páginas antes de dormirme. Aquella noche tuve el sueño más sensual de toda mi vida. Nada especial había pasado en las últimas semanas, pero no le di mayor importancia. Sin embargo lo mismo ocurrió la noche siguiente y la otra y así hasta que acabé aquel extraño libro. Al llegar a la última página lo comprendí todo. En la misma había un ticket del último lector del libro. Algunas le conocían como el Richard Gere de la biblioteca, pero para mí era mucho más que eso…

miércoles, 12 de octubre de 2011

Ciudad espectral

Nunca lograban ver la luz del sol, ni sentir su calor acariciándoles. Vivían en una bruma persistente. Las emanaciones que provenían de la fábrica provocaban una densa niebla que lo abarcaba todo. A veces se colocaba encima de las casas, como si fuera una gigantesca carpa cenicienta, otras veces caminaba entre las calles acompañándolos adonde fueran. Y también se metía en sus entrañas. Parecían muertos en vida yendo de un lado a otro con ese ritmo constante, lento pero obstinado, que era el único aliento que les quedaba del empeño humano por sobrevivir. En ocasiones intercambiaban algunas palabras. Hablaban del trabajo, de alguna novedad sorprendente que hubiera tenido lugar, como un nacimiento, y muy de tarde en tarde recordaban tiempos mejores, cuando se oían risas en el pueblo y la gente tenía ilusiones. Pero esto cada vez tardaba más en ocurrir, además la mayoría ni siquiera había conocido esos otros tiempos.

Inesperadamente un día las cosas cambiaron. Cerraron la fábrica y lentamente se fue retirando su capa gris de encima de la ciudad. Entonces la gente miraba al cielo con la boca abierta, intentando enfrentar aquel torrente de luz que no entendían. Muchos murieron. Sus sentidos no pudieron soportar tal sobreexcitación. Otros se fueron a algún pueblo cercano, buscando fábricas como la suya con la excusa de encontrar trabajo. Solo unos pocos se quedaron, espíritus todavía jóvenes que, con más o menos años, conservaban la capacidad de mirar a la luz de frente. Y la antigua fábrica permaneció en el olvido.

sábado, 8 de octubre de 2011

Una jornada distinta

Hoy va ser un día diferente y especial—Pensó Anselmo cuando cómo cada día, siguiendo la misma rutina se disponía a  salir de su casa camino del ascensor.

Todos los días el despertador sonaba a las 7.45 horas, pitido que subía su tono progresivamente. Acto seguido el estiramiento habitual de 10 minutos, que ayudaba a estimular las articulaciones y evitaba alguna molestia muscular, propia  de la edad.

 Después se fue hacia el cuarto  de baño, abrió el grifo de la ducha, se miró en el espejo y observo cierta palidez  en el rostro, pero se dijo  “!bah¡  una buena ducha, un afeitado y cómo nuevo”.Una vez terminada  la ducha y el aseo personal, se perfumó y  fué hacia el armario donde tenía colgados los trajes y camisas

Hoy es mi día de suerte, se decía mientras elegía un traje gris de corte clásico, una camisa color marfil así cómo una corbata de tonos Burdeos, dandole un aire de distinción y colorido .Cogió los zapatos negros, cepillados la noche anterior y se miro en el espejo de sastre calificando su aspecto con un notable.

A sus 68 años seguía conservando parte de su pelo blanco con toques grises en  las sienes, su metro setenta y cinco de estatura y su cuerpo moldeado por la gimnasia constituían una imagen bastante seductora tanto para mujeres de su edad cómo para algunas jovencitas .Satisfecho de cómo se veía, descolgó el abrigo azul marino, la bufanda Burdeos y se miro por última vez en el espejo.
.
Miró el reloj, eran las ocho cuarenta y cinco, una hora exacta cómo cada día y con tiempo suficiente para acercarse a la cafetería habitual, donde se encontraba con sus compañeros de desayuno., saboreando sin prisas el café, la media tostada y su copa de brandy Luis Felipe.

Procedió a llamar al ascensor y en el transcurso de la espera y bajada, recordó el sueño que lo había tenido despierto las primeras horas de la noche.

No le dio mas importancia y se dijo para convencerse “que sería originado por la cena en casa de su hermana, la  manía de unas salsas fuertes y tomar carne con lo indigesta que le resultaba para el estomago que tenia últimamente delicado “
Pero a la vez también  y en voz baja se decía ¿seria cierto? ,¿Y si lo fuera? ; Lo despertó el  timbre habitual del ascensor al llegar al planta baja

 
El contacto con la calle le hizo estremecerse al sentir en su rostro el aire frío de un día gris y  nebuloso propio de las alturas del mes de Noviembre en las que se encontraba, se subió las solapas del abrigo, así cómo se colocó protegiéndose el cuello la bufanda, prenda que daba el toque de  alegría tanto  a su indumentaria cómo a la jornada que se presagiaba

Mientras caminaba a paso tranquilo se decía que el optimismo con el que había comenzado  no se lo arrebataría nadie y menos un día cómo éste

Avanzaba  hacia la cafetería, observando el trasiego continuo y rutinario de las personas, madres tirando de niños para el colegio ya sea de la mano o de un carrito, con carros de compras, bolsas de deporte, ejecutivos con sus trajes y carteras, gabardinas y abrigos, hablando por los móviles con multitud de aspavientos y gestos, el incesante sonido de los claxon de los automóviles en el constante  atasco diario.

Pero Anselmo caminaba cómo si dispusiera de todo el tiempo del mundo (afirmación cierta ya que llevaba jubilado ocho años).

Al llegar a la cafetería, dio una ligera mirada a todo y en especial a la mesa que, como siempre, ocupaba con sus amigos de tertulia, al fondo del local  ,.junto a una pecera con peces tropicales y una gran cristalera que permitía ver los jardines del fondo.

Al principio le extrañó no ver a sus compañeros, pues por lo general llegaban antes que él. Paco y Javier con sus chandals y zapatillas, después de haber caminado los cincuenta minutos diarios ,costumbre adquirida cuando a ambos los jubilaron del Banco Exterior de España y que llevaban realizando diez años todos los días con lluvia ,frío o calor ,salvo cuando con sus respectivas esposas tomaban las vacaciones para ver a hijos y nietos dispersos por la geografía española;. Román que había regentado una librería hasta que la crisis y el centro comercial adyacente motivaran su cierre, con sus clásicos chalecos  de lana, que su esposa seguía confeccionándole y que él se ponía le gustara o no, para no contradecirla con ese amor que caracteriza el  paso del tiempo entre dos personas.

 Por último Domingo, el eterno viudo, pues su esposa murió joven al dar a luz a la  única hija que pudieron tener.De eso hacia ya veinte años, había criado y educado a su vástaga lo mejor posible, estando orgulloso de la orientación profesional de su hija, enfermera del Hospital San Ignacio, donde muchos años él había sido celador .Nunca pensó en casarse ni en ninguna otra mujer que no fueran su hija y su  desaparecida esposa Eloisa .

Un grupo variopinto donde el destacaba por ser el único soltero.

Se acerco a la mesa y cogio el periódico lanzando una mirada al titular LOS ESTADOS UNIDOS ELIGEN CANDIDATO PARA LA CASA BLANCA, dio la vuelta al periódico y empezó a ojear las paginas de los programas de televisión ,anuncios ,carteleras de cine ,crónica social así cómo las esquelas ,por si cómo un instinto de supervivencia y algo tétrico lo llevara a pensar que nunca llegaría la hora de verse en ella y así  encontrar algún conocido teniendo que asistir al rito del sepelio, escuchando las voces de conocidos y amigos que una vez y otra le decían “pero chico que bien te conservas “ ,”Nos vas a enterrar a todos”

De pronto sus ojos se quedaron fijos en una esquela, rectangular, no de gran tamaño, en negrita y cursiva, sus manos temblaron, su rostro adquirió el color pétreo de las figuras de alabastro que adornaban la cafetería.

Levanto los ojos del papel y observo lo que le rodeaba, vio al camarero Rafael de un lado hacia otro, las mesas y sillas  ,los jarrones con las flores amarillas y azules  ,las señoras que se sentaban junto a ellos y sólo parloteaban de la televisión ,de sus nueras y yernos y de sus maridos, eso seres tan incompetentes que después de muchos años con ellas ,no tenían ni los mas mínimos detalles..
Pero no percibía ni ruidos ni olores. Volvió a mirar la esquela, suspiró y cerrando los ojos memorizó el texto
 
ANSELMO RODRIGUEZ DE LA SIERRA
Ha fallecido  a   la  edad de 68 años en su domicilio, de la calle Sacramento 44
Familiares y amigos ruegan una  oración por su alma
El traslado del cuerpo se efectuara a las nueve de la mañana hacia el tanatorio nº 4, donde se celebrará la misa de in corpore insepulto, para luego proceder al traslado de los restos al mausoleo familiar ,por cuyos actos de caridad cristiana le estaran eternamente agradecidos.



Miró hacia la cristalera y el cristal no le devolvió su mirada.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Funny game

Desde la cocina, donde estaba cortando la verdura, no se oía la conversación de la habitación. Ni siquiera llegaba un susurro. Tanto mi madre como su amiga hablan más bien bajito. Sobre todo ella, su amiga, qué mujer más educada, me había causado muy buena impresión. Su corte de pelo tan moderno para su edad, su ropa tan elegante. Solamente había un pero. Eran más de las nueve y seguía allí, después de tres horas. Seguía sentada frente a la cama de mi madre contando historias, y aunque a ella le servía de distracción ya iba siendo hora de un poco de intimidad. Mi madre tenía que tomar sus pastillas y comer algo antes de que fuera más tarde. Estaba claro que me tenía que quedar a cenar, otro día que llegaría tarde a casa.

Fui al salón y encendí la tele. Tras un breve repaso tuve la suerte de ver que empezaba una película. Qué estupenda sorpresa, la primera de “Funny games”, esa no la había visto, podría ser un buen plan. Podría terminar de preparar la cena rápidamente y sentarme a verla. Sí, eso es lo que haría.

Corté unos tomates, un poco de lechuga, unos espárragos, y me acerqué de nuevo al salón, a ver qué estaba pasando en la peli. Ya estaba aquel angelito de muchacho con los huevos en la mano. Ya empezaba lo bueno. Ahora es cuando llega su amigo y comienza a liarse la cosa. La violencia como escape, cuando no hay nada en lo que pensar, cuando no hay ninguna necesidad ni meta. Me atraía esa visión, esa rebeldía extrema.

Al fondo del pasillo aquella luz tenue propagaba ahora sí los ecos de algún episodio del hijo de esta buena mujer, no recordaba cómo se llamaba. Miré el reloj de la pared. Esto ya era el colmo. Eran ya las diez y media y nada, no se iba. Había que hacer algo. Otra vez, como ya me había ocurrido hacía unos años, me asaltaba el ansia del mal, de salirme del camino. No era justo hacer siempre el mismo papel, desde pequeña, la buena chica, a la que le pertenecen las buenas notas y las palabras comprensivas.

