viernes, 13 de agosto de 2010

Comadres

-Buenos días Anastasia.

-Buenos días. ¿Qué, cómo estamos hoy?

-Ay hija, como siempre. Tardo menos en contarte lo que no me duele.

-A mí ahora me han sacado que tengo la urea alta, y ni siquiera sé lo que es.

-Ah, sí… Eso lo tenía Tere. Le había dado por comer tomates.

-¡Pero si yo no como tomates nunca! Solo cuando me hago ensaladas por la noche y cuando cocino pisto o carne con tomate. Bueno, y ahora en verano el gazpachito y el salmorejo. Pero vamos, que aparte de eso, nada de nada.

-Miento, no era de los tomates, creo que era por no tomar agua. Sí mujer, fue lo que le pasó a tu vecina Paula, y además si tomas mucho gazpacho empeoras.

-Ah, pues eso puede que sí, porque ahora es lo único que bebo. ¿Pero lo que le sacaron a la Paula no era acetona?

-¿Acetona?, ¿eso no es lo de las uñas?

-Sí, sí, y también del riñón.

-Pues no sé… Bueno, y ¿cómo está tu hijo?

-¿Qué hijo?

-El que vive en Alicante.

-Pero si yo no tengo ningún hijo en Alicante, yo solo tengo dos hijas.

-Ah, ¿y viven aquí?

-Una sí, la otra está en Albacete.

-Pues eso, ¿y cómo está?

-Bien, bien, a la pobre ahora le han sacado que tiene acetona.

-Tan joven… ¿y eso de qué?

-No lo tenemos claro, pero parece que es de comer tomates. Oye, ¿tú tenías hijos verdad?

-Sí, un chico, pero vive en Alicante.

-Es verdad, es que una ya tiene la cabeza…

-Uy, ¡a mí qué me vas a contar! Bueno, hasta otro rato. ¿O vas a la carne?

-No, voy al Guillermo, que se me han olvidado los tomates.

-Bueno, pues hasta luego Paquita.

-Anastasia.

-Eso, eso. ¡A seguir bien!

Pensamiento en noche de verano.

A Amanda le gusta entregarse al sol,
recrearse en su lánguido caminar
pisa descalza la húmeda roca,
despacito y atenta para no resbalar.
El sol, el algua y la sal
se disputan los pliegues perfectos
donde poderse mezclar
con el licor amargo que su piel destila
en la rutina animal.
Amanda desnuda, es su estado natural.
Y disfruto en mi lento despertar,
al ver su silueta dorada a lo lejos, difusa,
fundirse con el mar.

Usuario 25227726

Vengo cada día a esta biblioteca pública, leo la prensa y recorro sus anaqueles. Conozco cuántas ediciones de Rayuela sostienen, y que la que más veces falta de su sitio es la de Alfaguara. Se que Julio Verne lleva años acumulando polvo, que Stevenson se lee más en verano, y los ejemplares que se descatalogaron tras el último inventario de hace justo cinco meses. Vengo cada día, menos los miércoles, y algunos sábados, pero para las bibliotecarias soy el perfecto desconocido. Ni siquiera todas corresponden mi buenos días de cada mañana desde hace nueve años. Se limitan a recordarme litúrgicamente que recoja el resguardo de devolución. Y odio que lo hagan.

Sin embargo, ese tipo...

Otra vez ha vuelto a sacar libros sin presentar el carnet con la excusa de que viene del gimnasio. Ese tipo me enerva. Las conoce a todas y todas les saludan amistosamente y entre bromas, Cristina, Mamen, Catherine, Eloisa... Con sus canas se da un aire a Richard Gere pero tiene la hechura del Fary. Y las bibliotecarias incumplen el reglamento. IMPRESCINDIBLE PRESENTAR EL CARNET DE LECTOR PARA EL PRÉSTAMO BIBLIOTECARIO. Pero el cretino les lleva bombones en navidad. Es su salvoconducto para hacerlas prevaricar.

