martes, 31 de mayo de 2011

La invitada

Querido Jonathan:
          El jueves por la tarde volví a ponerle un correo a Luci. Me gusta desde hace tiempo pero no me atrevía a confesárselo, he pensado mucho cómo quedar con ella. No me pareció muy apropiado proponerle el cementerio para una cita romántica, aunque para mí es un lugar ideal, me encanta el silencio y la paz que se desprenden de esas criptas.  Tampoco la cueva, aunque mis criaturas son encantadoras, podría asustarla tanto aleteo y quizás el batir de sus extremidades provocaría un ruido que dificultaría una conversación íntima.
          Ella me respondió proponiéndome el parque Robinson, no puedo negarme, es mi única oportunidad de estar a solas con ella. Le he puesto otro mensaje para concretar la hora. Yo prefiero quedar temprano, sobre las 24.30, menos mal que ahora los padres las dejan quedarse hasta tarde. Espero que no quiera regresar de mañana, el efecto de los rayos de sol me produciría un daño irreparable, mi piel es delicada y la luz le origina dolorosas quemaduras . No puedo excusarme con el pretexto de cansancio, ¿qué tipo de galán sería en una primera cita?, mejor será disculparme con la justificación de una madre enferma a la que tengo que aplicar el inhalador para su padecimiento de asma.
          En su primera misiva me dice que le gusta la poesía, supongo que será una chica muy sensible. Cuando revoloteo cerca de su ventana y la veo como cepilla su pelo frente al tocador, el azul de sus ojos me trae recuerdos sublimes de mi infancia en Transilvana.
          He pensado no hablarle de mi antepasado Vlad Yepes, a una doncella de alma delicada le resultarían muy violentos los métodos de empalamiento que usó con sus enemigos, aunque la historia siempre ha exagerado , nunca pudieron soportar sus victorias.
          Tendré que invitarla a cenar, he estado buscando en internet un sitio tranquilo y acogedor y creo haber encontrado uno en la zona residencial que cumple estas características, con velas en las mesas  y  música de violín. Yo pediré como siempre un filete poco hecho, o mejor, mi plato favorito, sangre encebollada.
          Le comenté en uno de los primeros escritos que tenía una finquita muy bien arreglada en los Cárpatos. Me preguntó que si tenía piscina, por lo que tuve que explicarle que estaba en plena montaña y que el clima no era el más idóneo para el baño. Insistió en que le encantaba hacer senderismo y que tenía que invitarla con urgencia, pero creo que es un poco pronto, no conviene ir tan deprisa. Necesito tres citas como mínimo para presentarles a sus nuevas compañeras de ataúd. Después se llevarán muy bien, sobre todo cuando participen en las cacerías nocturnas. Le dejaré que tome uno de los lobos como mascota, a todas les gusta sentirse protegidas .
          Quiero prepararle una fiesta de bienvenida, como sé que le gusta bailar , intentaré tomar algunas clases de funky antes del evento, el problema es que no logro compaginar las horas de las clases con los profesores, al final han acabado citándome en una disco de moda. Le diré a mi gran amiga, la condesa Báthory, que la ayude a elegir el vestido de gala, ella tiene muy buen gusto y es una mujer muy preparada  en el mundo de la alta costura, un alma noble, sin duda, como lo demuestra su amor a los niños. Le encargué en Tiffanys el collar que sellará nuestro amor, una gargantilla de platino con la figura de un murciélago que lleva los diamantes en los ojos .
          Ah! Tengo que quitar el espejo de su alcoba, como no podrá reflejarse en él, ya no tiene ninguna utilidad.
          Y como siempre , mi estimado Jonathan, dale recuerdos de mi parte a tu amigo Van Helsing, espero que disfrute de sus tan merecidas vacaciones y que no se dedique a seguir talando los bosques del planeta para fabricar estacas.
          
                     Tuyo, atentamente

                            EL CONDE

Obsesión

El sonido de una sirena se abría paso por la ronda de circunvalación hacía una urbanización particular situada en las afueras de la ciudad. Al entrar en la calle que les habían indicado, los conductores de la ambulancia quitaron la alarma. Ante una reja situada sobre la mitad de la acera, algunos vecinos charlaban dirigiendo miradas interrogantes a un individuo que se encontraba esposado ante un coche de policía .Era alto, moreno, vestía un chándal deportivo, con zapatillas de estar por casa, pero lo que más destacaba era la expresión de unos ojos enajenados que, sólo se veían cuando levantaba la cabeza de vez en cuando, sin intención ni ademán de mirar a nadie. Se diría que era un individuo acomplejado, tímido, que le gustaba sobre todo pasar desapercibido y que, lo que menos deseaba en aquellos momentos, era el juicio ajeno que lo hacía sentirse cada vez más vulnerable.
          Los camilleros entraron en la casa y salieron a los pocos minutos con una mujer inconsciente a la que acompañaba una señora mayor que no paraba de llorar y que subió también a la ambulancia.

          Plof!! Plof!!  En mi cerebro resonaba el eco de una gota al caer. No sabía dónde estaba. Todo era oscuro. Noté que mis pulmones respiraban a intervalos regulares. Un fluido de aire entraba y salía de ellos cada cierto tiempo. Intenté mover un   dedo, pero las fuerzas no me respondían. También en vano procuré abrir los ojos, pero los párpados me pesaban como si sobre ellos se cerrasen dos puertas de cámaras acorazadas. Dos personas hablaban en susurros. Al acercarse a mí, oí una conversación entre ellos, no reconocí sus voces :
          —Le ha faltado poco, casi la mata. Menos mal que no le dio el tiro en el lado derecho, podía haberle interesado el páncreas, el hígado o cualquier otro órgano vital.
          —Parece ser que era vigilante, un tipo de lo más normal según los compañeros de trabajo. Los vecinos han declarado que nunca se les había oído discutir hasta ayer, cuando oyeron el disparo llamaron enseguida a la policía.
          —Si hubiera querido matarla, lo hubiera hecho. Los vigilantes tienen licencia de armas y saben usarlas.
          —Quería emplear la llamada que le dejan hacer en comisaría para preguntar por ella.
          —Se habrá venido abajo y ahora se dará cuenta de lo que ha hecho.
         —El abogado ha intentado sacarlo bajo fianza, no tiene antecedentes penales además de una impecable hoja de servicios.
          Intenté hablar, pero no pude. Mi garganta era incapaz de emitir ningún sonido, aunque la frase iba ganando terreno poco a poco en mi cerebro: ¡¡Estoy viva!! Ante mis ojos apareció su imagen. Empuñaba la pistola, la mano le temblaba como si estuviera muy nervioso, daba pasos tambaleándose, había bebido, la botella de bourbon estaba casi vacía sobre la mesa del sofá. Me dio miedo, en su cara había una mueca parecida a una sonrisa que, acto seguido daba paso a una mirada de rabia  en la que yo me veía como la causante de toda su infelicidad. Hablaba a gritos dándole vueltas  a la misma idea,” ¿Con quién estás?”, “¿De dónde vienes a estas horas?”, “¿Crees que soy tonto?”. Intente inútilmente hacerle entrar en razón, me disculpé por no haberle llamado, el móvil no tenía batería y es verdad que era un poco tarde, pero él no escuchaba, se reía cuando yo hablaba. Me acerqué para persuadirlo de que se acostara. Mañana veríamos las cosas con más tranquilidad. Llevaba varias semanas pensando que mi relación con él se había deteriorado, cuando llegaba a casa lo veía absorto en la televisión, apenas hablaba, suponía que me veía feliz con el trabajo y no lo había encajado, él nunca hablaba del suyo y cuando lo hacía era para quejarse. Nunca quiso ser vigilante, se puso a trabajar porque su padre se quedó inválido, un tractor le cogió una pierna y la pensión no daba para vivir, sus sueños de ir a la universidad y conseguir un puesto como el mío se fueron a pique. ¡Esa era la clave!, los celos, primero profesionales y después aquella idea fija que se abrió poco a poco en su mente de que lo iba a dejar. Era la pescadilla que se muerde la cola: él pensaba que yo prefería el trabajo a él, se ofuscaba con la idea, se empezó a encerrar en sí mismo, a lamerse la herida , a ponerme esa mirada de perro apaleado cuando llegaba del despacho y yo , inconscientemente, tampoco sabía cómo tratarlo, todas las conversaciones terminaban con indirectas y si intentaba contarle algo de mis compañeras o compañeros, respondía de forma susceptible, por supuesto a él no le pasaba nada cuando le reprochaba su actitud. La situación para mí se fue volviendo cada día más desagradable hasta que prefería ducharme y meterme pronto en la cama para evitar hablar con él o empecé a llegar más tarde del trabajo con la esperanza de encontrármelo acostado. La gota que colmó el vaso se produjo el mes pasado cuando sacó el tema de las vacaciones, había reservado un crucero por las islas griegas en una fecha en que yo había pensado pasar unos días en París. La empresa nos pagaba un viaje a dos personas para hacer un curso, era sólo una semana, después podríamos ir a otro sitio. Entonces empecé a observar que me espiaba, descolgaba el teléfono del cuarto para escuchar mis conversaciones, leía mis correos electrónicos y terminó convirtiéndose en un completo desconocido, él mismo que ayer noche repetía continuamente:” Esto se va a acabar”, “Esto se va a acabar”, antes de oír aquel ruido sordo , aquella punzada en el costado, el liquido pegajoso saliendo y yo apretándome aquel orificio con la mano. El miedo me hacía desear la muerte, todo antes que pasar grandes dolores mientras me desangraba. Me desmayé, fue lo mejor que me pudo pasar, y ahora despierto en esta sala de hospital sin poder creerme del todo lo que ha pasado, pero sintiéndome culpable por no poder aborrecerlo, porque en vez de odiarlo a él siento odio por mí misma.