Fui hasta la cocina, cogí el cuchillo de antes, era perfecto. Y enfilé hacia la habitación. Una vez en la puerta avancé lentamente. Giraron sus cabezas, podían ver muy bien mi cara, y mi mano firme con el cuchillo bien apretado entre mis dedos. Sus rostros de confusión y su balbuceo pidiendo alguna explicación me animaron a continuar.

- Señoras, ha llegado el momento de poner las cosas claras. No todo en esta vida puede ser de color de rosa, a veces es necesario mezclarlo con un brillante rojo sangre, todo bien combinado.
Es tarde, ha empezado una buena película, tengo hambre, tú tienes que tomar tus medicamentos… debo pedir por favor que usted se vaya, amable señora. Estaré encantada de acompañarla hasta la puerta antes de que las voces que me acompañan me empujen a suplicárselo de forma más contundente. No sé si me explico.

Apenas sin parpadear se levantó de su silla y pasó junto a mí despacio primero y más rápido después hasta que sonó el portazo. Mi madre, con los ojos desorbitados luchaba por encontrar alguna palabra, sin poder incorporarse de la cama a causa de su convalecencia.

Volví al salón con una serena satisfacción y subí el volumen. Llené hasta arriba el vaso de agua y pinché el primer trozo de tomate. Ya estaban los muchachos golpeando al padre, aunque sin perder la educación, claro, eso era lo primero.

lunes, 11 de julio de 2011

El abandono de las musas

Entre sueños oyó un pitido: ¡Ring!¡ Ring !, sacó el brazo fuera del edredón y el primer contacto con la estación del año en que se  encontraba le llegó a la cara a modo de bofetón, pulsó el despertador para apagarlo y volvió a meterse entero bajo el nórdico:    Cinco minutos mas—pensó. El madrugar nunca había sido una de sus actividades favoritas. Parece ser que , a modo de compensación, no dormía siesta. Intentó cerrar los ojos de nuevo y no pensar en nada, pero el timbre seguía sonando.
—¡Vaya, para ser de los chinos, qué bueno era!— pensó en medio de la modorra.
Una vez que sus cinco sentidos fueron saliendo del letargo, comprendió que lo que sonaba era el teléfono y se apresuró a ponerse sobre los dos pies. Su extrañeza tenía como origen otro interrogante:—¿Quién llamaría tan temprano?. Sólo eran las 8 de la mañana—se dijo recuperando poco a poco la conciencia.

—Buenos días, Roberto al habla.
—Hola Robert, ¿qué tal campeón? Ayer tuvimos reunión en la productora, adivina de qué hablamos, de tu pedazo de guión. El jefe nos dijo que te dieras prisa, que querían empezar a rodar el mes que viene; por supuesto yo le comenté que no había problema, que tú eras un Audi A4 de total garantía. Le recordé la gran versión que hiciste para Spilberg sobre La ciudad de los Pigmeos. Bueno, adelántame algo sobre la historia, tú sabes que soy una tumba improfanable, si quieres nos vemos, almorzamos juntos y me cuentas…
—Verás, Rafa, tengo la historia pero me falta perfilar el final
—Robert, el Dire ha mostrado preferencia por la novela histórica, pero si le presentas un buen trhiller te dará un beso en la nuez, el caso es que quiere empezar a rodar antes de primavera, por si el rodaje se alarga, estrenar más o menos para Diciembre, ya sabes cuestión de marketing , piensan que las Navidades es la mejor fecha.
—Tranquilo Rafa, el guión estará terminado para el mes que viene. Te llamo dentro de un par de semanas y te anticipo algo.
—Venga Robert, ánimo e inspiración.
—Gracias por tu confianza, Rafa, nos vemos pronto.
Cuando colgó el teléfono, el motivo de su preocupación volvió de nuevo a su mente; por mucho que se ponía delante del ordenador la historia no cobraba forma. Había empezado por lo menos tres temas: el explorador que se adentra en la selva con un safari y descubre una red de narcotráfico, pero la historia se le había parado, no conseguía unir el principio y el final de la trama, aquello parecía una mala versión de Indiana Jones, donde los leones acaban comiéndose al malo. Claro que en el cine americano de los años cincuenta el antagonista acababa chupado por las arenas movedizas, como habíamos visto más de una vez en las películas de Tarzán. Después ensayo a escribir sobre pueblos africanos, civilizaciones perdidas que seguían ancladas en ritos ancestrales, como el culto al Dios del fuego o a otra deidad más sugerente. Lo bueno que tenía este tema es que podías dejar volar tu imaginación, pero la suya cogió un parapentas  y se elevó demasiado. Parece ser que el estreno de Avatar lo hizo desistir del tema , él se consideraba mediocre al lado del creador de algo así. En realidad sus éxitos como guionista se habían basado siempre en la adaptación de buenas novelas.
Roberto quería crear un argumento que fuera suyo y su gran preocupación se centraba en la pregunta: ¿Cómo atrapar al espectador con una historia? Todo estaba contado desde hacía siglos, de hecho las grandes pasiones ya aparecían en los mitos. Pensó escribir sobre un tema cotidiano, ¿pero qué?, y si no, sobre el gran tema de siempre: la culminación de un amor con una prueba que ponga a los espectadores en la duda de si será de verdad o no, o bien la separación tras el engaño de uno de los personajes de la pareja por causas diversas: cansancio, apatía, terceras personas, lejanía profesional y un largo etcétera de asuntos que iban desfilando por su mente.
Todos los días empezaba una parte para descubrir a las pocas horas que estaba trabajando sin conexión, que intentaba inventar una historia que resultaba artificial, y que acabaría en un culebrón sudamericano o en una mala adaptación de una novela de Carmen Amoraga o de Angela Vallvey. Recordó las típicas historias de mujeres modernas y liberadas que se habían llevado al cine y le vino a la mente la adaptación del Atlas de Geografía humana de Almudena Grandes, película que pasó desapercibida para las grandes opiniones de los críticos de cine. Claro que ¿cómo iba a escribir sobre el amor una persona como él, al que no le cuajaba ninguna relación?
—Mas bien sobre el desamor—se dijo ante el espejo dirigiéndose la típica mueca a la que iría unida la frase:¡Soy un desastre!. Ya había superado aquella imagen de incomprendido de la que se quedaba colgado cada vez que recibía calabazas como un Calimero cualquiera.
La primera de ellas coincidió precisamente con la fiesta de Halloween, ella se vistió de bruja para decirle que el amor se había acabado; entonces Roberto pensó que todas las mujeres eran unas sibilas y no se equivocaba. Les gustaba enredar, sobre todo enjuiciar   los defectos de los hombres  a su antojo, para salir victoriosas del embrollo.
La segunda no tenía muy claro lo que quería de una relación y acabo teniéndola con otra mujer, ella quería un alma gemela y Roberto era un alma melliza, mucho amor pero no se parecían en nada.
Lo peor fue la tercera, Mariví. La conoció en la productora y pensaba que el compartir profesión  suponía un terreno abonado en el campo del amor , pero ella también se cansó. Hacía apenas dos meses que se había ido a Londres con un contrato que le ofreció otra empresa para diseñar cortos. Es verdad que él no era nadie para impedirle triunfar en su carrera, pero desde que se fue el contacto había sido el mínimo, dos o tres llamadas por cortesía, como para demostrarle que él era perfectamente prescindible en la nueva vida que acababa de comenzar.
Cansado de darle vueltas al asunto, comprendió que así no conseguiría nada y decidió desconectar un rato. Le  entró hambre y se llegó al  frigorífico pensando encontrar algo para picar, pero sólo había huevos, algun tomate y restos de comida de hacía dos días  que le había traído su madre. Últimamente la preocupación que le invadía, le impedía comer y  dormir, hasta el punto que estas dos acciones vitales para toda persona habían pasado a un segundo termino. Se puso unas zapatillas, una camiseta de deporte y bajó a la tienda del barrio para comprar algo. Cogió algunas bolsas de fritos, frutas y una botella de Borbuon con la que compartir  sus noches de insomnio.



El supermercado respondía a la  clásica tienda de ultramarinos de toda la vida   , un pequeño reducto con tres estanterías, un congelador, verduras en cajas  y naranjas en el exterior completaban el espacio, junto a los carteles de promociones que tanto éxito tenían entre los vecinos. En los últimos meses había incorporado un nuevo refrigerador  donde los helados Mágnum hacían las delicias de la gente que frecuentaban el local. En realidad, en un reducido espacio presentaba más de un servicio distribuido de forma impecable: Una estantería destinada a la droguería, con las últimas marcas de productos que el mercado tenía reservado a artículos de limpieza, compresas, tampones y salva-slips e incluso para las últimas navidades, incorporó colonias de imitación de la marca Safir, que pasaban por ser el sueño de todos aquellos clientes a los que les gustaban los perfumes. La magia de su venta empezaba por las ofertas:
—Mari ha puesto tres kilos de patatas y una docena de huevos por dos euros—comentaba una.
—Sí, por lo menos no nos faltan los huevos fritos en época de crisis.
Era un lugar de encuentro de las gentes del barrio, sobre todo por la dueña y cajera qué durante el proceso de cobrar los artículos  hablaba de todo, lo mismo de enfermedades que de pintura, pasando por cómo hacer punto de cruz, toquillas para bebés, la historia del  nacimiento de su nieta y las consabidas fotos de la niña que hacía cada semana. A Roberto siempre le había parecido un fastidio tener que escuchar todas estas historias, porque la prisa le obligaba a no querer pararse más de lo necesario en cuestiones que para él eran intrascendentes y carecían por completo de toda consideración, a él sólo le interesaba que le cobrara lo antes posible. Esta vez se encontraba en la cola de la caja, cuando la cajera empezó a contar la experiencia de su nombramiento como  miembro de una mesa electoral en las  elecciones municipales. Hubo muchos de los vecinos que fueron porque la conocían a ella y mientras le comprobaba el DNI , le contaban parte de sus vidas, la muerte de un familiar, la crisis del gobierno, las empresas que estaban cerrando; en un momento aparecieron cinco o seis historias que tenían como base la vida cotidiana que tanto había buscado:
—Mary, mi hermana está con colitis, ¿puedo votar yo en su lugar?—preguntó una vecina de casi noventa años.
—Chiquilla, como se te ocurre semejante cosa, cada persona tiene que venir a depositar su voto.
— ¿A qué, Mary?, ¿Esto no es para votar?—preguntaba la mujer totalmente desorientada.
—Claro Matilde, pero cada una tiene que venir a echar su  propio voto.
—Vaya, no pensaba que todo fuera tan difícil—contestó Matilde, resignándose a no poder engrosar los votos de su partido.
Otro de los clientes que venía sólo por una cerveza, le dio el importe exacto al marido que despachaba los ultramarinos, mientras nuestra cajera enseñaba las pinturas que había expuesto en el taller del distrito a dos de sus clientas que estaban al principio de una fila que cada vez iba llenándose más de público en espera de poder abonar el importe de los productos que habían adquirido. Uno de los compradores que presenciaba la exposición de cuadros, cargado con una gran bolsa de deporte de las que se usan para llevar dos raquetas de tenis, demostró su impaciencia con una frase que para ella ya era habitual:
—Perdona Mary, te doy el euro de las dos latas de Aquarius que llevo, me esperan para jugar y voy algo tarde.
—Claro Paco—contestó Mary sin alterarse—. Supongo que el contrincante podría asfixiarse tanto rato dentro de la bolsa.
La magia de todo aquel proceso era que muchas personas estaban solas y agradecían la atención que se les brindaba y la distracción de las conversaciones que mantenían con la vendedora.
Cuando llegó su turno, ella le preguntó por su madre y por Marivi que seguía en Londres . Le agradeció mucho su interés y se despidió dándole las gracias por todo. Ella le sonrió y al salir le oyó decir a una de las tertulianas:
—Es guionista de cine. Desde que se fue su novia no ha sido el mismo.
—Ya, esa chica tan mona, tan delgada, que habla con acento extranjero—dijo la contertulia.
—Si, creo que es francesa, pero muy educada y agradable. Siempre me preguntaba por mi nieta y me decía que le encantaban los niños—explico Mary.
—Y, ¿qué ha pasado?—preguntó la vecina—. ¿Lo dejó ella?
—No se sabe, menos mal que viene su madre, la mujer lo encontró muy mal a los tres días de irse ella, bebiendo como un cosaco y sin apenas comer, por eso viene cada dos o tres días a ver cómo sigue.
—Lo que no haga una madre por un hijo…—siempre la de turno.
—Ya va aceptándolo poco a poco, por lo menos nos saluda y está un poco más sociable. La madre estaba preocupada porque fuera a perder el trabajo. Tú sabes, lo que sabe es escribir y si no le salen guiones…—Mary estaba totalmente solidarizada con la causa de la madre.
—Es lo malo de la vida bohemia, que un día estás en lo más alto y al siguiente no te sacan de la alcantarilla—la sentencia de la contertulia era implacable.