Hoy he vuelto, como cada día, a la Biblioteca. Llevo unos libros para devolver antes del día catorce, viernes, porque yo nunca prorrogo un préstamo, y tengo que sacar otros porque en la cárcel me voy a aburrir bastante. Porque esta semana sí voy a matarle. ¿Funcionará el préstamo interbibliotecario en la cárcel?. Lo haré entre los estantes de poesía –suelo tropezármelo allí- cuando ande hojeando algo con su pose de erudito. En la cárcel no habrá bibliotecarias que me ignoren. ¿Qué mayor satisfacción para un lector pertinaz que diñar entre sus libros?. Le pediré que me lo agradezca mientras agoniza... ja. Debo ser preciso, y no darle tiempo a reaccionar. Serán funcionarios de prisiones y sabrán de mi presencia porque no me quitarán ojo... Un corte limpio, sin ensañamiento, por Dios. Aunque me inquieta qué volúmenes estropeará con su sangre. Debo detenerme a averiguarlo antes de que se me lleven para poder reponerlos algún día. ¿El Afilador de cuchillos de Argullol? jajaja, ¿alguno de José Hierro?, jaja sería un sarc....

-....Señor, no olvide el resguardo de devolución.

The power of love

Cerró los ojos. Intentó poner la mente en blanco respirando lentamente.
"El amor mueve montañas" pensó.
Cuando abrió los ojos su enorme marido seguía roncando en el sofá.

jueves, 29 de julio de 2010

La vida sigue igual

Pixel, mi compañero de trabajo, recostó su cuerpo sobre su mesa alargándome una tarjeta:
- Toma María Giga, esta mañana en los cereales me ha salido un viaje al 3.518, ¿lo quieres? A mí no me quedan días libres.
- ¡Vaya, muchas gracias! Pero este año creo que pasaré las vacaciones aquí, está tan caro el futuro. Además tenemos que ahorrar. Estamos pensando en comprar un teletransportador nuevo. El viejo falla mucho, la última vez que lo cogimos para ir a la playa aparecimos tirados en un campo en medio de Albacete, un horror.
- Pues es una pena chica, creo que en ese siglo la producción de toallas es de muy buena calidad, te pensaba encargar una de baño y otra de lavabo.
- Bueno, otra vez será.

miércoles, 21 de julio de 2010

VOLAR

Un avión siempre me lleva a otro mundo, no real sino interior. Un viaje en el cielo despierta viejos recuerdos: de infancia, cuando veía las nubes algodón de crema batida en la que se podía nadar o correr encima; de juventud, cuando escapando conocía algo de mí y hacía que los demás se preocuparan; de adulta, refrescando la mente con nuevo aire después de días, meses y años de peligrosa, insidiosa y corroente rutina.
El cielo siempre ha sido un refugio; sólo con mirarlo el hombre se siente aliviado. Con los pies en el barro siempre quedan las estrellas a las que sonreir. Y en el cielo el alma se espande, los miedos se van y los sueños regresan, volando.

domingo, 18 de julio de 2010

Relatos

PUERTAS
Cerró con fuerza la puerta al salir de casa y asustó a  unos pájaros que escaparon hacia el cielo. Deseaba lluvia y de nuevo el sol brillaba.
“Otra vez este apático sol”, pensó con irritación mientras se arrastraba hacia su coche.
“Otro día de trabajo, atasco y tediosa rutina...”.
Abrió la puerta, insertó la llave y puso en marcha el motor. Antes de arrancar salió para quitar un papel atrapado en el limpiaparabrisas, y lo tiró al suelo con indiferencia sin mirar su contenido. Salió disparada hacia su monótono día y el papel siguió rodando en el asfalto caliente.
Decía: “Siempre te querría, mi vida”. 
DETALLES
Paseaba por las calles de París, sola, sin rumbo, con el único objetivo de aliviar los pensamientos que no le dejaban descansar, daba igual si con la fresca caricia del viento o el placer de una buena copa de Sauvignon. Los bares le parecían cuevas de desesperados, las personas maniquíes sin personalidad ni conciencia. Tres chicas pasaron a su lado con prisa, el sonido de sus tacones en la acera y sus frívolas carcajadas amplificaron el eco de su tristeza. Iba por una calle que estaba en obras, arena en la vía y en la acera, y empezó a escuchar un sonido placentero. Mientras avanzaba se percató de una niña de unos doce años, que paseaba sola en el borde de la acera, como un escalón por encima de la banalidad. Aceleró el paso y la superó. La miró de reojo y vio que tocaba una flauta. Sonrió.