Salvación

          No puedo creer que Sibila haya muerto, no lo entiendo, lo hemos pasado bien juntos, era una chica guapa, ojos grandes claros, pelo trenzado con aquel lazo tan vistoso y esos vestidos que sugerían todo lo que un hombre puede desear. Llego el día en que fuí a conocer a sus padres, me recibieron con toda la amabilidad de que fueron capaces y me quisieron como un joven de buena educación que haría feliz a su hija. Pero yo no puedo casarme , odio el compromiso y menos para toda la vida, lo único importante , como dice Henry, son la juventud y la belleza, lo que yo tengo y siempre tendré. No tuve más remedio que escribirle aquella carta, le dije que la quería pero que rompía mi promesa de matrimonio, nunca pensé que se suicidaría , ¡qué estúpida!, siempre la maldita moral que no lleva a ninguna parte, siempre los comportamientos idóneos que dictan las normas, los placeres que la sociedad establece como buenos, las vidas cuadriculadas donde todo está establecido desde el nacimiento a la muerte. No, eso no era la vida, o al menos no para mí, una vida así no merece la pena ser vivida. Yo no puedo renunciar a los placeres prohibidos, a disfrutar de todas las mujeres que aprecian el goce lo mismo que yo, e incluso también ¿por qué no?, algún que otro hombre, en la variación está el gusto. Aún recuerdo al joven que me presentaron unos amigos en aquella fiesta, con solo una mirada  bastó para quedar cautivado, nos besamos apasionadamente en el jardín, sus rasgos me recordaba los de Apolo, y como el dios griego fue un amante maravilloso, pero descubrió mi secreto más inconfesable y tuve que sacrificarlo. Lo metí en un baúl y lo arrojé al Támesis, allí disfruta ahora el merecido descanso, unas vacaciones bajo el agua.
          El otro día en el puerto un vagabundo intentó robarme , me puso la pistola en el cuello y empezó a buscarme en los bolsillos , su rostro cambió cuando me miró a los ojos, a las puertas de mi alma ,  un pavor dejo paso a la altanería inicial, su mirada reflejaba auténtico miedo y gotas de sudor corrían por su frente. Se quitó la gorra que llevaba puesta y lentamente fue bajando la pistola hasta que una apresurada carrera lo quitó de mi vista. Entonces sentí el poder , la fuerza que me otorgaba todo el mal que había dentro de mí . Me apresuré a meter la mano en el compartimento de la chaqueta que guardaba aquella llave, símbolo de lo que nunca podía perder ni mostrar a nadie.
          Inesperadamente recibí la visita de Basil, se extrañó de que su obra no estuviera en el sitio de siempre, me excusé diciéndole que estaban poniéndole un nuevo marco. Siempre la consideró  su mejor creación y yo un día lejano también me sentí orgulloso de ella. Nunca pensé que el  deseo que pedí al pie de ese cuadro se cumpliría , ahora ya no puedo mirarlo, sólo el pensarlo me estremece. Sé que no salvaré mi alma, pero tengo que salvarla a ella. He hecho las cosas más horribles que podían darse en este mundo, los crímenes más espeluznantes, las manipulaciones más horribles, sin que en mi rostro asomase la mínima expresión de culpabilidad, de compasión por alguien, no he tenido nunca un sentimiento de angustia o de remordimiento por todo el mal que he causado a los demás, a todos los seres que he destruido sin que se acelerase mi corazón en una extrasístole . Pero no puedo envenenar también a Marian, tiene que apartarse de mí por su bien, yo soy lo peor que podría escoger, supongo que desistirá cuando por fin le muestre ese maldito retrato.

lunes, 16 de mayo de 2011

Antes del regreso

Me abandono al lago, dejo mi cuerpo a merced de sus negras aguas. Desciendo y la sensación aumenta, se apodera de mí una necesidad irrefrenable de rendirme, el cansancio mortal ha dado paso a una insensible inercia. Ya nada importa, solo las acariciantes aguas del lago, ¿o no es el agua? Cada vez las noto más intensamente por toda mi piel. Y también me parece oír voces, susurros, risas contenidas… Es dulce y sugestivo, no necesito saber qué está ocurriendo realmente. Y vuelvo a abandonarme una vez más. Y las caricias aumentan, aunque ya no son tan suaves, me pellizcan y me tiran del cabello, incluso me hacen daño. Quizá debería resistirme, pero una especie de lujuria me paraliza y me dejo llevar. Las voces también aumentan, oigo palabras que no entiendo, hablan en idiomas extraños con sonidos guturales y ásperos. Las risas son más fuertes, risas histéricas, estridentes, maliciosas… Me rodean por todas partes, me dan miedo. Miro a mi alrededor intentando ver algo, no lo consigo. Intento evitar las manos invisibles que ya me provocan dolor, pero son demasiadas. Cada vez más. Consigo ver algo, sombras rápidas dentro de la oscuridad que me rodea. Miradas fulgurantes que me observan, que aparecen y desaparecen junto con las risas. Están jugando conmigo. No quiero vivir más tiempo esta pesadilla, pero no sé cómo volver, cómo puedo escapar de esta desesperación.

Entonces la veo, una débil claridad llega desde arriba. También me llama y consigo acercarme a ella. Intentan retenerme pero no pueden hacerlo. La luz es más fuerte en mí que la oscuridad. La sigo con decisión y siguiéndola busco el camino de vuelta.



domingo, 15 de mayo de 2011

Melville y el alumno

-Bien, este es el tema: una historia que ocurre en un galeón, el protagonista es uno de los marineros.
-Uf, siempre con lo mismo, ¡qué sé yo de galeones!
-Puedes investigar sobre el tema.
-¡Pero no podría escribirlo a tiempo!
-Pues entonces aprovecha tu propia experiencia.
-¿Mi experiencia como marinero de galeón? Sí eso, ríase…
-No hombre, como persona. Hay temas universales.
-Bueno, intentaré pensar en algo. ¿Alguna escena en particular?
-Si, parte de la acción o toda se tiene que desarrollar durante una terrible tormenta.
-Vaya, esto va cada vez mejor…
-Venga, anímese. Sabemos que es un barco mercante, ¿hacia dónde se dirige?
-Va a América, en concreto a México, y viene de España.
-Por tanto estamos hablando de la colonización española.
-Sí.
-¿Y cuál es la motivación del marinero para embarcarse en esta empresa?
-Pues…, quiere hacer fortuna, claro. Él quiere casarse con su enamorada, pero ella es de buena familia y él se siente inferior. Cuando vuelva rico de América ya no habrá ningún obstáculo.
-Bien…, un poco visto pero no está mal. Entonces, ¿es un chico joven, no?
-Sí, sí, poco más de veinte. Y se llama… Alfonso, Alfonso Ortega.
-Bien el nombre español. ¿Qué más? Están en mitad de la tormenta, ¿qué es lo que ocurre?
-Están en mar abierto y les sorprende la tormenta. Tienen que arriar velas rápidamente y en algunos sitios incluso están achicando agua.
-Vaya, parece que algo sí sabes de navegación después de todo.
-Lo habré leído en algún sitio supongo… ¿Por dónde iba? A sí, Alfonso intenta ayudar en lo que puede, pero la tormenta cada vez tiene más fuerza. Ve incluso como un golpe de viento tira al mar a uno de sus compañeros que estaba subido al mástil. Entonces duda porque nadie intenta recoger esa vela y el mástil se va a partir, y termina por arriesgarse y subir él. Le cuesta mucho trabajo pero al final lo consigue. Y allí arriba lucha contra el viento y el agua, el mar embravecido a sus pies. Está varias veces a punto de caer, pero es fuerte y consigue resistir las sacudidas. Y justo cuanto el palo se va a partir, logra amarrar la vela. Cuando baja tiene una expresión de satisfacción, pero en eso llega una ola enorme que hace zozobrar el barco. El agua lo arrastra hasta el otro extremo, donde queda sujeto solo por una mano y el mar finalmente lo engulle. Su último pensamiento es para su amada Lucía… ¿Qué le parece?
-Me parece que está lleno de tópicos, no es nada original.
-¿Cómo? ¡Y qué quiere, si tengo que desarrollar un argumento en cinco minutos! ¿Hago que se salve?
-No, no, eso sería mucho peor. Mejor que muera. Ahora lo que tienes que hacer es escribirlo y hacer que se convierta en un buen relato.

Levante

El viento de levante ha arrancado dos sombrillas multicolores que ruedan indomables hacia la orilla. A distancia corren sendos hombrecillos gesticulantes que alertan del peligro que se cierne en la orilla sobre paseantes y bañistas. Agus decide responder a la llamada. Abandona el Men’s Health sobre la toalla, se ajusta las gafas de sol y hace una mueca a su hermano para que le observe mientras adopta la pose de un defensa de los Nets que tuviera que interceptar a toda una estampida de elefantes.
El sol tórrido reverbera donde la arena seca, pero la escena de las dos sombrillas desbocadas mantiene en vilo a los ocupantes de aquella franja de playa, que se vuelven para contemplarla: unos niños dejan de cavar la arena con sus palas, un matrimonio suspende su discusión sobre las licencias nocturnas de su hijita adolescente, un amor canicular cesa en sus arrumacos, una abuela descansa las agujas de punto sobre el regazo, un abuelo desorientado despierta de su siesta, una señora interrumpe su refriega de bronceador en cuello y escote, unas alemanas en topless se incorporan sobre los codos con vertical esplendor, y ha cesado el pregón del vendedor de refrescos.
La última ola se bate en retirada. Es el silencio cuando Agus se percata de que él es el último reducto contra las enfurecidas lanzas que Eolo arroja a la multitud. Y toma conciencia de que durante el instante en que acaparará todas las miradas él, a su vez, también puede verlo todo: las sombrillas que se avecinan con sus hombrecillos corriendo a los lejos y, de reojo, tres pares de pechos enrojecidos. Y calcularlo todo. Tres zancadas para interponerse en la trayectoria letal y la maniobra mínima imprescindible para reducir la sombrilla, plegarla, dejarla en el suelo y lanzarse a la caza de la otra que vuela unos metros más atrás.
Siente ahora transfigurarse en Mitch Buchannan (pese a que siempre quiso hacerlo en Michael Knight). Siente el valor necesario para intentar trabar una conversación con las teutonas luego de cumplido el trámite. Y siente (lamenta) llegar tras de sí el refuerzo de su hermano pequeño, que también debe querer sumarse al cumplimiento del deber cívico. “Me las habría bastado yo solo, idiota”, piensa para sí. Y cuando la sombrilla primera ya los embiste una fuerza invisible tira del bañador de Agus hacia abajo, hasta los tobillos, dejando sus vergüenzas al descubierto. Y la sombrilla le golpea en la cara y le tira al suelo las gafas de sol. Enredado en su propio traje de baño e incapaz de mantener el equilibrio, cae derribado, deslumbrado y desnudo. El silencio se quiebra por el rumor de las olas rompientes.
Son carcajadas, Agus.
Son mandíbulas batientes de niños, allá arriba, señalándolo con el dedo desde lo alto de un castillo de arena.
Risas del matrimonio que hace medio minuto discutía, de la señora del bronceador, de la parejita de los arrumacos y del tipo de las cocacolas. Agus evita mirar a las alemanas. Habría comprobado que sus pechos se agitan graciosamente y que también ríen. Toda la playa ríe, y el idiota huye y también ríe, aunque muy pronto va a estar llorando.
Dos sombrillas multicolores flotan en el agua, inocuas.

martes, 19 de abril de 2011

Lo inesperado

De repente contempló aterrada la imagen que se abrió ante ella al doblar una brizna de hierba. Un ser enorme, monstruoso y aparentemente inerte parecía bloquear el camino a su hogar tantas veces recorrido. No era negro como toda su familia, ni tenía los otros colores de los animales que arrastraban una vez muertos hasta el hormiguero. Era una gran mole carnosa brillando al sol.
Subió hasta el borde de una flor morada para observar con detenimiento aquel extraño hallazgo. ¿Sería ese Ser del que que tanto hablaba la reina madre llamado Dios? ¿Sería posible el contacto, algún tipo de comunicación con aquella montaña de rostro similar al saltamontes? Desde luego, pensó, ella nunca había sido una hormiga aventurera. Aquello definitivamente no era asunto suyo. Volvió a la vereda principal y sin pensárselo dos veces convenció a la fila de compañeras que venían hacia ella de que hoy cogerían el sendero del río. Era un día demasiado hermoso de primavera para volver tan pronto a casa.