Mientras Roberto subía a casa empezó a pensar en una de las claves de su falta de inspiración: no había nada de él en las historias que escribía, vivía refugiado en su dolor, en el abandono en que ella le había sumido cuando le anunció que no quería seguir con aquella relación que mantenían. Mariví quería un tiempo para pensar y, de paso, adquirir experiencia profesional con que engrosar su currículum..   
El triunfo de Roberto se basaba en su forma de caracterizar a los personajes, donde volcaba parte de sus sentimientos y emociones, en suma, de su experiencia vital. Tenía que volver a ese binomio personaje-autor, para llegar hasta el espectador.
Pensando en esto le invadió el optimismo, una luz se encendió en su cabeza y comenzó a darle a las teclas a medida que se tomaba la copa de Bourbon. Todas las vidas tenía algo interesante que contar, incluso la de aquellas personas corrientes que se daban cita en aquel supermercado para referir, a pesar de todo, que su vida era de lo más normal y que no revestía nada de interés. A estas alturas el tener una vida así era un lujo, una casa, un trabajo, algunos amigos con los que salir de vez en cuando e incluso una tienda donde te preguntaran si todo te iba como siempre. El papel de campeón no se podía mantener eternamente, de hecho él había triunfado donde otros fracasaban, lo que le permitía vivir haciendo lo que le gustaba, escribir. El amor no podía acaparar toda su atención, ni hacer que su vida discurriera por la senda del fracaso hasta el punto de tirar por tierra otros logros. La vida era así, en unas cosas se ganaba y en otras se perdía, lo importante era no cerrarse puertas y, si alguna se cerraba, ser capaz de abrir una ventana. 
Cuando estaba metido en la historia, sonó el teléfono, pensó en Rafa y en su apremio, esta vez tenía respuesta, quedaría con él la semana que viene, incluso le hablaría de otro guión que tenía en mente. Había que vender historias cargadas de humanidad, sin héroes brillantes , personas de carne y hueso con éxitos y fracasos y, lo más importante, cómo salir de estos últimos.
 Descolgó el auricular con entusiasmo, al otro lado del teléfono sonó la voz de  Mariví: —Hola Roberto, ¿qué tal si nos vemos?

lunes, 20 de junio de 2011

Rojo

      Entra en el edificio, saluda al portero y se dirige a la puerta del ascensor. Antes de pulsar el botón de la cabina, recuerda que no mira el buzón desde hace varios días. Busca las llaves en el bolsillo de la chaqueta.        Por fin saca el llavero. Se dirige a la parte derecha para abrir el correspondiente compartimiento.
       Nada, sólo propaganda, folletos de restaurantes chinos, otros de grandes superficies.
       El portero le observa:
       —No ha llegado el cartero, Sr. Armando.
       —Gracias, Jorge
       —Sólo han traído publicidad— dice Jorge.
       —Como siempre, gracias, muy amable.
      Sube al piso, ¡por fin en casa! Es la cuarta entrevista que realiza esta semana. En todas el entrevistador o entrevistadora, elegantemente vestido, le comunica de una forma correcta que el mercado está muy difícil, que cada vez son mas los que se presentan con un currículum impecable, que no pone en duda su capacidad como gerente y por supuesto tiene en cuenta la recomendación del Sr. Cubero.
       —Por cierto, ¿hace mucho que no ve usted a Pedro?
       —No me hable de usted, por favor —dice nervioso. Desde que cerró la empresa.
       —Ya, fue lamentable lo de su mujer en aquel accidente. El nunca se recuperó.
       —Si , venían de un viaje de negocios y tuvo mala suerte con aquel bache en la carretera.
     —En fin, la vida .Se ve que lo aprecia mucho .Si le seleccionamos, le vuelvo a llamar en unos tres o cuatro días.
      De nuevo, frente al almanaque que parece esperarle siempre en la cocina, coge el rotulador rojo y marca el día de hoy con un aspa.
      Se dirige hacia el salón, observa que el teléfono parpadea y pulsa el contestador para oír los mensajes:
     —Armando, soy mamá, hace tres días que no sé nada de ti,¿Comes bien?,siempre te veo muy delgado .    
     Cariño, perdona que te moleste con mis cosas, tienes que hablar con tu padre ,¡imagínate! No quiere llevarme de veraneo a Niza, después que sabe la ilusión que me hace, pero él si tiene el carnet de ese maldito equipo de fútbol.
        Por favor tienes que hablarle, hazlo por mí, un beso, adios .
        El contestador sigue parpadeando:
       —Hijo, soy tu padre, habla con tu madre o me separo .No pienso ir a ese ridículo viaje a Niza, no soporto a las cotorras con las que sale de compras todos los días ,y sus maridos no hablan de fútbol, sólo saben hablar de yates y coches ….es vergonzoso. Un beso y perdona la charla !Ah ¡ te he guardado un rotulador rojo de los que tanto te gustan.
      Vaya, siempre igual, nunca se ponen de acuerdo en nada, y me erigen a mi de árbitro de sus peleas. Bueno, después voy a verlos, la tarde se presenta entretenida –pensó.
      La luz de los mensajes sigue encendida:
    —Buenas tardes, soy el Sr. Sanz, de la empresa Hiperfamily, después de estudiar nuevamente su currículum y los resultados de la entrevista, estaríamos interesados en ofrecerle un contrato de prueba .Puede pasarse mañana por mi despacho y hablamos de las condiciones. Un saludo y que tenga un buen día.
       Por supuesto, el Sr. Sanz hace que este día sea el mejor de los que tiene hace tiempo.
      Por fin una luz que le guía hacia la salida del túnel. Como en las películas, él es ahora el enfermo en fase terminal que, sumido en la placidez de la contemplación, siente la voz del ser querido que le hace regresar a la vida.
     Ahora puede levantarse otra vez temprano con un objetivo. No importa qué condiciones le den al principio, ni el horario, ni lo que gane, siempre lo estipulado en convenio, tampoco si hay que trabajar los sábados.
      Todo antes que “el trabajo de seguir buscando trabajo”, con el que lleva cerca de un año. Animado por las noticias, decide bajar al supermercado y comprar algo para comer, el cava para mañana, si todo sale bien .Le gusta la cajera, no sabe si es mutuo, pero ahora puede invitarla a cenar y comprobar si ese interés que parece sentir por él va mas allá de un cruce de miradas.
      —Hola Armando,¡ cuanto tiempo sin verte!, ¿compras en otro sitio?
      —Hola, reina de las finanzas, sin novedad en el frente, supongo —sonríe él.
     —Bueno, según se mire, cuando haga caja lo mismo quedo con unas amigas, me tomo unas copas y me voy a bailar al Utopía.
     —Oye, yo siempre quise tener profesora de baile, pasado mañana cuando salga del trabajo quizás busque alguna.
       —¡Ah¡ ¿pero trabajas? ¡Que calladito lo tenias, ¡oye las alegrías se comparten ,no sólo las penas ….
       —Por eso mismo, mañana si quieres lo celebramos —esperando que le diga que sí.
       —De acuerdo, seré toda oídos —le devuelve el cambio dirigiéndole esa enigmática sonrisa que tanto le gusta.
Cuando va a guardar el dinero en el bolsillo, advierte que ella pone un pequeño rotulador rojo. Lo sabe, se acuerda de sus preferencias. Si todo sale bien, mañana comprara champagne.
      Mientras se prepara una ensalada y algo de picar, se acuerda de su hija. Quiere darle la noticia a ella primero, a sus padres ya los ve esta tarde. Lo peor es que está su ex – mujer y con ella no le apetece hablar. Lo primero que dice siempre es que no le pasa la pensión de la niña y ella tiene muchos gastos.
      Desde que su reciente pareja es un abogado, las relaciones empeoran por día. Normal, él es un fracasado, el nuevo, un hombre de éxito, que la lleva a comer fuera los fines de semana y a esos magníficos viajes que tanto le gustan.
       ¡No puede reprochárselo! Todos queremos vivir bien. Como dice su suegra, el que lucha en la vida se merece su recompensa y él no es un premio para nadie. ¡Menuda señora! Menos mal que ella si lo es…, por eso el marido acabó fugándose con la secretaria, pero ¡ojo! ella queda siempre como la amante esposa que, después de dedicarle los mejores años de su vida, queda abandonada, aunque con algunos “royalties” en las cuentas del banco.
        Marca el número de su ex – mujer. ¡Ojalá lo coja Marta!-piensa.
        —Hola Marta, ¿Cómo va el día? —para empezar tiene suerte.
     —Hola papi, bien, muy bien, he sacado un sobresalientes en sociales. ¿ y tú ,cómo vas con tus entrevistas?.
       —Para eso te llamo, cielo. Parece que mañana puedo firmar un contrato, por fin, alguien quiere emplear a tu padre, ¿no es estupendo?
       —Claro que si, ¡me alegro mucho! ¿Me llevarás este verano a Disneyland? ¡A que si, papi! Ahora mama no puede decir que no tienes donde caerte muerto.
       —Si, preciosa, ya hablamos de eso el próximo fin de semana. De esto, ni una palabra a tu madre, yo ya busco cómo decírselo y cuándo,¿vale?.
      —Vale, te guardo el secreto. Se quedará pasmada cuando se entere, prométeme que me dejarás estar presente cuando le des la noticia.
        —Hecho, un beso tesoro.
        —Adiós papa.
      Al colgar el teléfono, se sienta en el sofá a dar buena cuenta de su cena y pone la televisión, están pasando un partido de fútbol, uno de los grandes de la temporada, Madrid – Barcelona. Con el acontecimiento del día ni siquiera recuerda algo que , unas jornadas antes , es lo único que tiñe de rosa uno de sus días grises.
       Sin embargo, hoy no sigue el partido; su mente rebobina las situaciones vividas desde el cierre de la empresa. Seguir levantándose temprano todos los días, sin ganas en muchas ocasiones, y estar continuamente motivándose para mirar las ofertas de empleo en Internet, enviar los curriculums a las que cree más interesantes, descubriendo después que el día sigue teniendo muchas horas libres en las que no sabe qué hacer. Hay ocasiones en las que lo eligen para una entrevista, pero nunca termina con éxito un proceso de selección. Entonces, pierde la fe en el sistema, ya no es válido para la sociedad, no es un sujeto de consumo, es un inútil. Pero la vida sigue, va al paro y rellena una serie de formularios para actualizar su perfil que lo integran en un plan de empleo con un nombre sugerente, “menta”, “fresa”, “Andalucía Orienta”, que, aunque nunca le da trabajo, le convierte en el parado mejor formado de España.
      Pasa de la ira a la desesperación, y antes de caer en la desilusión y la apatía, le invade una actividad frenética: en las horas que no está en los cursos, va al gimnasio a quemar adrenalinas, se apunta a talleres de escritura, de pintura, de baile…
      El Real Madrid marca un gol y esto lo saca de su mutismo, a él le tiran los blancos. Quizás por eso le viene a la mente Anselmo, su amigo de la infancia. Hace tiempo que no lo ve, él es director de una sucursal bancaria y está siempre muy ocupado, aunque tienen amigos comunes y salen de vez en cuando. Lo llama para darle la noticia.
      —Anselmo? —oye voces de fondo y piensa colgar.
     —Armando —responde enseguida—. Hola chico, ¡cuánto tiempo!, ¡menos mal que llamas!. ¿Qué tal va todo?.
      —Mejor que días atrás —no quiere desvelar todavía la primicia.
      —Vaya, te veo con buen ánimo. Hoy he visto a Carlos y Clara, me han comentado lo desmotivado que te veían; no te lo tomes a mal, siempre hemos sido amigos , pero te veo un poco “rallao”, ya no hablas de otra cosa, hasta el tachar los días en el calendario con ese rotulador fomenta más la obsesión que tienes….
      —Sí, Anselmo, tienes razón, pero es más fácil decirlo que vivirlo todos los días. De todos modos mañana será diferente…
       —¡Así me gusta Armando, ese es mi chico de siempre! —intenta animarlo.
       —Reúne a la pandilla y nos vemos el viernes.
       — Estupendo, sea como dices, sin par Armando —siempre hablaban imitando a los clásicos.
      Cuando cuelga el teléfono, ya había terminado el partido. Con el mando a distancia, hace zapping por algunas cadenas; más de lo mismo, series, reality-shows, cotilleos…Piensa que puede escribir a algún concurso, sería lo único que le quedaría por hacer. Mañana tiene dos temas, el contrato y las vacaciones en Niza, hoy el rotulador rojo marca ya el último aspa en el calendario.