viernes, 16 de julio de 2010

Sueño

El olor a salitre, mi piel erizada, el rumor del mar. Podía percibir cada detalle, desde la ventanilla de aquél vagón de turista. El ferrocarril bordeaba la costa ofreciéndome todo ese paisaje de libertad, prometiéndome un destino incierto y remoto, casi mítico.
El regional se detuvo en una estación concurrida, nada parecía distinto allí, había tránsito, ruido, historias que comenzaban o terminaban en el andén. No deseé apearme y desaparecer en el tumulto de la terminal, aún no. Algo más que el anuncio de la inminente partida del tren me llamaba al viaje.
Cuando abrí los ojos, regresé.

Pauline en la playa

La resignación es cuestión de tiempo, así que ya puedo mirarlas y sonreirme... ¿pero cómo es posible remeter la camisa tan por dentro? Las fotos amarillean, pero ese pantalón era blanco. Lo estrené para ir a cenar la noche del día en que llegaste. ¿Y cómo es posible pasear por la playa con zapatos de tacón alto? No tenías necesidad de llamar su atención. Te echó el ojo desde el primer momento en que te vio en la orilla, y daba igual el vestido, el bañador, o los tacones. El cretino no volvió a mirarte vestida.

¿Y esta otra en el Cuatro Latas?. No he vuelto a tener uno igual, era perfecto para cargar la vela, ¡y cómo hervía después de toda la mañana! Tu prima Pauline subía con el bañador mojado y dejó en la tapicería una marca de salitre que nunca me molesté en quitar.

Me decías que te prestaba demasiada atención. Que debía ponerlo más difícil. Que buscabas la pasión por encima de todo. Y claro, el cretino era un espíritu libre.

Pues eso. Que ya puedo mirarlas y reírme de mi bañador y de tu pelo. Pero, sobre todo, que ya puedo mirarlas, y si te enteraras –solo por eso- ahora despertaría en ti el interés que entonces me negabas.

lunes, 5 de julio de 2010

El zaguán


En la esquina, donde María La Porra plantaba su quiosco cada día, se abandonaba la última sombra antes de enfrentarse a aquella calle sin fin, fea y desnuda de vegetación.

Lánguidos niños con mochilas, y señoras sofocadas trajinando bolsas de sandías y tomates la atravesaban absortas en una sola cosa: alcanzar el zaguán. Sus sombras no estaban. Saltaban a cada casapuerta para obtener resuello.

El sol caía a pico desde la primera hora de la mañana a la última de la tarde, desde mayo hasta septiembre. El pavimento reverberaba más allá, y a cada paso se derretían las suelas de los zapatos contra la acera feroz. ¿O eran los chicles que, endurecidos en invierno, recobraban su elasticidad como pidiendo una nueva oportunidad?

Alcanzar el zaguán. La misma excitación del pez que vuelve al agua tras la captura. La garantía de otra bocanada de vida. De otra tarde de verano.

"Mal de Amores". 1905. Julio Romero de Torres.
Museo de Bellas Artes de Córdoba.

domingo, 4 de julio de 2010

Cita a ciegas

-Hola-. Se besan.

-Hola, encantado.

Él le retira la silla para ayudarla a sentarse, pero no calcula bien las distancias y ella ya iba de camino. Azorado, la ayuda a levantarse. Le sirven la vichyssoise. Ella contesta atropelladamente a algo que le ha preguntado y el contenido de la cuchara no llega a su destino. Mientras intenta limpiarse su bonito vestido, él empieza a ponerse colorado, parece que se está ahogando. El camarero le golpea, él escupe y empieza a respirar. Con lágrimas en los ojos le da las gracias y son invitados a cava para compensar el mal rato, pero el azar dirige el corcho a la frente de ella. Se despiden en la puerta.