lunes, 7 de marzo de 2011

El visitante

El día había sido agotador, últimamente esta era la tónica de su vida. Todo giraba en torno al trabajo y siempre estaba estresada, tratando con unos y con otros, peleándose para conseguir resultados óptimos, y el tiempo se le escapaba de las manos. Ahora volvía cabizbaja. Era ya de madrugada, pero el taxi no había podido entrar en su calle a causa de las obras y se bajó algo lejos de casa. De todas formas le apetecía pasear. Caminaba ensimismada cuando escuchó unos pasos que la seguían, eran lentos pero su eco se sentía claramente. Instintivamente Irene se volvió con brusquedad y desconfianza, pero nadie iba tras ella. Continuó andando con alivio, aunque aceleró un poco. Pero los seguía oyendo, los pasos venían detrás de ella. Volvió a mirar hacia atrás y volvió a acelerar su marcha, y con horror se dio cuenta de que la otra persona también iba más deprisa. Pero no veía a nadie. “Venga, tranquilízate Irene”, pensó, “estarán sonando en otro sitio y en el silencio de la noche los percibes a tu lado”. Porque eso es lo que estaba ocurriendo, cada vez estaban más cerca. Irene, lejos de tranquilizarse, notaba su corazón palpitar apresuradamente. Pero ya se encontraba cerca de casa, un esfuerzo más y estaría a salvo. Con la boca seca intentaba aspirar todo el aire de que era capaz, le faltaban las fuerzas, pero eso no le impidió salvar los metros que le quedaban en una frenética carrera, oyendo siempre los pasos aproximarse, cada vez más claros, cada vez más rápidos, hasta que los sentía justo a su espalda…
Alcanzó su portal. Tras dos intentos consiguió abrir la puerta con manos temblorosas. Cerró con fuerza y subió las escaleras todavía corriendo. Le quedaba una última puerta. Esta vez la abrió con mucha más facilidad. La cerró tras ella, giró la llave y se quedó pegada a la madera escuchando. Nada. Silencio. Solo los latidos de su corazón. Entonces se dejó caer en el suelo, todavía junto a la puerta, y rompió a llorar. Y lloró como hacía mucho tiempo que no lo hacía, con sollozos que le salían directamente desde el pecho, quizá de algún lugar más profundo. Todo el cuerpo le temblaba mientras las lágrimas rodaban por su rostro y se iba tranquilizando poco a poco. Después de un tiempo que nunca supo calcular, sintiéndose más serena, se levantó y fue a su dormitorio. Se desvistió y se acostó. Mañana seguiría pensando, hoy ya no podía más. Acababa de cerrar los ojos cuando oyó un ruido, unos pasos acercándose. Con sobresalto se incorporó y encendió la lamparita que tenía junto a la cama y a punto estuvo de gritar cuando vio a Curro. El bueno de Currete, allí estaba mirándola con ojos soñolientos y moviendo el rabo alegremente. Irene lo cogió en brazos con una sonrisa en los labios y le rascó la cabeza.
-¡Menudo susto me has dado, tonto!- le amonestó, pero decidió que esa noche dormiría junto a ella. Irene volvió a cerrar los ojos con una mano sobre el cuerpo de su perro. No podía seguir así, tenía que cambiar su vida o se volvería loca. Y estaba tan agotada, tan cansada de todo…
Irene ya lejos, en el mundo de los sueños, respirando acompasadamente, no se dio cuenta de que una oscura silueta se inclinaba sobre su cabeza, tan cerca que si quería podía besarla.

domingo, 20 de febrero de 2011

Un día diferente

Uno más, y ya iban muchos. Siempre la misma rutina. Madrugón para coger el avión temprano. Largas esperas en las salas de embarque. Retrasos, gente anodina que no se habla, ni siquiera se miran, pensaba. Avisos por los altavoces “Por favor no descuiden su equipaje de mano”. Así que maletines en una mano, teléfonos móviles echando humo en la otra, personas dando vueltas sin dirección por la terminal, otras sentadas con el portátil en las rodillas, y sobre todo caras de sueño, desidia y pensando ya en el regreso. Y todo para asistir a otra aburrida reunión de trabajo…

Pero aquel día iba a ser diferente. Tras un vuelo horrible de turbulencias, toses y ronquidos, salí con prisa, deseoso de llegar a mi destino. Con paso ligero alcancé el primero la puerta de salida. Allí estaba ella, ignorante de su belleza con esa tímida sonrisa y sosteniendo aquel ridículo cartel “SR. ORTEGA MENENDEZ”. No me lo pensé dos veces, definitivamente iba a ser un día diferente. Me dirigí seguro hacia ella y le dije:

- B --Buenos días

- ¡ --- ¡Ah, hola! Buenos días

Como se había quedado un poco perpleja, añadí.

- C --Cuando quiera nos vamos

- S --Sí, si… pensé que sería Vd. algo mayor- me dijo todavía dubitativa

- E --Es que me conservo muy bien- le contesté sin mentirle

- Y - -Ya, ya… Bueno, le llevo directamente al hospital, dada la urgencia del caso claro… Pero, ¿qué le pasa?- me preguntó al observar el cambio de color de mi cara.

- N --No, nada, nada... es que no me encuentro muy bien. El viaje ha sido horrible. Disculpe un momento que voy al baño- le dije sin darle opción a preguntarme nada más.

No volví a saber de ella hasta mi regreso de otra aburrida reunión, al día siguiente. Allí estaba sosteniendo de nuevo un cartelito. Me alejé rápidamente para que no me viera y la observé de lejos. Alguien se le acercó con seguridad y estrechó su mano cortésmente. Charlaron por un breve espacio de tiempo. De repente vi como él se alejaba rápidamente a los aseos y como ella le seguía con su mirada y una amplia sonrisa en sus labios…

lunes, 14 de febrero de 2011

'i'

El empleado de caja permanecía con los brazos en alto y una nueve milímetros apoyada en la sien izquierda. En un trance parecido -pensó- Aureliano Buendía había sido capaz de recordar un montón de cosas, pero él temblaba, se le había soltado el vientre y se arrepentía de haber pulsado el botón de alarma. La policía llegaría en un momento, y si los tres encapuchados no se apresuraban, habría cerco y aquel absurdo iría para largo.
–Por favor...– gimoteó suplicante –por favor..., tengo mujer y dos pequeñas, se lo ruego…–. Sujeto 3 le ordenó callar con un gesto de enfermera de hospital y él, obediente, enmudeció, fijó la mirada hasta el extravío y se concentró en sentir el crónico dolor de cervicales.

Aquella noche su mujer llegó muy tarde de la guardia, más que de costumbre, había vuelto a olvidar el móvil en casa y las llamadas habían estado sonando desde el dormitorio. La esperaba sentado en la penumbra, pálido e insomne. Ella soltó las llaves en cualquier sitio y corrió a abrazarle, dejándole hundir la cabeza en su pecho.
–Lo he oído en el boletín, de regreso… No sabes cuánto lo siento, amor–. Lo besó en la sien, apretando los labios como si tomara la temperatura. –Es la tercera vez este año, amor. Tienes que dejar ese trabajo... Tú te podrías encargar de la casa. ¡Las niñas estarían encantadas!...–. Sintió en el esternón la humedad de un sollozo contenido. –Y tenemos suficiente dinero ahorrado–.

En el aire flotó el eco de un adverbio de cantidad; él quiso decir un algo que se ahogó en saliva, sumergido, náufrago en el beso apasionado con que ella terminó de persuadirle.

Único Dios verdadero

La cera hirviendo se deslizaba entre los pliegues de su carne, mezclándose con el torrente de sangre que brotaba del objeto adorado, que recorría su cuerpo inundando su cordura. Goteaba, se endurecía en la negrura del fondo de su pecho. Esas velas que más que iluminar, ocultaban con un espeso humo negro aquel altar levantado mucho tiempo atrás. Un templo, tan bien guardado, que cerraba sus puertas a todos aquellos que vivían en el error de no postrarse ante el único Dios que asegura la dicha eterna durante los instantes en que se llega a contemplar.

lunes, 31 de enero de 2011

Little boy

Por entonces podíamos abrirnos la cabeza cada tarde. Éramos inmortales y usábamos rodilleras. Disponíamos de todo el tiempo, todo el tiempo era verano y dedicábamos media eternidad a volar en bicicleta y la otra media a ataviarlas. Hubo quien la decoró con los hologramas adhesivos que conseguía en los bollos rellenos de chocolate, quien instaló espejos retrovisores y flecos en los extremos del manillar y un banderín de los Estados Confederados de América detrás del sillín, hubo quien la pintó de amarillo y quien equipó las ruedas con recortes de mangueras de gas butano: con cada pedalada, con cada giro, los tubos se deslizaban a lo largo de los radios golpeando la llanta en un carrusel metálico y monótono. En cambio, mi bicicleta era otra de las decepcionantes herencias de mis hermanos mayores, un juguete infantil que transformé eliminando todo lo superfluo. Desprovista de portabultos, pata de cabra y guardabarros quedó reducida a una Q invertida, apenas un esqueleto silbante del que llegué a enorgullecerme. Yo, el más veloz de mis amigos.

Patrullábamos las calles decididos a vengar el crimen, los abusos y la extorsión que asolaban las sobremesas catódicas. Aquella vez volvíamos de acechar en los naranjales, polvorientos y con el sudor remansado en las patillas. Cuando nos detuvimos en un semáforo acerqué el puño a los labios y comuniqué algo por el reloj pulsando el botón del cronómetro. –Cambio–. Fue entonces cuando advertí su presencia. Hombro con hombro, bronceadísima, Ella, a quien no había vuelto a ver desde el final de curso y en quien no había dejado de pensar una sola noche. Hacía meses que mis oraciones ya habían transmutado en delirios amorosos y, secretamente, a Ella me encomendaba en cada misión y consagraba mis gestas paramilitares. Ella enjugaría mis heridas, gozosa por servir al febril justiciero de barrio. Por Ella tenía sentido estudiar matemáticas (dejar que me copiara en los exámenes era la manera de corresponder sus servicios de enfermería onírica), quedarme sin postre en el recreo y acudir a las catequesis de los sábados.

Ella sujetaba el ímpetu de un Vespino rojo, rutilante, recién sacado de su embalaje. Yo le hablaba a un reloj Casio. Acerté a iniciar un tímido gesto al tiempo que una implosión cósmica tenía lugar en mi pecho, mis labios articularon un hola huérfano de todo eco y a la altura de la glotis sentí palpitar un corazón que arrojaba litros de sangre hirviendo a mis pómulos. Tampoco la mano llegó a completar un saludo, continuó un recorrido artificioso y acabó recluyéndose en mi pelo.