domingo, 19 de junio de 2011

La sombra más larga

La angustia repartida por las almas,
un humo negro que empaña los rostros.
La certeza del fin, el silencio,
la supuesta ignorancia.
Arrastramos los pies por los días
bajo el sol o la lluvia, solos, mecánicos.
Como un rayo cruzamos a veces
la mirada cómplice con otro,
que nos comprende y acuna con sus ojos.
El niño a lo lejos, que se mira de lado subiendo al columpio.
También él sonríe con la mueca torcida,
no sabe, pero presiente de alguna manera
la noche más larga que le espera.

martes, 31 de mayo de 2011

La invitada

Querido Jonathan:
          El jueves por la tarde volví a ponerle un correo a Luci. Me gusta desde hace tiempo pero no me atrevía a confesárselo, he pensado mucho cómo quedar con ella. No me pareció muy apropiado proponerle el cementerio para una cita romántica, aunque para mí es un lugar ideal, me encanta el silencio y la paz que se desprenden de esas criptas.  Tampoco la cueva, aunque mis criaturas son encantadoras, podría asustarla tanto aleteo y quizás el batir de sus extremidades provocaría un ruido que dificultaría una conversación íntima.
          Ella me respondió proponiéndome el parque Robinson, no puedo negarme, es mi única oportunidad de estar a solas con ella. Le he puesto otro mensaje para concretar la hora. Yo prefiero quedar temprano, sobre las 24.30, menos mal que ahora los padres las dejan quedarse hasta tarde. Espero que no quiera regresar de mañana, el efecto de los rayos de sol me produciría un daño irreparable, mi piel es delicada y la luz le origina dolorosas quemaduras . No puedo excusarme con el pretexto de cansancio, ¿qué tipo de galán sería en una primera cita?, mejor será disculparme con la justificación de una madre enferma a la que tengo que aplicar el inhalador para su padecimiento de asma.
          En su primera misiva me dice que le gusta la poesía, supongo que será una chica muy sensible. Cuando revoloteo cerca de su ventana y la veo como cepilla su pelo frente al tocador, el azul de sus ojos me trae recuerdos sublimes de mi infancia en Transilvana.
          He pensado no hablarle de mi antepasado Vlad Yepes, a una doncella de alma delicada le resultarían muy violentos los métodos de empalamiento que usó con sus enemigos, aunque la historia siempre ha exagerado , nunca pudieron soportar sus victorias.
          Tendré que invitarla a cenar, he estado buscando en internet un sitio tranquilo y acogedor y creo haber encontrado uno en la zona residencial que cumple estas características, con velas en las mesas  y  música de violín. Yo pediré como siempre un filete poco hecho, o mejor, mi plato favorito, sangre encebollada.
          Le comenté en uno de los primeros escritos que tenía una finquita muy bien arreglada en los Cárpatos. Me preguntó que si tenía piscina, por lo que tuve que explicarle que estaba en plena montaña y que el clima no era el más idóneo para el baño. Insistió en que le encantaba hacer senderismo y que tenía que invitarla con urgencia, pero creo que es un poco pronto, no conviene ir tan deprisa. Necesito tres citas como mínimo para presentarles a sus nuevas compañeras de ataúd. Después se llevarán muy bien, sobre todo cuando participen en las cacerías nocturnas. Le dejaré que tome uno de los lobos como mascota, a todas les gusta sentirse protegidas .
          Quiero prepararle una fiesta de bienvenida, como sé que le gusta bailar , intentaré tomar algunas clases de funky antes del evento, el problema es que no logro compaginar las horas de las clases con los profesores, al final han acabado citándome en una disco de moda. Le diré a mi gran amiga, la condesa Báthory, que la ayude a elegir el vestido de gala, ella tiene muy buen gusto y es una mujer muy preparada  en el mundo de la alta costura, un alma noble, sin duda, como lo demuestra su amor a los niños. Le encargué en Tiffanys el collar que sellará nuestro amor, una gargantilla de platino con la figura de un murciélago que lleva los diamantes en los ojos .
          Ah! Tengo que quitar el espejo de su alcoba, como no podrá reflejarse en él, ya no tiene ninguna utilidad.
          Y como siempre , mi estimado Jonathan, dale recuerdos de mi parte a tu amigo Van Helsing, espero que disfrute de sus tan merecidas vacaciones y que no se dedique a seguir talando los bosques del planeta para fabricar estacas.
          
                     Tuyo, atentamente

                            EL CONDE

Obsesión

El sonido de una sirena se abría paso por la ronda de circunvalación hacía una urbanización particular situada en las afueras de la ciudad. Al entrar en la calle que les habían indicado, los conductores de la ambulancia quitaron la alarma. Ante una reja situada sobre la mitad de la acera, algunos vecinos charlaban dirigiendo miradas interrogantes a un individuo que se encontraba esposado ante un coche de policía .Era alto, moreno, vestía un chándal deportivo, con zapatillas de estar por casa, pero lo que más destacaba era la expresión de unos ojos enajenados que, sólo se veían cuando levantaba la cabeza de vez en cuando, sin intención ni ademán de mirar a nadie. Se diría que era un individuo acomplejado, tímido, que le gustaba sobre todo pasar desapercibido y que, lo que menos deseaba en aquellos momentos, era el juicio ajeno que lo hacía sentirse cada vez más vulnerable.
          Los camilleros entraron en la casa y salieron a los pocos minutos con una mujer inconsciente a la que acompañaba una señora mayor que no paraba de llorar y que subió también a la ambulancia.