-Si quieres nos tomamos una copa- apunta él sin mucha convicción.

-Estoy cansada- “y dolorida”, piensa-. Además mañana tengo que madrugar.

- ¿Un domingo? ¿Por qué?- pregunta con repentino interés.

Ella contesta con timidez y se sonroja un poco. -Mañana voy a una convención. Es la primera vez que se celebra aquí.

-No será la de… “Exiliados de Rivendel”.

Ella lo mira con los ojos muy abiertos y ambos comprenden. -Aiya!- dicen al unísono. Y, sin dejar de mirarse, juntan sus manos al modo élfico.

Requiem

Llevo 30 años viviendo aquí. Este no es sólo mi lugar, sino la madriguera solitaria desde la cual he hecho frente al tiempo sin tratar de aprehenderlo y a mis preguntas sin apremiar respuestas. Ahora, sin embargo, enferma y extenuada, cuando miro a mí alrededor, me pregunto lo que tantas veces me han preguntado otros ¿Por qué me he quedado tanto tiempo aquí, cuando todo lo que se supone más entrañable para el ser humano está lejos? Solo sé que todas mis ausencias han sido elegidas. Ahora sin embargo el tiempo se me va escurriendo. Por primera vez quiero retenerlo, pero la angustia de la deshora y mi deterioro me cercan. Estoy sola frente al destino, siempre lo he estado, pero ahora me cuesta seguir el compás de mi propia sinfonía. El tiempo tatuado a fuerza en mi cuerpo va dibujándome con desdén día a día la única ausencia no escogida, la mía.

miércoles, 30 de junio de 2010

Desierto horizonte

Declinaba el día y en el ocaso, se vislumbraba rotunda aquella línea inmutable donde se proyectaban nuestras vidas, donde la mirada cobraba sentido, donde se perdía la batalla contra el tiempo.
Llegaba la noche, que en su oscuro silencio envolvía las almas de los débiles, robaba los sueños de los derrotados.
Tan sólo los jóvenes, ciegos de esperanza, sostenían impasibles los ojos sobre la llanura. Los viejos, acechados por otro horizonte, confiaban en la promesa de un nuevo amanecer.

El desierto de los Tártaros (y me dio el siroco)

Hay quienes se recluyen entre cuatro paredes y sueñan con gestas heroicas. Cada día, un mismo despertar de un mismo sueño.
Hay quienes, recluidos, inventan novelas de caballería, cartas de amor o nanas de cebolla. La libertad es un acto estrictamente individual.

Frío

Desnudo en la fría sala
observo correrse la tinta de mis últimos versos.
Lluvia incesante, moja lo mojado,
arruga la piel y entumece mi alma ajada.
A veces en compañía de la pena,
hilo sombras en forma de mujer,
con las que solo consigo conversar en llantos.
Desnudo en la fría sala
observo cómo el agua recorre mi grisácea piel
y entono al son de la desesperación
canciones que susurro
a los rincones encharcados.

domingo, 27 de junio de 2010

Su fortaleza personal

No admite su miedo pero rechaza la esperanza, rechaza la ilusión para evitar el dolor y el sufrimiento. Y se atrinchera en su refugio, en la oscuridad de su dormitorio, en la bondad de sus sábanas calientes, en el silencio que nunca la hará llorar.

lunes, 21 de junio de 2010

Diario de mis días en la fortaleza.

Esta noche he oído al agua cantar.

domingo, 20 de junio de 2010

Por ellos

Laura, deliciosamente deprimente...