Ella debió ignorarme, fingir que no me había reconocido. Debió evitar mostrar la arruga en el extremo de su labio superior y el marfil del colmillo. Pero no. Sus ojos lanzaron ráfagas de rayos menguantes y mientras se elevaba por encima de las nubes, su melena exhaló el jugo de un melocotón y cien pulseras hippies culebrearon en su muñeca. Desatadas por arte de magia fueron a fundirse en torno a mi traquea, ahora como una sola boa constrictor resuelta a exprimir mi última molécula de oxígeno. Cuando recobré la consciencia, si aquello era consciencia, andaba a manotazos con una nube de humo denso y venenoso que me desecaba los bronquios. Su figura etérea se desvanecía a lo lejos y mi orgullo se filtraba al subsuelo entre los resquicios del asfalto cuarteado. Sentí caer las manzanas de un árbol, todas a la vez. Me protegí bajo el alero de una raíz cuadrada. Luego una Eva desnuda, un Durero me parece, me las ofrecía todas. –Todas para ti–, me decía.

Abatido por la mera sombra de un semáforo verde, ensordecido por la fusión violenta de los núcleos atómicos del amor y la rabia, atravesado por megatones de dolor, allí, allí mismo deserté a la Patrulla Q, allí desperté a la mortalidad.

domingo, 30 de enero de 2011

Informe de trabajo

Aunque la gente no lo crea, el trabajo en una biblioteca puede llegar a ser ciertamente emocionante e inesperado, incluso a veces peligroso. Yo lo he comprobado en varias ocasiones, pero la imagen que a menudo transmitimos es la del silencio, con libros esperando en sus estanterías a que alguien se acuerde de ellos, literatura dormida…. Nada más lejos de la realidad.

Esta mañana, por ejemplo, una niña se acercó al mostrador para hacer una consulta. Enseguida vi que era bastante espabilada, la prueba definitiva es que estaba buscando información en la sección de adultos. Tendría unos diez u once años, una bonita melena lisa y rubia e iba vestida totalmente de rosa: minifalda, una graciosa camiseta e incluso unos guantes con la parte de los dedos cortada.
-¿Tienen libros sobre hechizos de amor?- me preguntó con voz resuelta. Me extrañó bastante la petición, pero como buena profesional, me puse manos a la obra.
-Pues tenemos uno que está en la sala y otro prestado.
Le explique dónde estaba el de la sala, pero al encontrarse en la balda de más arriba de una estantería, tuve que ayudarla a cogerlo. Cuando lo tuvo entre las manos, una radiante sonrisa se dibujó en su cara.
-¿Pero tanto te interesa este tema?- la niña asintió enérgicamente sonriendo todavía. Me animé a preguntarle- ¿y has probado alguno?
-Claro, el último hechizo que hice servía para rejuvenecer cincuenta años. Se llamaba “Quítate medio siglo de encima”.
Me quedé allí parada con cara de boba sin saber qué decir y ella tomó la iniciativa -¿me puedes reservar el que está prestado?
-Sí, ahora mismo.

Nos dirigimos a mi ordenador y, después de pedirle su tarjeta de lectora, le realicé la reserva. Tras esto observé cómo se alejaba con paso decidido, apretando el libro en su regazo. Y no pude contenerme. La curiosidad y la incertidumbre sobrepasaron otras consideraciones. Todavía tenía la reserva con su número de lectora en la pantalla, lo copié y busqué su ficha. Efectivamente venía la fecha de nacimiento, 1950. Era fácil hacer la cuenta, hacía justo sesenta y un años.

El regreso

Voy andando por un estrecho camino. Hace viento, el cielo está gris plomizo y amenaza tormenta. Los árboles que se hallan a los lados del sendero se mecen peligrosamente sobre mí, sus ramas crujen y parece que me hablaran. Murmuran palabras de advertencia, me avisan del peligro.

Con gran dificultad, pues me duele todo el cuerpo por el esfuerzo, llego hasta un espacio abierto. Hay un inmenso lago y me acerco a la orilla. Su superficie es negra, totalmente opaca, y pequeñas olas surgen siguiendo el sentido del viento. Me quedó allí parada con la mirada fija en el agua. Me atrae, me llama para que me sumerja en ella, para que conozca sus profundidades. Y es un deseo oscuro, una sensación pegajosa que me atrapa, que tira suavemente de mis brazos, de mi pelo, de todo mi cuerpo, susurrando turbias promesas. Y me venzo hacia delante. Me abandono al lago, me siento descender, me hundo en la oscuridad.

Pero entonces abro los ojos. Hay algo más, un débil rayo de luz que llega de fuera. Y también me atrae, siento que me saca del sopor en el que me encuentro. Todavía noto una vez más la poderosa llamada del lago, pero estoy decidida, y me impulso en busca del resplandor. Cada vez hay más claridad.

Y otra vez tengo que abrir los ojos. Estoy en una habitación que no conozco, la recorro con la mirada, es un hospital. Miro mi cuerpo, un par de cables salen de mis brazos. Y mi mano, alguien me la coge. Levanto un poco la cabeza, es Roberto. Duerme echado sobre el respaldo de un sillón con mi mano en la suya. Está tan pálido… Y otra vez la siento, corre por mis venas y llega hasta mi boca, mis ojos, mis dedos… Y quiero que me inunde y que salga de mí, que sea como un torrente irrefrenable desde mi interior… Muevo su mano y susurro –Roberto, Roberto, estoy aquí.

miércoles, 26 de enero de 2011

Constelación


Tenía una estrella en la mano, acababa de recortarla de su cuaderno de dibujo, después de colorearla. La mesa, repleta de asteroides, resplandecía en la habitación como un pequeño universo. Pegó la fotografía con su perro en la tarjeta y la adornó con los luceritos, debajo escribió: “Nunca dejes de seguirlas”. La metió en el sobre azul y la colocó en el bolsillo de la bata blanca de su madre, que colgaba en el vestidor.

Ella estaba tumbado en la cama, agarraba en una mano el mando a distancia por inercia, para no sentir el vacío. La mirada, arrojada a través del cristal, intentaba apresar un paisaje que se le escapaba. Entró la enfermera en su visita rutinaria de la tarde, canturreando un estribillo que se le hacía familiar, cuando quiso darse cuenta, ésta ya se había ido. Apartó la vista de la ventana para ir a esconderla en la pantalla del televisor que gritaba lejano. En el transcurso del movimiento algo llamó su atención. Alargando el brazo, sin soltar el mando, apresó un sobre azul de la mesita de noche. Por un momento se quedó inmóvil, pensativa, tratando de recordar cuando lo había puesto allí, resignada, se decidió a abrirlo. Se le iluminó la cara.

Anochece y en el taxi, comienza la jornada de trabajo, está cansado. No ha dormido bien, el lumbago crónico, la enfermedad de Lucía, y la falta de sueño por ir a verla hoy a la residencia. "Qué asco llegar a viejo, qué triste olvidar tu nombre". Las luces amarillean en la oscuridad, la ciudad palidece, transitan seres humanos. El semáforo señala el ámbar, después el rojo. El taxista estornuda estrepitosamente en un contoneo espasmódico, moquea y al instante echa mano al bolsillo buscando con qué sonarse. Extrañado saca de la chaqueta aquél papel duro que no iba a servirle de mucho. Apurado por la brevedad del semáforo, baja la vista frunciendo el ceño, intentando adivinar lo que tiene entre las manos. Un sobre azul, una tarjeta.

Pensó en Lucía, esta tarde había sonreído.

Años…

Mientras limpiaba los rezagos de la reunión Ana se vio en el espejo del salón y sintió los años clavándosele en el cuerpo y las ansias. Llevaba el miedo amarrado a su boca, delineado en los ojos y anudado a sus pies. Cada nueva celebración anual era un ritual recordatorio de las palabras no dichas y un manto que cubría de pesar su soledad.
Mientras las velas de su trigésimo cumpleaños yacían en el cajón de la pulcra cocina, se sentó taciturna en el portal. La primavera había llegado con todos sus aromas, y mientras el azahar del jardín se le incrustaba en los pliegues de su estomago, se prometió una vez más que ese año desataría por fin los nudos que le tenían anclada el alma y no la dejaban respirar.
Un poco más lejos de ahí, Javier regaba el jardín con el aroma fresco de Ana dibujado aún en sus manos. Una vez más surgía en él el renovado anhelo de que el destino le regale otro año más para soñar de nuevo con su olor a jazmín y poder contemplar de reojo sus ojos melancólicos y su risa replegada.
Mientras el agua discurría por entre las buganvilias Javier se prometió una vez más, como lo hacía desde hace ya diez años, que esta vez se arrancaría por fin sus miedos y como un pozo recién descubierto abriría a borbotones sus anhelos acorralados y colmaría a Ana de suspiros y risas coloridas.

martes, 25 de enero de 2011

Leo y Lina

Pasan los días y aún no la encuentran. Los rescatistas escarban con palas, picos y con sus propias manos el fango rojizo de las laderas del cerro. Nadie cree en un milagro, todos huelen, sienten y perciben la muerte debajo de cada palada. Leo mira, se pasea entre la gente y luego se echa a esperar mirando hacia la llanura.
Después de dos días, en la que era su casa, encontraron por fin a Lina. Yacía boca abajo abrazada a la imagen de Santa Catarina. Todos los del pueblo siguieron su ataúd con los ojos turbios, el aliento seco y el alma encogida. Tenía 32 años, y como casi todos por ahí, vivía entre el mercado y la chabola. Leo era su compañero de días y noches, no daba para más en esas soledades esculpidas de miedos y amenazas.
Han pasado tres días desde que volvieron a Lina a la tierra. Su tumba no es más que un cúmulo de tierra ocre con una cruz de madera maltrecha recogida por los amigos de los escombros. Leo lleva también tres días y sus noches ahí. No se mueve. Los viejos y los demás sobrevivientes le llevan agua y algo de comida cuando van a ver a los suyos.
Leo, con los ojos vidriosos, las patas enlodadas y el hocico frio, pareciera ser el único de ahí que aún cree en los milagros.