          Plof!! Plof!!  En mi cerebro resonaba el eco de una gota al caer. No sabía dónde estaba. Todo era oscuro. Noté que mis pulmones respiraban a intervalos regulares. Un fluido de aire entraba y salía de ellos cada cierto tiempo. Intenté mover un   dedo, pero las fuerzas no me respondían. También en vano procuré abrir los ojos, pero los párpados me pesaban como si sobre ellos se cerrasen dos puertas de cámaras acorazadas. Dos personas hablaban en susurros. Al acercarse a mí, oí una conversación entre ellos, no reconocí sus voces :
          —Le ha faltado poco, casi la mata. Menos mal que no le dio el tiro en el lado derecho, podía haberle interesado el páncreas, el hígado o cualquier otro órgano vital.
          —Parece ser que era vigilante, un tipo de lo más normal según los compañeros de trabajo. Los vecinos han declarado que nunca se les había oído discutir hasta ayer, cuando oyeron el disparo llamaron enseguida a la policía.
          —Si hubiera querido matarla, lo hubiera hecho. Los vigilantes tienen licencia de armas y saben usarlas.
          —Quería emplear la llamada que le dejan hacer en comisaría para preguntar por ella.
          —Se habrá venido abajo y ahora se dará cuenta de lo que ha hecho.
         —El abogado ha intentado sacarlo bajo fianza, no tiene antecedentes penales además de una impecable hoja de servicios.
          Intenté hablar, pero no pude. Mi garganta era incapaz de emitir ningún sonido, aunque la frase iba ganando terreno poco a poco en mi cerebro: ¡¡Estoy viva!! Ante mis ojos apareció su imagen. Empuñaba la pistola, la mano le temblaba como si estuviera muy nervioso, daba pasos tambaleándose, había bebido, la botella de bourbon estaba casi vacía sobre la mesa del sofá. Me dio miedo, en su cara había una mueca parecida a una sonrisa que, acto seguido daba paso a una mirada de rabia  en la que yo me veía como la causante de toda su infelicidad. Hablaba a gritos dándole vueltas  a la misma idea,” ¿Con quién estás?”, “¿De dónde vienes a estas horas?”, “¿Crees que soy tonto?”. Intente inútilmente hacerle entrar en razón, me disculpé por no haberle llamado, el móvil no tenía batería y es verdad que era un poco tarde, pero él no escuchaba, se reía cuando yo hablaba. Me acerqué para persuadirlo de que se acostara. Mañana veríamos las cosas con más tranquilidad. Llevaba varias semanas pensando que mi relación con él se había deteriorado, cuando llegaba a casa lo veía absorto en la televisión, apenas hablaba, suponía que me veía feliz con el trabajo y no lo había encajado, él nunca hablaba del suyo y cuando lo hacía era para quejarse. Nunca quiso ser vigilante, se puso a trabajar porque su padre se quedó inválido, un tractor le cogió una pierna y la pensión no daba para vivir, sus sueños de ir a la universidad y conseguir un puesto como el mío se fueron a pique. ¡Esa era la clave!, los celos, primero profesionales y después aquella idea fija que se abrió poco a poco en su mente de que lo iba a dejar. Era la pescadilla que se muerde la cola: él pensaba que yo prefería el trabajo a él, se ofuscaba con la idea, se empezó a encerrar en sí mismo, a lamerse la herida , a ponerme esa mirada de perro apaleado cuando llegaba del despacho y yo , inconscientemente, tampoco sabía cómo tratarlo, todas las conversaciones terminaban con indirectas y si intentaba contarle algo de mis compañeras o compañeros, respondía de forma susceptible, por supuesto a él no le pasaba nada cuando le reprochaba su actitud. La situación para mí se fue volviendo cada día más desagradable hasta que prefería ducharme y meterme pronto en la cama para evitar hablar con él o empecé a llegar más tarde del trabajo con la esperanza de encontrármelo acostado. La gota que colmó el vaso se produjo el mes pasado cuando sacó el tema de las vacaciones, había reservado un crucero por las islas griegas en una fecha en que yo había pensado pasar unos días en París. La empresa nos pagaba un viaje a dos personas para hacer un curso, era sólo una semana, después podríamos ir a otro sitio. Entonces empecé a observar que me espiaba, descolgaba el teléfono del cuarto para escuchar mis conversaciones, leía mis correos electrónicos y terminó convirtiéndose en un completo desconocido, él mismo que ayer noche repetía continuamente:” Esto se va a acabar”, “Esto se va a acabar”, antes de oír aquel ruido sordo , aquella punzada en el costado, el liquido pegajoso saliendo y yo apretándome aquel orificio con la mano. El miedo me hacía desear la muerte, todo antes que pasar grandes dolores mientras me desangraba. Me desmayé, fue lo mejor que me pudo pasar, y ahora despierto en esta sala de hospital sin poder creerme del todo lo que ha pasado, pero sintiéndome culpable por no poder aborrecerlo, porque en vez de odiarlo a él siento odio por mí misma.

Salvación

          No puedo creer que Sibila haya muerto, no lo entiendo, lo hemos pasado bien juntos, era una chica guapa, ojos grandes claros, pelo trenzado con aquel lazo tan vistoso y esos vestidos que sugerían todo lo que un hombre puede desear. Llego el día en que fuí a conocer a sus padres, me recibieron con toda la amabilidad de que fueron capaces y me quisieron como un joven de buena educación que haría feliz a su hija. Pero yo no puedo casarme , odio el compromiso y menos para toda la vida, lo único importante , como dice Henry, son la juventud y la belleza, lo que yo tengo y siempre tendré. No tuve más remedio que escribirle aquella carta, le dije que la quería pero que rompía mi promesa de matrimonio, nunca pensé que se suicidaría , ¡qué estúpida!, siempre la maldita moral que no lleva a ninguna parte, siempre los comportamientos idóneos que dictan las normas, los placeres que la sociedad establece como buenos, las vidas cuadriculadas donde todo está establecido desde el nacimiento a la muerte. No, eso no era la vida, o al menos no para mí, una vida así no merece la pena ser vivida. Yo no puedo renunciar a los placeres prohibidos, a disfrutar de todas las mujeres que aprecian el goce lo mismo que yo, e incluso también ¿por qué no?, algún que otro hombre, en la variación está el gusto. Aún recuerdo al joven que me presentaron unos amigos en aquella fiesta, con solo una mirada  bastó para quedar cautivado, nos besamos apasionadamente en el jardín, sus rasgos me recordaba los de Apolo, y como el dios griego fue un amante maravilloso, pero descubrió mi secreto más inconfesable y tuve que sacrificarlo. Lo metí en un baúl y lo arrojé al Támesis, allí disfruta ahora el merecido descanso, unas vacaciones bajo el agua.
          El otro día en el puerto un vagabundo intentó robarme , me puso la pistola en el cuello y empezó a buscarme en los bolsillos , su rostro cambió cuando me miró a los ojos, a las puertas de mi alma ,  un pavor dejo paso a la altanería inicial, su mirada reflejaba auténtico miedo y gotas de sudor corrían por su frente. Se quitó la gorra que llevaba puesta y lentamente fue bajando la pistola hasta que una apresurada carrera lo quitó de mi vista. Entonces sentí el poder , la fuerza que me otorgaba todo el mal que había dentro de mí . Me apresuré a meter la mano en el compartimento de la chaqueta que guardaba aquella llave, símbolo de lo que nunca podía perder ni mostrar a nadie.
          Inesperadamente recibí la visita de Basil, se extrañó de que su obra no estuviera en el sitio de siempre, me excusé diciéndole que estaban poniéndole un nuevo marco. Siempre la consideró  su mejor creación y yo un día lejano también me sentí orgulloso de ella. Nunca pensé que el  deseo que pedí al pie de ese cuadro se cumpliría , ahora ya no puedo mirarlo, sólo el pensarlo me estremece. Sé que no salvaré mi alma, pero tengo que salvarla a ella. He hecho las cosas más horribles que podían darse en este mundo, los crímenes más espeluznantes, las manipulaciones más horribles, sin que en mi rostro asomase la mínima expresión de culpabilidad, de compasión por alguien, no he tenido nunca un sentimiento de angustia o de remordimiento por todo el mal que he causado a los demás, a todos los seres que he destruido sin que se acelerase mi corazón en una extrasístole . Pero no puedo envenenar también a Marian, tiene que apartarse de mí por su bien, yo soy lo peor que podría escoger, supongo que desistirá cuando por fin le muestre ese maldito retrato.

lunes, 16 de mayo de 2011

Antes del regreso

Me abandono al lago, dejo mi cuerpo a merced de sus negras aguas. Desciendo y la sensación aumenta, se apodera de mí una necesidad irrefrenable de rendirme, el cansancio mortal ha dado paso a una insensible inercia. Ya nada importa, solo las acariciantes aguas del lago, ¿o no es el agua? Cada vez las noto más intensamente por toda mi piel. Y también me parece oír voces, susurros, risas contenidas… Es dulce y sugestivo, no necesito saber qué está ocurriendo realmente. Y vuelvo a abandonarme una vez más. Y las caricias aumentan, aunque ya no son tan suaves, me pellizcan y me tiran del cabello, incluso me hacen daño. Quizá debería resistirme, pero una especie de lujuria me paraliza y me dejo llevar. Las voces también aumentan, oigo palabras que no entiendo, hablan en idiomas extraños con sonidos guturales y ásperos. Las risas son más fuertes, risas histéricas, estridentes, maliciosas… Me rodean por todas partes, me dan miedo. Miro a mi alrededor intentando ver algo, no lo consigo. Intento evitar las manos invisibles que ya me provocan dolor, pero son demasiadas. Cada vez más. Consigo ver algo, sombras rápidas dentro de la oscuridad que me rodea. Miradas fulgurantes que me observan, que aparecen y desaparecen junto con las risas. Están jugando conmigo. No quiero vivir más tiempo esta pesadilla, pero no sé cómo volver, cómo puedo escapar de esta desesperación.

Entonces la veo, una débil claridad llega desde arriba. También me llama y consigo acercarme a ella. Intentan retenerme pero no pueden hacerlo. La luz es más fuerte en mí que la oscuridad. La sigo con decisión y siguiéndola busco el camino de vuelta.



domingo, 15 de mayo de 2011

Melville y el alumno

-Bien, este es el tema: una historia que ocurre en un galeón, el protagonista es uno de los marineros.
-Uf, siempre con lo mismo, ¡qué sé yo de galeones!
-Puedes investigar sobre el tema.
-¡Pero no podría escribirlo a tiempo!
-Pues entonces aprovecha tu propia experiencia.
-¿Mi experiencia como marinero de galeón? Sí eso, ríase…
-No hombre, como persona. Hay temas universales.
-Bueno, intentaré pensar en algo. ¿Alguna escena en particular?
-Si, parte de la acción o toda se tiene que desarrollar durante una terrible tormenta.
-Vaya, esto va cada vez mejor…
-Venga, anímese. Sabemos que es un barco mercante, ¿hacia dónde se dirige?
-Va a América, en concreto a México, y viene de España.
-Por tanto estamos hablando de la colonización española.
-Sí.
-¿Y cuál es la motivación del marinero para embarcarse en esta empresa?
-Pues…, quiere hacer fortuna, claro. Él quiere casarse con su enamorada, pero ella es de buena familia y él se siente inferior. Cuando vuelva rico de América ya no habrá ningún obstáculo.
-Bien…, un poco visto pero no está mal. Entonces, ¿es un chico joven, no?
-Sí, sí, poco más de veinte. Y se llama… Alfonso, Alfonso Ortega.
-Bien el nombre español. ¿Qué más? Están en mitad de la tormenta, ¿qué es lo que ocurre?
-Están en mar abierto y les sorprende la tormenta. Tienen que arriar velas rápidamente y en algunos sitios incluso están achicando agua.
-Vaya, parece que algo sí sabes de navegación después de todo.
-Lo habré leído en algún sitio supongo… ¿Por dónde iba? A sí, Alfonso intenta ayudar en lo que puede, pero la tormenta cada vez tiene más fuerza. Ve incluso como un golpe de viento tira al mar a uno de sus compañeros que estaba subido al mástil. Entonces duda porque nadie intenta recoger esa vela y el mástil se va a partir, y termina por arriesgarse y subir él. Le cuesta mucho trabajo pero al final lo consigue. Y allí arriba lucha contra el viento y el agua, el mar embravecido a sus pies. Está varias veces a punto de caer, pero es fuerte y consigue resistir las sacudidas. Y justo cuanto el palo se va a partir, logra amarrar la vela. Cuando baja tiene una expresión de satisfacción, pero en eso llega una ola enorme que hace zozobrar el barco. El agua lo arrastra hasta el otro extremo, donde queda sujeto solo por una mano y el mar finalmente lo engulle. Su último pensamiento es para su amada Lucía… ¿Qué le parece?
-Me parece que está lleno de tópicos, no es nada original.
-¿Cómo? ¡Y qué quiere, si tengo que desarrollar un argumento en cinco minutos! ¿Hago que se salve?
-No, no, eso sería mucho peor. Mejor que muera. Ahora lo que tienes que hacer es escribirlo y hacer que se convierta en un buen relato.