Me acerco y anoto sus nombres. Uno debajo de otro. Con pulcritud y cierta ceremonia. Es parte de mi trabajo y es todo lo que puedo ofrecerle a ese puñado de infelices. No tenían nada... tan sólo un nombre.

domingo, 13 de junio de 2010

Cuaderno de Bitácora: El Torcal de Antequera

Los rebeldes esperan como castigo una hora para partir.
Un descampado de gasolinera es sugerido como marco perfecto para retratarnos.
Nos vamos turnando el papel de mascota perruna en el coche del bello durmiente.
Una mochila desaparece misteriosamente en un paisaje marciano. Nos sentimos todos desfraudados de la raza humana. Pero ahora comprendemos mejor a Pocholo.
Un bandolero nos sirve buenos manjares. Una prueba más de que la pluma vence a la espada. La chica del país vecino se atreve a desafiarle: "o dejas ya de dar tantas vueltas o te bailamos unas sevillanas".
En el calor del licor sin alcohol una muchacha habla consigo misma probablemente a causa de su estado: "No sé qué del programa que ve tu madre, cómo se llama. Se llama copla" se contesta a sí misma.
Cantamos canciones infantiles en el coche pero el mochilero no se anima. Normal, lo hacemos muy mal.
Queremos ver lobos en un paraje propicio para esconder al Equipo A y nos dan gato por liebre.
Volvemos sanos y salvos pensando en nuestra próxima aventura.

viernes, 4 de junio de 2010

El silencioso adios

La culpa le habló una noche desde la ultratumba del pasado:
- ¿Qué estás haciendo? ¿Cómo te atreves a soñar con unos ojos nuevos? ¿Acaso olvidas que los dejarías ciegos con la lanza de tus errores?
Ella despertó de golpe. Los ecos de aquella voz todavía resonaban en la habitación. Asintió en silencio, pensando en los cuerpos ya sin rostro a los que había fallado. Cerró los ojos y soltó la mano del fantasma de ese posible amor que dormía a su lado.

jueves, 3 de junio de 2010

La despedida

Miró a todos a su alrededor, se humedecio un poco los resecos labios y esbozo una sonrisa apenas visible. Ya no le quedaba más tiempo, y ya no quería o no podía decir nada más. Desde su lecho observo con ternura la ventana que daba a la pequeña plaza cerca de su hogar, si se concentraba podía oler aun las baguettes de la panadería y oír el melodico acordeón del pequeno bar de la esquina. Ya que estaba cerca decidió ir hasta su casa por ultima vez. Empujó la pesada puerta que daba al antiguo patio de piedras desde donde, desde hace más de 30 años, la llamaban a voces los amigos y vecinos. Acaricio las acabadas puertas de vitroux, que cada manana, a las 9 en punto, inundaban con sus colores las viejas y deslucidas escaleras del lugar.

Subió con mesurada calma a su viejo y amado piso, entrelazandose sus quejidos y dolores con los de la antigua escalera. Recorrió por última vez sus libros y las fotos sobre la chimenea. Se sirvió un té y se sento como cada tarde a contemplar por la ventana de la cocina como salían alegremente los niños de la escuela. Fue a su cuarto y abrió la pequeña ventana para que entrara algo de luz. Se detuvo frente al deslucido cuadro de su país, el retrato de las escaleras y ascensores que poblaban el puerto de su infancia, y recordó el mar y sus sabores.

Respiró hondo, se detuvo en medio de la sala y dijo: "Ya es hora, ya me voy”. Cogió su boina, su largo abrigo azul, el libro aun sin terminar y bajó con cuidado las escaleras. Coloco el pesado llavero a los pies de la entrada, abrió la pesada puerta y caminó rauda hasta perderse entre las sinuosas callejuelas.

lunes, 31 de mayo de 2010

Vacío admitido.

Tengo que encontrar algo que decir y también la forma de decirlo,
quizás, más que encontrar, puede que se trate de experimentar,
por que por ejemplo puedo decir:
las olas rompen con violencia en la roca de tu pecho
y continuar diciendo,
el viento disuelve en polvo de sal mis sentimientos...

Pero la abstracción que me lleva a escribir esto,
¿De dónde viene?¿Qué significa?
¿Tiene algún sentido? O son solo mediocres sucesiones de palabras
que durante años han complacido la vanidad de alguien
que cree y no, saber hacer algo.

Vivir, experimentar, filtrar, llorar, amar, morir, sangrar
y puede que al final, expresar.

Poetas sagrados han besado tristes calaveras esperando ver crecer flores
en la frente de sus creaciones.
Otros fueron vórtice, tamiz y padre de corazones de hierba,
lengua, átomo y semen de generaciones engrandecidas,
diáspora de huérfanos artistas de guitarra, voz y sueño.