domingo, 23 de enero de 2011

La extraña pareja

Casi todos los días me cruzaba con ellos, y siempre se producía en mi interior esa extraña mezcla de sentimientos, pena, ternura y envidia. Cuando hablaban se miraban siempre a los ojos; ella sonreía mientras lo escuchaba... él atendía casi sin parpadear a todo lo que ella le contaba. Daba igual el momento del día, la temperatura o el lugar donde se encontraran, siempre descubría entre ellos esa complicidad que a la mayoría nos faltaba. Un día, sin embargo, lo encontré solo esperando y pregunté si podía ayudarle, a lo que me contestó moviendo la cabeza de un lado a otro. De repente apareció ella, un poco alterada por la hora, se le acercó con una sonrisa de disculpa mientras él corría feliz a su lado; lo cogió por las axilas y lo puso sobre sus rodillas, al tiempo que giraba la silla de ruedas que les transportaba…

viernes, 21 de enero de 2011

La pasión de un sueño

            Sumido en la oscuridad de su cuarto, no podía conciliar el sueño después de lo ocurrido aquella tarde, pero el cansancio acumulado pudo con él y el sueño se apoderó de su ser. Pasada unas  horas,  escuchó ruido en el exterior del pasillo que llevaba a su habitación, pero su sorpresa aumentó cuando la puerta de su dormitorio se abrió y en la penumbra de la oscuridad, solo iluminada por los rayos de la luna, apareció ella. Su corazón empezó a latir con fuerza, se levantó, la recibió con alegría y se apretó contra su cuerpo. La besaba en los labios, le lamía la lengua, quería robarle el aire. Se colocó detrás de ella y empezó a quitarle uno a uno los botones que sujetaban el camisón desde el cuello hasta la cintura. Después acariciaba con suavidad la tela y rozaba con las yemas de los dedos su cuerpo desnudo y la delicada ropa interior, alargando ese momento, conteniendo el deseo.
            Acercó la nariz al cabello, para inundarse del aroma de lavanda y romero, antes de posar los labios de una forma suave sobre la nuca, e ir recorriéndola hasta llegar  a los hombros que a estas alturas estaban llenos de impaciencia. Le quitó con mucho cuidado las horquillas que sujetaban el moño alto que siempre llevaba, dejando que como una espiral se desenroscara y como una cascada cayera sobre la espalda, mientras la intensidad de su amada subía al compás de la respiración, que le indicaba cuando quería zambullirse con él en el entresijo de las sabanas. Cuando terminaban de amarse, le gustaba mirarla, sin ropa, desnuda y descubrir que no había dejado parte de ese cuerpo de recorrer con sus manos, sus dedos  y sus labios. Ya no le parecía la señorita tan estirada y creída. Había que observarla en los momentos íntimos, los parpados cerrados, la boca entreabierta, la piel erizada moviéndose de una forma rítmica y acompasada solo para él.
            Pero de repente un estruendo lo despertó y pudo comprobar que todo había sido un sueño, y gritó al aire el nombre de…, mientras la corneta tocaba formación.

domingo, 16 de enero de 2011

Y quién es él

        Fíjate en ese hombre. Espera, no mires ahora, gírate hacia mí, sigamos charlando. Si mirase hacia aquí podría verme y tendría que saludarme. Ahora sí, ¿el del abrigo marrón, bajo y rollizo? No, que va, el otro, el del abrigo azul, el alto; ¡pero qué pálido y blanco está! Sí, el que está hablando con la camarera morena. Le pedirá su copa de siempre, ¿pero le está envolviendo algo? ¿Frutas escarchadas? ¡Qué curioso, a mí no me compraba fruta escarchada!
        Con la rutina de siempre. ¿Que qué me ocurre? Nada querida, espera, tengo que sonarme la nariz. ¿Se ha ido ya? Avísame cuando se haya ido.
        ¿Que está pagando? Dime, ¿cómo es su cartera? Fíjate bien. ¿Es de piel de cocodrilo marrón? ¿Sí? Me alegro.
        ¿Que por qué me alegro? Porque esa cartera se la regalé yo, cuando cumplió cuarenta años; de eso hace ya más de quince años. ¿Qué si lo quería? Es una pregunta difícil. Y sí, creo que lo quería, ¿todavía está ahí?
        ¡Por fin se ha marchado! Un momento, voy a empolvarme la nariz, ¿se nota que he llorado? Parece una tontería, pero los seres humanos qué tontos somos a veces. Aún me da un vuelco el corazón cuando lo veo.    
        ¿Que si puedo decirte quién era? Claro que sí, querida, no es ningún secreto. Ese hombre era mi marido.

David

David llevaba un rato protestando, se hacía pis. Raúl necesitaba estirar un poco las piernas, así que redujo, salió de la autopista y detuvo el automóvil dejando la boca del depósito, otra vez, en el lado opuesto al surtidor.

Ya había oscurecido y hacía frío, pero los amplios ventanales de la estación de servicio refulgían como si aquel punto del kilómetro cientoveintiocho, “Abierto 24 horas”, hubiera conjurado el invierno y su noche. Atravesaron entre un estante de revistas y otro de películas en DVD, y luego una sección de productos ecológicos. Sujetas por un cordel de cáñamo, las etiquetas testimoniaban el noble origen de la mercancía y las salutíferas esencias guardadas en aquellos frascos de cristal ahumado.

Un cuadrante advertía que el aseo había sido revisado doce veces en ese día; el operario lo había firmado por última vez sólo media hora antes. Perfumadas como un bosque de pinos e iluminadas como un estadio de fútbol, las instalaciones resplandecían seguras de pasar la inspección del más escrupuloso de sus usuarios. David se situó de puntillas en uno de los urinarios, apuntó a la pastilla desinfectante y cuando la atinó con su chorro liberó la fragancia de todo un lingote de chicle de fresa.

Ahora desahogados, repitieron el camino entre los productos ecológicos, las películas y las revistas, y tomaron, a la derecha, el pasillo de caja, una galería de aromas y colores que habría hecho palidecer el trabajo secular de un ejército de Umpa-Lumpas bajo el mando unísono de Willy Wonka y la bruja soñada por los hermanos Grimm.

Una máquina de café rugía. Un horno de bocadillos permanecía en funcionamiento sin nada en su interior, el cajero sonreía tras el mostrador uniformado como un asistente de vuelo.

- Hola. Gasoil. Lléneme el depósito, pidió Raúl.
- ¿Tiene tarjeta de puntos?
- No.
- Llévesela, es gratis.
- No, gracias, no me caben más tarjetas en la cartera.
- Los gormitis están de oferta- indicó Antonio Ruiz (así rezaba la credencial prendida en su chaqueta) posando la mano sobre una de las cestas del mostrador.
- Muchas gracias, sólo el gasoil.

Raúl guardó el recibo, en su dorso se invitaba a enviar un sms con el pretexto de conseguir dos años de combustible gratis. David curioseaba entretanto. Sus pupilas se llenaron de caramelos de menta, chicles de guaraná, dulces tiernos, chocolatinas crujientes y regaliz blando. Un poco mareado, y sin decir nada, cogió la mano de su padre y salieron de aquel santuario de celofán.

Ya fuera, Raúl dejó que David descolgara la manguera del surtidor, la embocara en el depósito y sirviera el gasoil.

martes, 11 de enero de 2011

El hombre del fondo del bar

Esta es la historia de aquel hombre que véis al fondo del bar. Llamémosle Andrés.
Andrés nunca se peleó en el colegio. Se sentaba apoyando su espalda en la tapia y miraba a los demás. A Andrés no le gustaba la playa, con toda esa arena tan pegajosa. Tampoco el campo, le parecía cansado e incómodo. Andrés salía alguna vez a tomar algo, algunos viernes, cuando su compañero de trabajo le daba la paliza. Andrés cree que alguna vez dijo "te quiero", aunque no recuerda la situación exacta en que pronunció "esas palabras".
En definitiva, Andrés está en el mundo, existe, pero su espíritu siempre estuvo en la barra de un bar, esperándolo para empezar a vivir.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La teoría de mis cuerdas

Creo que puedo sentir sus ondulaciones, si me tiendo y me concentro. Las del estómago son las que vibran con mayor intensidad. Se estiran, se tensan, se retuercen. Las noto dentro de mí, parte de mí. Las del corazón, rítmicamente. Las de los pies, apensa se mueven, los tengo helados.
Las imagino rojas, marrones, negras, no sé. Habrá más de una rota, con grietas, pero nunca atadas, nunca más seremos un punto en el espacio, nunca más cabremos en un cuadro de Seurat con nuestras nuevas seis dimensiones. Ahora somos guitarras, difíciles de tocar, eso sí, sogas que sacan agua de un pozo o en las que colgarse, cordones de zapatos, amarres de barcos. Nada más.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Women´s secret

Dos años antes de que las colecciones luzcan en los escaparates de ciudades de medio mundo, mis dedos ya han tanteado los tejidos destinados a cubrir –hasta donde se deseen cubrir- los arcanos de la geometría femenina. Como quien elige un vino de batalla o una añada exclusiva para la ocasión, así, decido entre algodones y poliamidas para el trajín diario y brocados vaporosos o mixturas shangtung para enaltecer curvaturas y avivar la sensualidad noctámbula.

De mi mesa de trabajo, un batiburrillo de muestrarios textiles, catálogos, guarniciones, paletas cromáticas, patrones y revistas de moda, emergen cada temporada creaciones en pos de sus simbiontes: una procesión de ninfas caucásicas, efigies nubias, sirenas bálticas, princesas otakus, tótems subsaharianos, catedrales góticas, nórdicas deidades, dulcineas, musas, lolitas y gracias rubensianas desfila por nuestras tiendas prestas a sublimarse en mis diseños.

Apenas me asomo por el laboratorio de materiales, pero hoy sí. Aquí investigamos fibras hipoalergénicas, inventamos cierres, experimentamos costuras y rellenos de silicona adaptativa. Aquí sometemos las prendas a pruebas de elasticidad y resistencia. Pero aquí, hoy, quien resiste soy yo. Un descuido tonto me tiene atrapada entre las mandíbulas de una máquina de corte industrial, como si un supervillano hubiera ideado una muerte lenta y brutal para mí, que tanta delicadeza he dado.

Esquivo una última dentellada antes de que un operario desconecte la máquina. Me auxilia. El horror se dibuja en sus ojos. Le aparto la vista y miro la sangre discurrir, encauzada por la bocamanga de mi blazer de rayón hasta la popelina sobre la que hace un momento ensayábamos nuevas tinturas. Y no era el rojo hemoglobina el que tenía previsto para la pieza, ni mucho menos.
Pero calla, ahoga tus lamentos en el estrépito del coche de ambulancia que se aproxima. Aprieta los dientes, piensa que te sostienen fornidos enfermeros de brazos jóvenes, sueña con el cónclave de elegantes cirujanos que se disputan la sutura de tu carne desnuda. Pero… ¿sigues despierta? Sigo despierta. Madre mía que disgusto. Reparo entonces en mi estúpida decisión matinal, un mal día para motines domésticos. Mal día para rebelarme a la salmódica niña ponte bragas limpias no sea que tengas un accidente. Qué disgusto, madre.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El señor Goodman

El amable señor Goodman siempre llegaba temprano al trabajo. Saludaba al panadero y recogía sus bollos, y se dirigía a la sastrería tarareando alguna canción. Y es que el señor Goodman disfrutaba profundamente con sus rituales matutinos. Abría las rejas y la puerta, y lo primero que hacía era colocar un hermoso felpudo rojo que le daba la bienvenida a todos los que cruzaban el umbral. Luego descorría las cortinas y ponía en orden el mostrador. Preparaba sus libretas y la máquina registradora para que todo estuviera listo. Y finalmente, sacaba del último cajón un tarro con alpiste para sus canarios, que estaban cantando desde que oían llegar a su dueño. Este momento era especialmente placentero para el señor Goodman. Limpiaba las jaulas, rellenaba los recipientes del agua y los comederos y les ponía en los barrotes unas hojas de lechuga, que traía envueltas primorosamente en un paquetito, para que pudieran picotearlas. Mientras tanto, les dedicaba amorosas palabras, les lanzaba besos y los acariciaba un poco. Cuando terminaba estas tareas, llegaba el momento de tomarse el desayuno, justo antes de que aparecieran los primeros clientes. Ese día, como todos los demás, el señor Goodman cogió sus bollos y se dirigió al cuarto trasero del establecimiento, donde tenía una cafetera y una mesita que aprovechaba para estos menesteres. Entró en la habitación y se dirigía a la mesa cuando vio el bulto en el suelo. El señor Jenkins yacía tendido a su izquierda, los ojos abiertos mirando hacia el techo con expresión de espanto y las enormes tijeras del sastre clavadas en el corazón.