Levante

El viento de levante ha arrancado dos sombrillas multicolores que ruedan indomables hacia la orilla. A distancia corren sendos hombrecillos gesticulantes que alertan del peligro que se cierne en la orilla sobre paseantes y bañistas. Agus decide responder a la llamada. Abandona el Men’s Health sobre la toalla, se ajusta las gafas de sol y hace una mueca a su hermano para que le observe mientras adopta la pose de un defensa de los Nets que tuviera que interceptar a toda una estampida de elefantes.
El sol tórrido reverbera donde la arena seca, pero la escena de las dos sombrillas desbocadas mantiene en vilo a los ocupantes de aquella franja de playa, que se vuelven para contemplarla: unos niños dejan de cavar la arena con sus palas, un matrimonio suspende su discusión sobre las licencias nocturnas de su hijita adolescente, un amor canicular cesa en sus arrumacos, una abuela descansa las agujas de punto sobre el regazo, un abuelo desorientado despierta de su siesta, una señora interrumpe su refriega de bronceador en cuello y escote, unas alemanas en topless se incorporan sobre los codos con vertical esplendor, y ha cesado el pregón del vendedor de refrescos.
La última ola se bate en retirada. Es el silencio cuando Agus se percata de que él es el último reducto contra las enfurecidas lanzas que Eolo arroja a la multitud. Y toma conciencia de que durante el instante en que acaparará todas las miradas él, a su vez, también puede verlo todo: las sombrillas que se avecinan con sus hombrecillos corriendo a los lejos y, de reojo, tres pares de pechos enrojecidos. Y calcularlo todo. Tres zancadas para interponerse en la trayectoria letal y la maniobra mínima imprescindible para reducir la sombrilla, plegarla, dejarla en el suelo y lanzarse a la caza de la otra que vuela unos metros más atrás.
Siente ahora transfigurarse en Mitch Buchannan (pese a que siempre quiso hacerlo en Michael Knight). Siente el valor necesario para intentar trabar una conversación con las teutonas luego de cumplido el trámite. Y siente (lamenta) llegar tras de sí el refuerzo de su hermano pequeño, que también debe querer sumarse al cumplimiento del deber cívico. “Me las habría bastado yo solo, idiota”, piensa para sí. Y cuando la sombrilla primera ya los embiste una fuerza invisible tira del bañador de Agus hacia abajo, hasta los tobillos, dejando sus vergüenzas al descubierto. Y la sombrilla le golpea en la cara y le tira al suelo las gafas de sol. Enredado en su propio traje de baño e incapaz de mantener el equilibrio, cae derribado, deslumbrado y desnudo. El silencio se quiebra por el rumor de las olas rompientes.
Son carcajadas, Agus.
Son mandíbulas batientes de niños, allá arriba, señalándolo con el dedo desde lo alto de un castillo de arena.
Risas del matrimonio que hace medio minuto discutía, de la señora del bronceador, de la parejita de los arrumacos y del tipo de las cocacolas. Agus evita mirar a las alemanas. Habría comprobado que sus pechos se agitan graciosamente y que también ríen. Toda la playa ríe, y el idiota huye y también ríe, aunque muy pronto va a estar llorando.
Dos sombrillas multicolores flotan en el agua, inocuas.

martes, 19 de abril de 2011

Lo inesperado

De repente contempló aterrada la imagen que se abrió ante ella al doblar una brizna de hierba. Un ser enorme, monstruoso y aparentemente inerte parecía bloquear el camino a su hogar tantas veces recorrido. No era negro como toda su familia, ni tenía los otros colores de los animales que arrastraban una vez muertos hasta el hormiguero. Era una gran mole carnosa brillando al sol.
Subió hasta el borde de una flor morada para observar con detenimiento aquel extraño hallazgo. ¿Sería ese Ser del que que tanto hablaba la reina madre llamado Dios? ¿Sería posible el contacto, algún tipo de comunicación con aquella montaña de rostro similar al saltamontes? Desde luego, pensó, ella nunca había sido una hormiga aventurera. Aquello definitivamente no era asunto suyo. Volvió a la vereda principal y sin pensárselo dos veces convenció a la fila de compañeras que venían hacia ella de que hoy cogerían el sendero del río. Era un día demasiado hermoso de primavera para volver tan pronto a casa.

lunes, 7 de marzo de 2011

El visitante

El día había sido agotador, últimamente esta era la tónica de su vida. Todo giraba en torno al trabajo y siempre estaba estresada, tratando con unos y con otros, peleándose para conseguir resultados óptimos, y el tiempo se le escapaba de las manos. Ahora volvía cabizbaja. Era ya de madrugada, pero el taxi no había podido entrar en su calle a causa de las obras y se bajó algo lejos de casa. De todas formas le apetecía pasear. Caminaba ensimismada cuando escuchó unos pasos que la seguían, eran lentos pero su eco se sentía claramente. Instintivamente Irene se volvió con brusquedad y desconfianza, pero nadie iba tras ella. Continuó andando con alivio, aunque aceleró un poco. Pero los seguía oyendo, los pasos venían detrás de ella. Volvió a mirar hacia atrás y volvió a acelerar su marcha, y con horror se dio cuenta de que la otra persona también iba más deprisa. Pero no veía a nadie. “Venga, tranquilízate Irene”, pensó, “estarán sonando en otro sitio y en el silencio de la noche los percibes a tu lado”. Porque eso es lo que estaba ocurriendo, cada vez estaban más cerca. Irene, lejos de tranquilizarse, notaba su corazón palpitar apresuradamente. Pero ya se encontraba cerca de casa, un esfuerzo más y estaría a salvo. Con la boca seca intentaba aspirar todo el aire de que era capaz, le faltaban las fuerzas, pero eso no le impidió salvar los metros que le quedaban en una frenética carrera, oyendo siempre los pasos aproximarse, cada vez más claros, cada vez más rápidos, hasta que los sentía justo a su espalda…
Alcanzó su portal. Tras dos intentos consiguió abrir la puerta con manos temblorosas. Cerró con fuerza y subió las escaleras todavía corriendo. Le quedaba una última puerta. Esta vez la abrió con mucha más facilidad. La cerró tras ella, giró la llave y se quedó pegada a la madera escuchando. Nada. Silencio. Solo los latidos de su corazón. Entonces se dejó caer en el suelo, todavía junto a la puerta, y rompió a llorar. Y lloró como hacía mucho tiempo que no lo hacía, con sollozos que le salían directamente desde el pecho, quizá de algún lugar más profundo. Todo el cuerpo le temblaba mientras las lágrimas rodaban por su rostro y se iba tranquilizando poco a poco. Después de un tiempo que nunca supo calcular, sintiéndose más serena, se levantó y fue a su dormitorio. Se desvistió y se acostó. Mañana seguiría pensando, hoy ya no podía más. Acababa de cerrar los ojos cuando oyó un ruido, unos pasos acercándose. Con sobresalto se incorporó y encendió la lamparita que tenía junto a la cama y a punto estuvo de gritar cuando vio a Curro. El bueno de Currete, allí estaba mirándola con ojos soñolientos y moviendo el rabo alegremente. Irene lo cogió en brazos con una sonrisa en los labios y le rascó la cabeza.
-¡Menudo susto me has dado, tonto!- le amonestó, pero decidió que esa noche dormiría junto a ella. Irene volvió a cerrar los ojos con una mano sobre el cuerpo de su perro. No podía seguir así, tenía que cambiar su vida o se volvería loca. Y estaba tan agotada, tan cansada de todo…
Irene ya lejos, en el mundo de los sueños, respirando acompasadamente, no se dio cuenta de que una oscura silueta se inclinaba sobre su cabeza, tan cerca que si quería podía besarla.

domingo, 20 de febrero de 2011

Un día diferente

Uno más, y ya iban muchos. Siempre la misma rutina. Madrugón para coger el avión temprano. Largas esperas en las salas de embarque. Retrasos, gente anodina que no se habla, ni siquiera se miran, pensaba. Avisos por los altavoces “Por favor no descuiden su equipaje de mano”. Así que maletines en una mano, teléfonos móviles echando humo en la otra, personas dando vueltas sin dirección por la terminal, otras sentadas con el portátil en las rodillas, y sobre todo caras de sueño, desidia y pensando ya en el regreso. Y todo para asistir a otra aburrida reunión de trabajo…

Pero aquel día iba a ser diferente. Tras un vuelo horrible de turbulencias, toses y ronquidos, salí con prisa, deseoso de llegar a mi destino. Con paso ligero alcancé el primero la puerta de salida. Allí estaba ella, ignorante de su belleza con esa tímida sonrisa y sosteniendo aquel ridículo cartel “SR. ORTEGA MENENDEZ”. No me lo pensé dos veces, definitivamente iba a ser un día diferente. Me dirigí seguro hacia ella y le dije:

- B --Buenos días

- ¡ --- ¡Ah, hola! Buenos días

Como se había quedado un poco perpleja, añadí.

- C --Cuando quiera nos vamos

- S --Sí, si… pensé que sería Vd. algo mayor- me dijo todavía dubitativa

- E --Es que me conservo muy bien- le contesté sin mentirle

- Y - -Ya, ya… Bueno, le llevo directamente al hospital, dada la urgencia del caso claro… Pero, ¿qué le pasa?- me preguntó al observar el cambio de color de mi cara.

- N --No, nada, nada... es que no me encuentro muy bien. El viaje ha sido horrible. Disculpe un momento que voy al baño- le dije sin darle opción a preguntarme nada más.

No volví a saber de ella hasta mi regreso de otra aburrida reunión, al día siguiente. Allí estaba sosteniendo de nuevo un cartelito. Me alejé rápidamente para que no me viera y la observé de lejos. Alguien se le acercó con seguridad y estrechó su mano cortésmente. Charlaron por un breve espacio de tiempo. De repente vi como él se alejaba rápidamente a los aseos y como ella le seguía con su mirada y una amplia sonrisa en sus labios…

lunes, 14 de febrero de 2011

'i'

El empleado de caja permanecía con los brazos en alto y una nueve milímetros apoyada en la sien izquierda. En un trance parecido -pensó- Aureliano Buendía había sido capaz de recordar un montón de cosas, pero él temblaba, se le había soltado el vientre y se arrepentía de haber pulsado el botón de alarma. La policía llegaría en un momento, y si los tres encapuchados no se apresuraban, habría cerco y aquel absurdo iría para largo.
–Por favor...– gimoteó suplicante –por favor..., tengo mujer y dos pequeñas, se lo ruego…–. Sujeto 3 le ordenó callar con un gesto de enfermera de hospital y él, obediente, enmudeció, fijó la mirada hasta el extravío y se concentró en sentir el crónico dolor de cervicales.