-Ah, señor Jenkins, ¿sigue usted ahí?- exclamó alegre el señor Goodman, colocándose adecuadamente sus pequeñas gafas redondas mientras lo observaba. –Supongo que hoy tampoco conseguiré que me pague usted los pantalones, ¡qué se le va a hacer!

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Oveja 12

Uno
Un aire de nerviosismo sobrevolaba el rebaño, las ovejas estaban inquietas. El rumor parecía confirmarse, estaban siendo observadas. Al parecer se trataba de un chico, un tipo de unos 20 años que al día siguiente tenía un importante acontecimiento y no podía conciliar el sueño. Ciertamente algo debía estar ocurriendo, este repentino interés por saltar la valla en mitad de la noche no era normal.
Una a una iban saliendo ordenadamente con cuidado de no resbalar con el barro del corral. Ya casi le tocaba a la oveja número 12. Miró hacia abajo, las patas le temblaban, era su momento. Oveja 12 siempre había sido especial. Era consciente de la envidia que despertaba por su carácter de líder, pero eso a ella no le importaba. Estaba orgullosa de ser como era, de gozar del favor del amo.
Se colocó frente a la puerta abierta del cercado, era la siguiente en saltar. Una oveja ya mayor se encargaba de dar la señal de salida. Lo hacía sin ganas, con malos modales, como si no aceptase que a su edad todo lo que podía hacer eran trabajos sencillos, no podría saltar esa valla ni con una escalera.
- Preparado, listo, ¡adelante!
Oveja 12 respiró profundamente y salió a toda velocidad. El aire frío le entraba por las orejas, apretó los dientes. La valla estaba cada vez más cerca. Miró de reojo hacia su izquierda y un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¡Era cierto! Unos ojos la observaban, unos ojos grandes y brillantes en medio de la oscuridad.
Tomó impulso, ya estaba en el aire. Pensó en aquellos ojos, pensó en el amo, en su deseo desde corderillo por triunfar, por salir de la granja, por ser alguien. Aquellas décimas de segundo se le hicieron eternas. No podía desperdiciar esa oportunidad, tenía que actuar.
De repente, cuando se hallaba en lo más alto inclinó su rechoncho cuerpo hacia delante, formando un ovillo y sintió cómo giraba una vez y otra vez más sobre sí mismo. Finalmente estiró sus patas delanteras tensando su cuerpo y se zambulló en total verticalidad en un agua cristalina que nunca antes había visto en la pradera.
Salió del agua precipitadamente y observó cómo un improvisado jurado levantaba las tablillas con la puntuación.
- ¡Diez!
- ¡Diez!
- ¡Diez!
- ¡Diez!
- ¡Diez!
Era increíble, la ovación le hizo tambalearse, sentía que perdía el equilibrio. Todo había sucedido tan rápido. Y ahora estaba allí, subido en el número uno del podio con su medalla brillando en el pecho entre la lana aún mojada.
Decenas de focos, aparecidos de la nada, le cegaban. Casi no podía contener las lágrimas. Había tenido una oportunidad y la había aprovechado. El público estaba alocado. Los periodistas escribían rápidamente sus titulares. No se recordaba una ejecución tan perfecta desde la participación de Nadia Comaneci en Montreal. Esta victoria daría la vuelta al mundo.
A su derecha, el número dos alzaba desafiante el puño. Se trataba de la oveja negra del rebaño, una oveja discreta y callada, nadie habría adivinado que pudiera estar entre los ganadores. Sin embargo, Oveja 12 no comprendía a qué venía ese gesto desafiante. Tal vez estuviese intentando robarle el protagonismo, pero no lo conseguiría, esa era su noche, ella era el número uno.
Dos
Oveja 12 siempre recordaba aquel día como el más feliz. De hecho desde entonces su vida había cambiado por completo. Al poco tiempo se despidió de sus compañeras, entregó unos lujosos regalos a su amo y algo emocionada dejó el campo. Una mañana fría de noviembre desde el gran barco en el que viajaba pudo ver a lo lejos como entre la niebla se recortaba la silueta de la Gran Manzana. Había llegado a Nueva York. Tomó alojamiento en un costoso apartamento de un rascacielos desde donde contemplaba toda la ciudad.
Su día a día transcurría entre entrenamientos, entrevistas y fiestas junto a lo más selecto de la sociedad. A veces regresaba a casa acompañado, y disfrutaba de su juventud junto a alguna desenfadada muchacha. Él sabía cómo atraer su atención. Les hablaba de su triunfo aquella noche a miles de kilómetros de allí, de lo estresante que resultaba ser un personaje tan conocido, de todo el dinero que había ganado en la metrópolis, etc. Sin embargo aquellas citas no duraban más de dos o tres encuentros. El carácter de Oveja Doce ya no era el mismo y ahora sus cambios de humor eran constantes. Cuando profundizaba en alguna relación enseguida veía algún rasgo que se le antojaba vulgar o, en todo caso, inferior a su categoría y estatus. No le ocurría solo con las mujeres, también sus compañeros de profesión preferían mantener cierta distancia al relacionarse con Oveja 12 en cuanto se sentían ridiculizados o menospreciados por él.
De esa manera su círculo se fue reduciendo a unos pocos magnates de los negocios o amantes de las veladas nocturnas en alguna mansión de las afueras.
Los años y la vida descuidada le habían hecho alejarse poco a poco de las competiciones. A penas recibía invitaciones a participar en campeonatos menores o exhibiciones más espectaculares que deportivas. Por eso, cuando regresaba de alguna de ellas a su solitario apartamento se dirigía al mueble bar, sin tan siquiera quitarse el abrigo, donde nunca faltaba su güisqui favorito. A veces las botellas vacías se amontonaban en el armario. La criada tenía estrictas instrucciones de no acercarse a aquel mueble. Se suponía que una figura del deporte como él no podía tomar ni un trago. Pero no le importaba. Él había sido el número uno, y siempre lo sería.
Con el tiempo se percató de que ya nunca salía de casa, es más apenas se movía de su cuarto de estar, donde se sentaba en su sillón de cuero marrón y observaba la muchedumbre como hormiguitas que entraban y salían de los comercios y teatros de su céntrico barrio. Veía las calles iluminadas, ya debía de ser Navidad otra vez, y se quedaba dormido sin moverse ni para ir a la cama.
Así, medio en sueños, recordaba el cielo de su juventud, al verdor de los campos donde creció. Recordaba el rostro de aquella ovejita con la que pastaba de niño, las carreras que echaba junto a ella y se preguntaba qué habría sido de su vida si aún siguiese allí, en su pradera. Se habría casado con su ovejita, habrían tenido muchos corderillos a los que poder enseñar a distinguir las hierbas buenas de las indigestas. Habría vuelto a sentir el agradable olor a lana mojada cuando una tormenta le sorprendiera lejos de casa.
En esas noches de invierno maldecía su espíritu de ganador y lamentaba no haber saltado la valla como una oveja más, mirando al frente y con el único objetivo de volver cuanto antes junto a sus compañeras.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Encuentros

Aún le quedaban algunas horas sentado en aquel taburete. Miraba la pantalla, esta vez leía sobre Almodovar, ¡Qué grande! No sabía que había tenido un grupo. Ya veré en casa algún video.
Dos chicas le pidieron la llave de su habitación.
- ¿De dónde son ustedes?

- De España.
De un salto dejó el ordenador y se acercó. Les preguntó por su cine, por Madrid, por sus noches, por su música.
- Yo soy cantante, ¿saben? Bueno, soy amateur, pero toco la guitarra... en algún bar. - dijo con los ojos brillantes. Y sin presentación alguna comenzó a cantar "Un año de amor" con una voz aguda y cálida a la vez. Cantaba lento, recreándose en su pasión, queriéndose en ese papel. Se notaba en su expresión que no era uno más. Tan joven, tan guapo, clavadito a Chris Colfer.

Las chicas aplaudieron entusiasmadas. La recepción estaba vacía, pero era seguro que su voz había llegado a más de un turista que descansara después de un ajetreado día cámara en mano.


Se dieron un abrazo. Ellas se fueron a dormir, él volvió a su ordenador y su cabeza voló a aquel mundo de luces y risas que le esperaba algún día tras el mostrador.

martes, 9 de noviembre de 2010

Dédalo presente.

Proceloso extravío de la conciencia, abandonarse sin remedio ni hilo de seda,
reniega la senda de paso fácil y comparte tu sangre con la acacia, la zarza y el rosal.
Palabras e imágenes que rondan su cabeza contrastando con el frío asfalto sobre el que camina.
Otro día de trabajo en la gris oficina del piso siete.
No termina de despertar hasta que siente el tacto helado del cristal de la puerta giratoria,
con algo de suerte bastará con lánguidos ademanes en forma de saludo hasta recluirse en la soledad de su pequeño cubículo enmoquetado.
El ascensor lo eleva y ya está dentro, cuelga la gabardina en el quicio de la puerta y enciende el primer cigarro del día.
El olor a tabaco y la humedad le asquea, pero alivia la presión en el pecho, la ansiedad que hace tanto que se instaló en su centro.
Teclear, sacar verdades a los números, repetir, revisar, claudicar, resignarse...
Otra vez la mirada se pierde a través del cristal, está amaneciendo.
Y esa presión en el pecho, un café, otro cigarro...ya no se, me pierdo.
Háblame de mi tormento, mira, ¿lo ves?, está amaneciendo.
Que locura de vida, laberinto de rutinas, sin Ariadna estás vendido,
perdido sin remedio, no hay amor ni eres Teseo, pobre miserable
en un rincón te acabarás pudriendo, y tus despojos serán el alimento de cientos de congéneres hambrientos.
El café esta frío y amargo y me apesta el aliento.
¿Que hago?¿Qué hago? ya no puedo seguir fingiendo...

Ahí lo vemos, con la cabeza gacha parapetado en su rutinario tecleo.
Un hombre cualquiera que sufre como Prometeo, castigo de titanes a hombros de personas normales.
Colosos de antaño caminan por tu ciudad, mascando la ira y perdidos en una espiral.
Viven y soportan el peso con mansedad, sin saber que el único atisbo de felicidad reside en que no les pertenece la inmortalidad.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Boletus

En el plato de él apenas quedaba un rastro de aliño de huevas. En el plato de ella, unas setas salteadas, intactas, habían dejado de humear.
Él se afanaba rebañando un resto de aceite con el último pedazo de un bollo de pan. Ella se esforzaba en explicar algo de lo que -a juzgar por los impetuosos ademanes de cabeza- él debía estar ya convencido. La tercera vez que lanzó el tenedor contra su plato, le sujetó la muñeca clavándole los ojos.
- Parece que lo que te estoy diciendo te importa muy poco.
- ¿Qué dices, cariño? Eres lo que más me importa en esta vida. Tú y los niños, lo sabes-, dijo en un tono afectadamente lastimero.
- Ya no voy a pedirte más que lo demuestres. Quiero que nos separemos, y los niños vendrán conmigo-. Cogió su bolso y se marchó del restaurante ahogando la rabia, y haciendo inútiles todos los gestos con los que él trataba de mostrarse atribulado.
Esperó dos minutos, fuera a ser que ella regresara. Intercambió los platos, terminó las setas, pidió la cuenta e hizo una llamada de trabajo que se prolongó después de firmar el recibo del pago con tarjeta.

La actitud miserable de aquel tipo merecía toda mi atención (podía servirme para un relato…). Regresé a mi propia conversación cuando al fin se alejó hablando por el móvil.
- ¿Qué decías, cariño?
Pero no encontré respuesta en aquel plato de setas salteadas, intactas, que habían dejado de humear.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Antela

Las campanas de la ciudad sumergida en la laguna de Antela repican cada dos de Noviembre con sonido apagado por varios metros de agua turbia.
Los muertos se niegan a abandonar sus hogares y mantienen su rutina espectral en compañía del limo y de sapos bufadores.
Mariano Martiñá solía jugar con las raposas en la vega de Sandianes, ahora sube con esperanza las columnas más altas de Antioquía para captar los escasos rayos de sol que a medio día consiguen atravesar la barrera de agua y barro que hay sobre su cabeza.
Aurora Pernía tocaba el arpa con gran destreza y facilidad, competía en armonía con el tordo y el ruiseñor. Ahora su cuerpo es ingrávido y el arpa mohosa corta su sustancia etérea como si de humo obsesionado con la forma se tratase.
Aurora se ahoga en llanto y entona con nostalgia sus canciones, susurrando a caracolas abandonadas y a grises peces indiferentes.
Cuanto dolor anegado por la codicia guarda la laguna, los difuntos de Antela ya estaban fríos antes de la inundación, una cruz en sus frentes y esperando su oración.

domingo, 17 de octubre de 2010

Aparición

Tras el almuerzo y las copas cojo el autobús para ir al centro. Con mirada soñolienta observo las escenas sucederse, imágenes que parecen formar parte de un gran teatro navideño. Los personajes se mueven con rapidez, las luces de colores adornan cada escenario y la alegría aparente lo impregna todo.

Te imagino –nos imagino-, en uno de esos escenarios. Recuerdo cómo te conocí en el momento más inapropiado, tras un velo de alcohol como el que me nubla hoy. Recuerdo cómo te empeñaste en reaparecer en mi vida hasta que no pude entenderla sin tus embestidas por sorpresa, sin nuestras conversaciones interminables, sin tus arranques de ternura. Y luego te desvaneciste, y el mundo se tornó enorme y complicado, y yo me volví minúsculo. Después olvidé, pero hoy te empeñas obstinada en regresar a mis pensamientos. Solo a mis pensamientos. ¿Por qué no regresas por una vez entera, toda tú?

¡Basta de devaneos! Hay que bajarse y emprender la ardua tarea de paje del rey, será más fácil adormecido por la anestesia navideña. Alguien pronuncia mi nombre, ¿me llaman? No, debe de ser a otro. No a mí. Pero esa voz dulce y grave a la vez, esa voz de vino y melocotón la conozco. ¿De dónde sales? ¿Es posible que existan los milagros después de todo? Pero no debí desear. Me coges las manos, me tocas y me colocas al borde del precipicio. Soy una figurita balanceándose hacia delante y hacia atrás, con tanta fuerza me colocaste… Ahora tu dedo se aproxima y tiemblo, ¿qué harás con la figurita, aparecida?

sábado, 16 de octubre de 2010

La Amortajada

A pesar de la quietud y del frio gélido, nadie, excepto él, se había dado cuenta que Ana ya se había ido. Las conversaciones en torno a ella continuaban entre susurros más por costumbre que por congoja. En su lecho, Ana inmóvil, trataba de alcanzar los retazos de aquellos silenciosos diálogos. Quería seguir oyéndose nombrada por otros, quería seguir paseándose alegre en medio de su vida. Sin embargo, cada vez las voces se oían más lejanas. “No me quiero ir”, repetía inquieta sin poder mover los labios, “aún no”, volvía a gritar, pero su cuarto seguía sombrío y quieto acompasado sólo por los balbuceos indiferentes de los allí estaban.

De pronto, estremeciendo sus pálidas facciones, él entró en la habitación. Su rostro anunciaba la certeza de una ausencia irrevocable y desoladora. Los dolientes tomaron de súbito conciencia de la razón de su presencia ahí y se pronuncio un silencio interrumpido sólo por los cuidados pasos de él sobre la madera crujiente. Tembloroso se acercó al lecho y posó sus ojos anonadados sobre los de ella. Ana sintió de pronto que volvía a la vida, que sus mejillas se tornaban nuevamente rosadas, y que su aliento volvía a hacerse vapor en medio del frio. Inquieta, alargó su pequeña mano para hundirla y enredarla una vez más en las de él, él sin embargo, somnoliento y agotado, permanecía inmóvil y ajeno a sus esfuerzos.
Ya exhausto, y con la certeza de lo inevitable, tomó una bocanada de aire, y con temblorosa ternura fue cerrando uno a uno los fatigados párpados de Ana. Entre sollozos le susurraba que estuviera serena, que todo aquello era un mal sueño, que no temiera, que volvería con cada primavera a enredar sus manos en las de él y a decirle al oído ¿sabías que eres el amor de mi vida?

jueves, 30 de septiembre de 2010

(Esto no es un relato)

Anoche soñé con La Amortajada. Era una loca que iba por las calles en penumbra con su largo pelo negro y sus vaporosos ropajes al viento. Su cara estaba pálida y sus ojos alucinados mostraban una sombra azul alrededor. Podías verla ir y venir gritando en cada casa su nombre, siempre provocando escalofríos en quien la escuchara.

En una de esas casas, un grupo de amigos estaba reunido cuando llegó el grito de La Amortajada. En un televisor que había en la habitación aparecía ella en ese momento, pero en este caso no decía nada, se limitaba a introducir su mano en el pecho de los hombres que encontraba a su paso hasta atravesarles el corazón.

En un rincón, un recipiente lleno de brillantes, aunque pétreas, torrijas permanecía olvidado en total soledad.

jueves, 23 de septiembre de 2010

1ª Exposición Relatándonos. Picalagarto 22/09/10

Hace casi un año que este mundo nuestro cuenta con más y más pequeñas historias, algunas reales, otras fantásticas, cómicas o dramáticas (la mayoría). La pregunta es ¿realmente necesita el mundo más historias de amor, más descripciones cotidianas, más metáforas? Yo personalmente quiero creer que no está todo dicho ya, que queda mucho por experimentar al escribir o leer palabras nuevas. Que aparecerán nuevos paisajes, nuevos sentimientos nunca antes vividos por nadie, que vendrán grandes libros, los mejores, aún por escribir.
Y en Relatándonos tenemos los nuestros, hemos creado algo bonito, un contexto en el que enmarcarnos, unos ojos que prestan atención a lo que tenemos que decir, y hemos creado otra obra que trasciende el papel que es la nuestra como grupo, como amigos. Son muchos los buenos momentos que hemos pasado juntos. Hemos compartido cervezas (muchas) allá por Chile, hemos andado por el campo, atravesado valles (por lo menos uno) y abrazado árboles. Hemos pasado estupendos días de playa jugando al disco, a las palas, algunos quitándose el bañador o haciéndonos fotos a cual más ridícula. Hemos hecho un club de lectura, nuestro profe ha publicado un libro, etc. Por otra parte también ha habido malos momentos, unos más livianos como el misterioso caso de la mochila desaparecida y otros más graves como los vividos por alguno de los nuestros recientemente. Y lo que es más importante de todo, aún quedan planes, cosas por hacer, ganas de compartir más momentos: hacer una asociación, jugar al pádel, una barbacoa en el campo de Catherine, pasar unas noches en el desierto... y todo lo que se nos ocurra.
Todo esto se podría resumir en las sabias palabras del gran Julio Iglesias cuando dijo eso de: "Siempre hay por qué reir y por qué llorar. Al final las obras quedan, las gentes se van, otros que llegan las continuarán. La vida sigue igual."

La decisión de Bruno

La decisión de Bruno

El padre de Bruno quería que él tuviera los ojos de su madre, ella en cambio quería que tuviera el pelo rizado y una sonrisa honesta y sanadora. Pero Bruno y el destino tenían otros planes, el no tuvo los ojos de su madre ni el pelo ensortijado, le asustó la vida, los ruidos ensordecedores y los miedos comunes, y decidió no nacer, se quedo enjuto y quieto pidiéndole a su madre que le ayudara a volar al país de nunca jamás, desde ahí mira con los ojos de su madre y juega con una sonrisa que llena el aire de pompas de jabón.

La pérdida

La pérdida

Eva soñó que desde su vientre brotaba un gran árbol de ramas firmes y frutos rojos, y de su ombligo un arroyo de aguas mansas y peces de colores. Soñaba que durante el otoño se sentaba bajo el gran árbol y leía cuentos a los niños mientras las hojas caían suavemente sobre sus pies blancos y fríos.
Al amanecer, mientras una suave lluvia tocaba su ventana, Eva despertó con el olor a desinfección incrustándosele como una aguja sobre la piel. Su cuerpo entumecido yacía aún sobre la camilla con el vientre deshabitado, el corazón abatido y la mirada anhelante de otros sueños.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Una historia real

Las primeras horas que pasé en mi nueva vivienda las empleé en limpiar. Era un sábado de finales de julio y fui a llevar algunos paquetes y a acondicionarla un poco. Me gustaba mucho ese piso. Era bastante nuevo, estaba decorado en tonos cálidos y no parecía esconder nada desagradable. Atrás dejaba otro mucho más antiguo, con vecinos ruidosos y paredes de papel y una familia de cucarachas que se empeñaba en vivir conmigo sin contribuir al alquiler.

Detuve un momento mi tarea y empecé a caminar por la casa reconociendo cada uno de los detalles. Al llegar al dormitorio, me senté en la cama para volver a comprobar lo confortable que era. Acto seguido, sin ningún motivo salvo la curiosidad, me incliné y me asomé por debajo. ¿Pero, qué es eso?- exclamé aunque nadie pudiera contestarme. Ante mis ojos apareció un cubo azul con unas extrañas tiras anchas saliendo de su interior. Con gran aprensión, lo saqué de debajo de la cama y lo examiné. Albergaba lo que me pareció un gigantesco tubérculo con una especie de desniveles a lo largo de su superficie. Lo que sobresalía del recipiente eran las hojas del fruto, también enormes y de color amarillo pálido. Intenté sacarlo tirando de sus hojas, pero pesaba tanto que me quedé con ellas colgando en la mano sin conseguir mi objetivo. Así que me vi obligada a cogerlo directamente y entonces descubrí que unas horribles y larguísimas raíces le habían salido por el extremo. Chillando y corriendo todo lo que podía, llevé aquella cosa hasta la basura y conseguí deshacerme de ella. El cubo en cambio lo limpié y lo guardé, porque estando de alquiler, cualquier utensilio susceptible de servir en el futuro viene bien.