Aquella noche su mujer llegó muy tarde de la guardia, más que de costumbre, había vuelto a olvidar el móvil en casa y las llamadas habían estado sonando desde el dormitorio. La esperaba sentado en la penumbra, pálido e insomne. Ella soltó las llaves en cualquier sitio y corrió a abrazarle, dejándole hundir la cabeza en su pecho.
–Lo he oído en el boletín, de regreso… No sabes cuánto lo siento, amor–. Lo besó en la sien, apretando los labios como si tomara la temperatura. –Es la tercera vez este año, amor. Tienes que dejar ese trabajo... Tú te podrías encargar de la casa. ¡Las niñas estarían encantadas!...–. Sintió en el esternón la humedad de un sollozo contenido. –Y tenemos suficiente dinero ahorrado–.

En el aire flotó el eco de un adverbio de cantidad; él quiso decir un algo que se ahogó en saliva, sumergido, náufrago en el beso apasionado con que ella terminó de persuadirle.

Único Dios verdadero

La cera hirviendo se deslizaba entre los pliegues de su carne, mezclándose con el torrente de sangre que brotaba del objeto adorado, que recorría su cuerpo inundando su cordura. Goteaba, se endurecía en la negrura del fondo de su pecho. Esas velas que más que iluminar, ocultaban con un espeso humo negro aquel altar levantado mucho tiempo atrás. Un templo, tan bien guardado, que cerraba sus puertas a todos aquellos que vivían en el error de no postrarse ante el único Dios que asegura la dicha eterna durante los instantes en que se llega a contemplar.

lunes, 31 de enero de 2011

Little boy

Por entonces podíamos abrirnos la cabeza cada tarde. Éramos inmortales y usábamos rodilleras. Disponíamos de todo el tiempo, todo el tiempo era verano y dedicábamos media eternidad a volar en bicicleta y la otra media a ataviarlas. Hubo quien la decoró con los hologramas adhesivos que conseguía en los bollos rellenos de chocolate, quien instaló espejos retrovisores y flecos en los extremos del manillar y un banderín de los Estados Confederados de América detrás del sillín, hubo quien la pintó de amarillo y quien equipó las ruedas con recortes de mangueras de gas butano: con cada pedalada, con cada giro, los tubos se deslizaban a lo largo de los radios golpeando la llanta en un carrusel metálico y monótono. En cambio, mi bicicleta era otra de las decepcionantes herencias de mis hermanos mayores, un juguete infantil que transformé eliminando todo lo superfluo. Desprovista de portabultos, pata de cabra y guardabarros quedó reducida a una Q invertida, apenas un esqueleto silbante del que llegué a enorgullecerme. Yo, el más veloz de mis amigos.

Patrullábamos las calles decididos a vengar el crimen, los abusos y la extorsión que asolaban las sobremesas catódicas. Aquella vez volvíamos de acechar en los naranjales, polvorientos y con el sudor remansado en las patillas. Cuando nos detuvimos en un semáforo acerqué el puño a los labios y comuniqué algo por el reloj pulsando el botón del cronómetro. –Cambio–. Fue entonces cuando advertí su presencia. Hombro con hombro, bronceadísima, Ella, a quien no había vuelto a ver desde el final de curso y en quien no había dejado de pensar una sola noche. Hacía meses que mis oraciones ya habían transmutado en delirios amorosos y, secretamente, a Ella me encomendaba en cada misión y consagraba mis gestas paramilitares. Ella enjugaría mis heridas, gozosa por servir al febril justiciero de barrio. Por Ella tenía sentido estudiar matemáticas (dejar que me copiara en los exámenes era la manera de corresponder sus servicios de enfermería onírica), quedarme sin postre en el recreo y acudir a las catequesis de los sábados.

Ella sujetaba el ímpetu de un Vespino rojo, rutilante, recién sacado de su embalaje. Yo le hablaba a un reloj Casio. Acerté a iniciar un tímido gesto al tiempo que una implosión cósmica tenía lugar en mi pecho, mis labios articularon un hola huérfano de todo eco y a la altura de la glotis sentí palpitar un corazón que arrojaba litros de sangre hirviendo a mis pómulos. Tampoco la mano llegó a completar un saludo, continuó un recorrido artificioso y acabó recluyéndose en mi pelo.

Ella debió ignorarme, fingir que no me había reconocido. Debió evitar mostrar la arruga en el extremo de su labio superior y el marfil del colmillo. Pero no. Sus ojos lanzaron ráfagas de rayos menguantes y mientras se elevaba por encima de las nubes, su melena exhaló el jugo de un melocotón y cien pulseras hippies culebrearon en su muñeca. Desatadas por arte de magia fueron a fundirse en torno a mi traquea, ahora como una sola boa constrictor resuelta a exprimir mi última molécula de oxígeno. Cuando recobré la consciencia, si aquello era consciencia, andaba a manotazos con una nube de humo denso y venenoso que me desecaba los bronquios. Su figura etérea se desvanecía a lo lejos y mi orgullo se filtraba al subsuelo entre los resquicios del asfalto cuarteado. Sentí caer las manzanas de un árbol, todas a la vez. Me protegí bajo el alero de una raíz cuadrada. Luego una Eva desnuda, un Durero me parece, me las ofrecía todas. –Todas para ti–, me decía.

Abatido por la mera sombra de un semáforo verde, ensordecido por la fusión violenta de los núcleos atómicos del amor y la rabia, atravesado por megatones de dolor, allí, allí mismo deserté a la Patrulla Q, allí desperté a la mortalidad.

domingo, 30 de enero de 2011

Informe de trabajo

Aunque la gente no lo crea, el trabajo en una biblioteca puede llegar a ser ciertamente emocionante e inesperado, incluso a veces peligroso. Yo lo he comprobado en varias ocasiones, pero la imagen que a menudo transmitimos es la del silencio, con libros esperando en sus estanterías a que alguien se acuerde de ellos, literatura dormida…. Nada más lejos de la realidad.

Esta mañana, por ejemplo, una niña se acercó al mostrador para hacer una consulta. Enseguida vi que era bastante espabilada, la prueba definitiva es que estaba buscando información en la sección de adultos. Tendría unos diez u once años, una bonita melena lisa y rubia e iba vestida totalmente de rosa: minifalda, una graciosa camiseta e incluso unos guantes con la parte de los dedos cortada.
-¿Tienen libros sobre hechizos de amor?- me preguntó con voz resuelta. Me extrañó bastante la petición, pero como buena profesional, me puse manos a la obra.
-Pues tenemos uno que está en la sala y otro prestado.
Le explique dónde estaba el de la sala, pero al encontrarse en la balda de más arriba de una estantería, tuve que ayudarla a cogerlo. Cuando lo tuvo entre las manos, una radiante sonrisa se dibujó en su cara.
-¿Pero tanto te interesa este tema?- la niña asintió enérgicamente sonriendo todavía. Me animé a preguntarle- ¿y has probado alguno?
-Claro, el último hechizo que hice servía para rejuvenecer cincuenta años. Se llamaba “Quítate medio siglo de encima”.
Me quedé allí parada con cara de boba sin saber qué decir y ella tomó la iniciativa -¿me puedes reservar el que está prestado?
-Sí, ahora mismo.

Nos dirigimos a mi ordenador y, después de pedirle su tarjeta de lectora, le realicé la reserva. Tras esto observé cómo se alejaba con paso decidido, apretando el libro en su regazo. Y no pude contenerme. La curiosidad y la incertidumbre sobrepasaron otras consideraciones. Todavía tenía la reserva con su número de lectora en la pantalla, lo copié y busqué su ficha. Efectivamente venía la fecha de nacimiento, 1950. Era fácil hacer la cuenta, hacía justo sesenta y un años.

El regreso

Voy andando por un estrecho camino. Hace viento, el cielo está gris plomizo y amenaza tormenta. Los árboles que se hallan a los lados del sendero se mecen peligrosamente sobre mí, sus ramas crujen y parece que me hablaran. Murmuran palabras de advertencia, me avisan del peligro.

Con gran dificultad, pues me duele todo el cuerpo por el esfuerzo, llego hasta un espacio abierto. Hay un inmenso lago y me acerco a la orilla. Su superficie es negra, totalmente opaca, y pequeñas olas surgen siguiendo el sentido del viento. Me quedó allí parada con la mirada fija en el agua. Me atrae, me llama para que me sumerja en ella, para que conozca sus profundidades. Y es un deseo oscuro, una sensación pegajosa que me atrapa, que tira suavemente de mis brazos, de mi pelo, de todo mi cuerpo, susurrando turbias promesas. Y me venzo hacia delante. Me abandono al lago, me siento descender, me hundo en la oscuridad.

Pero entonces abro los ojos. Hay algo más, un débil rayo de luz que llega de fuera. Y también me atrae, siento que me saca del sopor en el que me encuentro. Todavía noto una vez más la poderosa llamada del lago, pero estoy decidida, y me impulso en busca del resplandor. Cada vez hay más claridad.

Y otra vez tengo que abrir los ojos. Estoy en una habitación que no conozco, la recorro con la mirada, es un hospital. Miro mi cuerpo, un par de cables salen de mis brazos. Y mi mano, alguien me la coge. Levanto un poco la cabeza, es Roberto. Duerme echado sobre el respaldo de un sillón con mi mano en la suya. Está tan pálido… Y otra vez la siento, corre por mis venas y llega hasta mi boca, mis ojos, mis dedos… Y quiero que me inunde y que salga de mí, que sea como un torrente irrefrenable desde mi interior… Muevo su mano y susurro –Roberto, Roberto, estoy aquí.

miércoles, 26 de enero de 2011

Constelación


Tenía una estrella en la mano, acababa de recortarla de su cuaderno de dibujo, después de colorearla. La mesa, repleta de ellas, como un pequeño universo, resplandecía en la habitación. Pegó la fotografía con su perro en la tarjeta y la adornó con los luceritos, debajo escribió: “Nunca dejes de seguirlas”. La metió en el sobre y la colocó en el bolsillo de la bata de su madre, que colgaba en el vestidor.

Él estaba tumbado en la cama, agarraba en una mano el mando a distancia por inercia, para no sentir el vacío. La mirada, arrojada a través del cristal, intentaba apresar un paisaje que se le escapaba. Entró la enfermera en su visita rutinaria de la tarde, canturreando un estribillo que se le hacía familiar, cuando quiso darse cuenta, ésta ya se había ido. Apartó la vista de la ventana para ir a esconderla en la pantalla del televisor que gritaba lejano, no obstante, en el transcurso del movimiento algo llamó su atención. Alargando el brazo, sin soltar el mando, apresó un sobre azul de la mesita de noche. Por un momento se quedó inmóvil, pensativo, tratando de recordar cuando lo había puesto allí, resignado, se decidió a abrirlo. Se le iluminó la cara.