Estuve unos días preguntándome por qué habría dejado el antiguo inquilino, un joven aparejador creo, algo tan extraño debajo de la cama, cuando no había quedado absolutamente nada más suyo en la casa. Al final llegué a la conclusión de que se lo habían dado en su pueblo y, sin saber dónde guardarlo, y teniendo en cuenta las cosas tan raras que hacen los hombres, lo había escondido en el cuarto y había olvidado que estaba allí. Debía de ser alguna patata especial o vete tú a saber. Me quedé muy satisfecha con mi reflexión y cerré el caso.

Unos días después, vinieron mi madre y mi tía Amalia para ayudarme un poco con la mudanza. Cuando ellas se fueron, yo ya me sentía plenamente instalada en mi nuevo hogar. Su corta estancia había conferido a esas paredes, hasta entonces ajenas a mí, un débil pero decidido matiz de familiaridad. Así que el primer día que me encontré sola en casa me sentía rebosante de buenas vibraciones.

Había trabajado por la mañana y me había echado a descansar un rato después de comer. Tras el reposo, me disponía a arreglar algunas cosas, pues todavía quedaba que hacer ahora que ya no había nadie más en el piso. Me dispuse a barrer mi dormitorio y ¡oh, Dios mío!, ¿qué demonios era eso? Otra vez debajo de la cama, hacia el centro, había algo. Me metí debajo para verlo de cerca, porque no podía imaginar qué podía ser, pero cuando lo tuve delante de mis ojos todavía me quedé más asombrada. Era una especie de cebolla con una forma muy rara, alargada y estrecha, y estaba atada con un cordón de zapatilla de deporte a las tablas del somier. De modo que quedaba colgando y se balanceaba, como una verdadera cebolla ahorcada.

Me senté en el borde de la cama. Pero ¿dónde me había metido?, ¿qué clase de gente había vivido allí para tener el dormitorio lleno de cadáveres vegetales? ¿Y si todo esto respondía a algo en lo que no había pensado hasta ahora?, algo que ni había osado contemplar como posibilidad y que ahora me producía escalofríos. Allí sola en la quietud de la tarde de verano, con la atmósfera rojiza por el efecto de la luz al pasar por las cortinas, vinieron a mi mente palabras como vudú, brujería, sortilegios… Ya no estaba en mi nuevo y acogedor hogar, estaba en una casa desconocida, llena de misterios indescifrables que me amenazaban. Y lo pero es que no sabía cómo hacerles frente.

Al día siguiente, al comienzo de la jornada laboral, me encontraba un momento sola frente al ordenador y obviamente pensando en los recientes acontecimientos. Entonces tuve una idea, ¿por qué no buscar información en Internet?, ¿no se supone que está todo allí? Quizá encontrara algún ritual purificador contra bulbos malignos. Dicho y hecho, abrí el Google y comencé a escribir “cebolla debajo…”, pero cuál fue mi sorpresa al ver que el buscador ya sabía el resto de la frase, “…debajo de la cama”. Abrí el primer resultado con el corazón latiéndome agitadamente. Se trataba de un blog y alguien escribía “si pones una cebolla albarrana…”. En este punto, al ver que “cebolla albarrana” tenía un enlace, lo pinché y me llevó a una foto de la cebolla en cuestión. Era como la primera que descubrí, más lozana esta, con las hojas verdes en vez de amarillas pero igual de enorme y con la piel escalonada. Volví al texto comprendiendo que estaba a punto de desentrañar el misterio y seguí leyendo “si pones una cebolla albarrana debajo de la cama, a la altura de la pelvis, en tres días se desactivan las almorranas”.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Cierra los ojos

Hoy voy a llamarme Vladimir o voy a vestir túnicas de colores. Hoy me presento en tu casa con un ramo de flores rojas, pero cuando voy a llamar veo por el cristal luces inesperadas y cegadoras, ¿o acaso es mi propio reflejo? No lo entiendo, me doy la vuelta, pido un aplazamiento, una vez más, aún sabiendo que vendrá con recargo. Prefiero seguir soñando, soñar que sueño junto a la mezquita, que toco mi flauta, que una serpiente asciende ondulante. Me mira y sin dejar de bailar me dice “despierta de una vez”. Yo la beso y sonríe. Salgo corriendo, me tiendo en la arena caliente, pero aparecen las nubes, empieza a llover, miro al horizonte y sale un arcoíris en escala de grises. Es hermoso. Cierro los ojos, la azafata me trae una manta, aún queda mucho viaje, nada podría ir mejor.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Xoanón

Aquella tarde fría Xoanón recordaba esa otra, unos meses atrás, en que se desplomó inconsciente minutos antes del descanso del partido. Después, un hormigueo en los dedos de los pies, el dolor articular, el entumecimiento paulatino y el adiós a las carreras por la banda, a las fintas de fantasía y a la promesa de que pronto entrenaría con los del primer equipo.


Pensaba en ello, resignado, mientras ponía su nueva silla de ruedas rumbo al roscón de Reyes que la abuela le había servido en un plato. Al tercer intento logró trabar el pastel con el tenedor y cortar un pedazo que se llevó a la boca con torpeza. El pequeño objeto que asomaba entre la nata sobresaliente captó la atención de todos.


“¡La habichuela!”, gritó alborozada la abuela, presa de una risa que casi parecía un estertor. “¡Pide un deseo!”, le apremió su hermana.“…Te toca pagar, chaval”, pensó Xoanón para sí.


Una vez en la cama, se ayudó con los dedos de la mano derecha para plegar los de la izquierda en torno a la habichuela, apretándola todo lo fuerte de que era capaz. Cerró los ojos y tras concentrarse mucho, se atrevió a pronunciar su deseo.


“Quiero - volver - a jugar - al fútbol”.


§


Aún no se ha acostumbrado a su nueva posición en el campo, a su nueve en la camiseta, y ya es el goleador del equipo. Ha perfeccionado su golpeo de balón: un impacto seco y duro al que imprime un efecto diabólico, que hace inútil la reacción del portero rival. Ha cambiado sus carreras -tan profundas antes- por rápidos desplazamientos laterales o amagos en busca de un hueco entre los defensores contrarios.


Juega, pese a la rigidez de su cuello, pese a la esclerosis de la cadera y a la anquilosis de rodillas y tobillos: Su cuerpo es hierático como el de una escultura de la Grecia arcaica.


Xoanón cumple su deseo casi cada día. Es uno de los veintidós jugadores distribuidos en las ocho barras de una añeja y venerada mesa de futbolín.

lunes, 6 de septiembre de 2010

la dispareja

Ana y Juan llevan 10 años juntos. Ana se eleva con facilidad sobre las preocupaciones, construye mundos mientras apenas roza el suelo, le cuesta orientarse en el día y se esparce y vuela con premura por las noches. Juan clasifica y ordena con meticulosa pulcritud su vida y sus estantes. Elabora listas de obligaciones, quehaceres y placeres. Solo ansía y sueña aquello que ha sido comprobado. Ana ríe y llora a borbotones, es una pileta de emociones encontradas y abiertas. Huele y siente más de lo que ve y escucha. A Juan le cuesta la sonrisa, es taciturno. Por la noches, mientras Ana insomne sueña con los ojos abiertos y cerrados, Juan saca cuentas, elabora listas, resuelve formulas y planifica tareas.
Ambos habitan un pequeño mundo itinerante alejado de los torbellinos nocivos de los malos deseos y abierto de par en par a susurros venturosos y risas desatadas. Su casa esta poblada de ventanas grandes y blancas, por unas entran amigos cargados de risas, relatos y amores, por otras entran olores y sabores antiguos. Por las más grandes van saliendo los temores, los odios y los malos presagios.
Por las tardes, Ana y Juan se sientan en el portal de su hogar. Mientras Ana habla y reconstruye los sueños propios y mutuos, Juan la abraza, sonríe y se deja llevar sin planificación alguna por ese mar de buenos deseos y anhelos.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Abogado del diablo

Habían transcurrido casi dos años y como no podía haber sido de otra manera, Pemberley, aquel lugar tan imponente y maravilloso se había vuelto insufrible para Darcy

- Hola, hola, ya estamos aquí de nuevo – le saludó casi sin mirarle su querida suegra- Uff qué viaje más agotador, me parece que pronto tendremos que mudarnos más cerca porque unas señoras como nosotras no podemos estar todo el día de aquí para allá. Y esta niña… pero Mary deja ya de mirar ese libro y ayúdame con este vestido. Ay Dios mío cuándo encontraré un marido para ti. Fíjate en tu hermana, gracias a mis consejos, qué buenas posesiones tiene…

Darcy se dio medio vuelta, justo cuando aparecía Lizzy quien vio la cara de resignación de su marido. A pesar de sus esfuerzos por mantener lejos a su madre y hermanas, a excepción lógicamente de Jane, siempre se presentaban en el peor momento, y últimamente Darcy no estaba de humor…

- Hola, hijita. ¿Qué…?¿Has pensado lo de la fiesta que te comentaba en la carta que te envié?¿que todavía no la has recibido? Pero si la envié justo antes de salir..bueno, bueno, no importa. Tienes que pensar en tu hermana Mary. Pobrecita, ella no es tan guapa ni lista como vosotras. Tienes que pensar en ella. ¿Me lo prometes?

A Lizzy no le quedó más remedio que decirle que sí, aunque sabía cuál era la opinión de su marido, teniendo en cuenta que desde su boda se habían celebrado ya cuatro fiestas con la misma excusa. Para Darcy, Pemberley era su retiro, el lugar donde olvidarse de la gran ciudad y las gentes fatuas sin más aspiración que el chismorreo y la injuria.

Para colmo el Sr. Benet se encontraba delicado de salud y Lizzy cada vez iba con más frecuencia a visitarle. Al poco de haber marchado su famila, recibió una nota indicándole que su padre había empeorado.

- Voy a ver a mi padre. Está peor. ¿Vendrás esta vez?- le dijo a Darcy aquella noche.

- Pues si tan mal estaba no sé como su familia se marcha y le deja allí solo.

- Ese no es el tema y lo sabes. Desde que nos casamos tan sólo has ido una vez por Navidad y…

- Y es más que suficiente, teniendo en cuenta que ya ellos lo compensan con sus visitas

- Sabes que no es lo mismo.

- Evidentemente que no es lo mismo, y no estoy dispuesto a volver a ver a tu madre cuando no hace ni tres días que se marcharon de aquí.

- Yo no te digo nada cuando vienen tus amigos a cazar o te pasas varios días fuera

- ¿Que no dices nada…?

Últimamente se repetían con más frecuencia de lo habitual diálogos como éste y siempre terminaban igual, con Darcy marchándose. La verdad es que el carácter tan directo e independiente de Lizzy que le cautivó casi desde el primer instante, se le iba volviendo cada vez más insufrible, habiéndole dejado ya varias veces en evidencia ante sus conocidos. Darcy comenzaba a arrepentirse de su impetuosidad…