Anochece y en el taxi, comienza la jornada de trabajo, está cansado. No ha dormido bien, el lumbago crónico, la enfermedad de Lucía, y la falta de sueño por ir a verla hoy a la residencia. -Que asco llegar a viejo, que triste olvidar tu nombre. Las luces amarillean en la oscuridad, la ciudad palidece, transitan seres humanos. El semáforo señala el ámbar, después el rojo. El taxista estornuda estrepitosamente en un contoneo espasmódico, moquea y al instante echa mano al bolsillo buscando con qué sonarse. Extrañado saca de la chaqueta aquél papel duro que no iba a servirle de mucho. Apurado por la brevedad del semáforo, baja la vista frunciendo el ceño, intentando adivinar lo que tiene entre las manos. Un sobre azul, una tarjeta.

Pensó en Lucía, esta tarde había sonreído.

Años…

Mientras limpiaba los rezagos de la reunión Ana se vio en el espejo del salón y sintió los años clavándosele en el cuerpo y las ansias. Llevaba el miedo amarrado a su boca, delineado en los ojos y anudado a sus pies. Cada nueva celebración anual era un ritual recordatorio de las palabras no dichas y un manto que cubría de pesar su soledad.
Mientras las velas de su trigésimo cumpleaños yacían en el cajón de la pulcra cocina, se sentó taciturna en el portal. La primavera había llegado con todos sus aromas, y mientras el azahar del jardín se le incrustaba en los pliegues de su estomago, se prometió una vez más que ese año desataría por fin los nudos que le tenían anclada el alma y no la dejaban respirar.
Un poco más lejos de ahí, Javier regaba el jardín con el aroma fresco de Ana dibujado aún en sus manos. Una vez más surgía en él el renovado anhelo de que el destino le regale otro año más para soñar de nuevo con su olor a jazmín y poder contemplar de reojo sus ojos melancólicos y su risa replegada.
Mientras el agua discurría por entre las buganvilias Javier se prometió una vez más, como lo hacía desde hace ya diez años, que esta vez se arrancaría por fin sus miedos y como un pozo recién descubierto abriría a borbotones sus anhelos acorralados y colmaría a Ana de suspiros y risas coloridas.

martes, 25 de enero de 2011

Leo y Lina

Pasan los días y aún no la encuentran. Los rescatistas escarban con palas, picos y con sus propias manos el fango rojizo de las laderas del cerro. Nadie cree en un milagro, todos huelen, sienten y perciben la muerte debajo de cada palada. Leo mira, se pasea entre la gente y luego se echa a esperar mirando hacia la llanura.
Después de dos días, en la que era su casa, encontraron por fin a Lina. Yacía boca abajo abrazada a la imagen de Santa Catarina. Todos los del pueblo siguieron su ataúd con los ojos turbios, el aliento seco y el alma encogida. Tenía 32 años, y como casi todos por ahí, vivía entre el mercado y la chabola. Leo era su compañero de días y noches, no daba para más en esas soledades esculpidas de miedos y amenazas.
Han pasado tres días desde que volvieron a Lina a la tierra. Su tumba no es más que un cúmulo de tierra ocre con una cruz de madera maltrecha recogida por los amigos de los escombros. Leo lleva también tres días y sus noches ahí. No se mueve. Los viejos y los demás sobrevivientes le llevan agua y algo de comida cuando van a ver a los suyos.
Leo, con los ojos vidriosos, las patas enlodadas y el hocico frio, pareciera ser el único de ahí que aún cree en los milagros.

domingo, 23 de enero de 2011

La extraña pareja

Casi todos los días me cruzaba con ellos, y siempre se producía en mi interior esa extraña mezcla de sentimientos, pena, ternura y envidia. Cuando hablaban se miraban siempre a los ojos; ella sonreía mientras lo escuchaba... él atendía casi sin parpadear a todo lo que ella le contaba. Daba igual el momento del día, la temperatura o el lugar donde se encontraran, siempre descubría entre ellos esa complicidad que a la mayoría nos faltaba. Un día, sin embargo, lo encontré solo esperando y pregunté si podía ayudarle, a lo que me contestó moviendo la cabeza de un lado a otro. De repente apareció ella, un poco alterada por la hora, se le acercó con una sonrisa de disculpa mientras él corría feliz a su lado; lo cogió por las axilas y lo puso sobre sus rodillas, al tiempo que giraba la silla de ruedas que les transportaba…

viernes, 21 de enero de 2011

La pasión de un sueño

            Sumido en la oscuridad de su cuarto, no podía conciliar el sueño después de lo ocurrido aquella tarde, pero el cansancio acumulado pudo con él y el sueño se apoderó de su ser. Pasada unas  horas,  escuchó ruido en el exterior del pasillo que llevaba a su habitación, pero su sorpresa aumentó cuando la puerta de su dormitorio se abrió y en la penumbra de la oscuridad, solo iluminada por los rayos de la luna, apareció ella. Su corazón empezó a latir con fuerza, se levantó, la recibió con alegría y se apretó contra su cuerpo. La besaba en los labios, le lamía la lengua, quería robarle el aire. Se colocó detrás de ella y empezó a quitarle uno a uno los botones que sujetaban el camisón desde el cuello hasta la cintura. Después acariciaba con suavidad la tela y rozaba con las yemas de los dedos su cuerpo desnudo y la delicada ropa interior, alargando ese momento, conteniendo el deseo.
            Acercó la nariz al cabello, para inundarse del aroma de lavanda y romero, antes de posar los labios de una forma suave sobre la nuca, e ir recorriéndola hasta llegar  a los hombros que a estas alturas estaban llenos de impaciencia. Le quitó con mucho cuidado las horquillas que sujetaban el moño alto que siempre llevaba, dejando que como una espiral se desenroscara y como una cascada cayera sobre la espalda, mientras la intensidad de su amada subía al compás de la respiración, que le indicaba cuando quería zambullirse con él en el entresijo de las sabanas. Cuando terminaban de amarse, le gustaba mirarla, sin ropa, desnuda y descubrir que no había dejado parte de ese cuerpo de recorrer con sus manos, sus dedos  y sus labios. Ya no le parecía la señorita tan estirada y creída. Había que observarla en los momentos íntimos, los parpados cerrados, la boca entreabierta, la piel erizada moviéndose de una forma rítmica y acompasada solo para él.
            Pero de repente un estruendo lo despertó y pudo comprobar que todo había sido un sueño, y gritó al aire el nombre de…, mientras la corneta tocaba formación.

domingo, 16 de enero de 2011

Y quién es él

        Fíjate en ese hombre. Espera, no mires ahora, gírate hacia mí, sigamos charlando. Si mirase hacia aquí podría verme y tendría que saludarme. Ahora sí, ¿el del abrigo marrón, bajo y rollizo? No, que va, el otro, el del abrigo azul, el alto; ¡pero qué pálido y blanco está! Sí, el que está hablando con la camarera morena. Le pedirá su copa de siempre, ¿pero le está envolviendo algo? ¿Frutas escarchadas? ¡Qué curioso, a mí no me compraba fruta escarchada!
        Con la rutina de siempre. ¿Que qué me ocurre? Nada querida, espera, tengo que sonarme la nariz. ¿Se ha ido ya? Avísame cuando se haya ido.
        ¿Que está pagando? Dime, ¿cómo es su cartera? Fíjate bien. ¿Es de piel de cocodrilo marrón? ¿Sí? Me alegro.
        ¿Que por qué me alegro? Porque esa cartera se la regalé yo, cuando cumplió cuarenta años; de eso hace ya más de quince años. ¿Qué si lo quería? Es una pregunta difícil. Y sí, creo que lo quería, ¿todavía está ahí?
        ¡Por fin se ha marchado! Un momento, voy a empolvarme la nariz, ¿se nota que he llorado? Parece una tontería, pero los seres humanos qué tontos somos a veces. Aún me da un vuelco el corazón cuando lo veo.    
        ¿Que si puedo decirte quién era? Claro que sí, querida, no es ningún secreto. Ese hombre era mi marido.

David

David llevaba un rato protestando, se hacía pis. Raúl necesitaba estirar un poco las piernas, así que redujo, salió de la autopista y detuvo el automóvil dejando la boca del depósito, otra vez, en el lado opuesto al surtidor.

Ya había oscurecido y hacía frío, pero los amplios ventanales de la estación de servicio refulgían como si aquel punto del kilómetro cientoveintiocho, “Abierto 24 horas”, hubiera conjurado el invierno y su noche. Atravesaron entre un estante de revistas y otro de películas en DVD, y luego una sección de productos ecológicos. Sujetas por un cordel de cáñamo, las etiquetas testimoniaban el noble origen de la mercancía y las salutíferas esencias guardadas en aquellos frascos de cristal ahumado.

Un cuadrante advertía que el aseo había sido revisado doce veces en ese día; el operario lo había firmado por última vez sólo media hora antes. Perfumadas como un bosque de pinos e iluminadas como un estadio de fútbol, las instalaciones resplandecían seguras de pasar la inspección del más escrupuloso de sus usuarios. David se situó de puntillas en uno de los urinarios, apuntó a la pastilla desinfectante y cuando la atinó con su chorro liberó la fragancia de todo un lingote de chicle de fresa.

Ahora desahogados, repitieron el camino entre los productos ecológicos, las películas y las revistas, y tomaron, a la derecha, el pasillo de caja, una galería de aromas y colores que habría hecho palidecer el trabajo secular de un ejército de Umpa-Lumpas bajo el mando unísono de Willy Wonka y la bruja soñada por los hermanos Grimm.

Una máquina de café rugía. Un horno de bocadillos permanecía en funcionamiento sin nada en su interior, el cajero sonreía tras el mostrador uniformado como un asistente de vuelo.

- Hola. Gasoil. Lléneme el depósito, pidió Raúl.
- ¿Tiene tarjeta de puntos?
- No.
- Llévesela, es gratis.
- No, gracias, no me caben más tarjetas en la cartera.
- Los gormitis están de oferta- indicó Antonio Ruiz (así rezaba la credencial prendida en su chaqueta) posando la mano sobre una de las cestas del mostrador.
- Muchas gracias, sólo el gasoil.

Raúl guardó el recibo, en su dorso se invitaba a enviar un sms con el pretexto de conseguir dos años de combustible gratis. David curioseaba entretanto. Sus pupilas se llenaron de caramelos de menta, chicles de guaraná, dulces tiernos, chocolatinas crujientes y regaliz blando. Un poco mareado, y sin decir nada, cogió la mano de su padre y salieron de aquel santuario de celofán.

Ya fuera, Raúl dejó que David descolgara la manguera del surtidor, la embocara en el depósito y sirviera el gasoil.