El hilo de luz nos premia o nos condena a las circunstancias,
la historia moldea o hace brillar, en el sentido más tosco y pragmático,
de breve llamada de atención, a aquellos que poseen lo necesario
para destacar en el momento oportuno.

Es por esto, que en la tibia laguna del reblandecimiento cerebral
de una sociedad embrujada por las nereidas del teleprograma,
las inquietudes del espíritu soportan el peso
de centenares de despreciables palimpsestos.

Es por esto, que el germen de inspiración, las palabras de Tomás Moro o los sueños de Swift
cada vez tienen menos sentido para la grey del letargo incipiente,
la demagogia política y las mentiras del oro.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Hombres Verdes

- Abran paso por favor. Por favor, ¡abran paso! - La enfermera no dejaba de gritar, mientras empujaba sin apenas esfuerzo la camilla donde yacía Dimitri Gómez Zu.
Dimitri era un tipo corriente, con los ojos sesgados y pelo corto oscuro, a pesar de su extraño primer apellido, que delataba su origen latino. Sus ancestros posiblemente fueron de raza blanca, actualmente extinguida como el resto de las que existían antes.
- Parece que está más verde de lo normal, ¿no? - Dimitri continuaba deslizándose suavemente, insconsciente, pero ya sólo en compañía de dos enfermeros.
- Sí, seguro que su nivel de clorofenol está por los suelos.Venga, desactiva el antiG y deja que la gravedad se comporte como debe.- La camilla se apoyó firmemente sobre una mesa y su cuerpo dejó atrás el vaivén causado por el efecto de la presión que a veces, sin querer, ejercía hacia abajo uno de los enfermeros.
- Bueno, parece que tenemos a otro que no quería seguir luchando contra el CO2 - Dimitri estaba ahora en manos de la serie de tercera generación de QUIROF, uno más de entre los avances en medicina robótica de los últimos años.
- ¿Sabías que las concentraciones de los gases de efecto invernadero apenas han sufrido un descenso del 0,7%? - QUIROF ya había empezado a introducir innumerables tubos a Dimitri, que continuaba inconsciente, sumido en el plácido sueño que precede al brainoff.
- Sí..., ya hace más de 200 años que nos pusieron el gen de la clorofila y por mucho clorofenol que nos tomemos la gente sigue igual de mal y el planeta más contaminado.
En ese momento QUIROF sólo mostraba, expectante, un pulsador verde iluminado, que parpadeaba en mitad de un silencio absoluto.

martes, 18 de mayo de 2010

Domingos

Como cada domingo, desde ya hace 5 años, Mr. Mills se colocó ansiosamente su cuidado traje de lino color marfil, sus impecables zapatos de charol, que cada sábado lustraba meticulosamente para borrar el paso de los años, y el bastón de madera de ébano que le daba un aire de distinción que él consideraba propio de su clase.
Desayunó frugalmente evitando ver el miserable paisaje del barrio que se observaba por una de las desvencijadas ventanas de su piso. Aunque no era de su gusto tomó el metro, coger el autobús a esa hora no sólo le significaba un largo recorrido, sino la posibilidad de dialogar con sus vecinos del barrio, a los que no tenía nada que decir y con los cuales consideraba no tenía nada en común (personas que, según él, viven al día sin pretensiones de ningún tipo).
Ya en su antiguo barrio caminó por el parque de su infancia con el aire entrecortado por los años y los recuerdos. Se detuvo a observar la siempre hermosa y señorial arquitectura de las casas del lugar y en especial de aquella que alguna vez fue suya. Entró a la iglesia y escuchó la misa con solemnidad, a la salida saludo a todos y se deleitó con discreción del exquisito aroma del perfume de las damas y del buen tabaco de los hombres.
Aceptó la tradicional invitación a la cafetería para dialogar sobre los sucesos de la semana. Mientras conversaba de manera cuidada sobre política, valores y familia, degustaba como era la costumbre, de un buen café y pastelillos de nata. Antes de la hora de la despedida Mr. Mills se sacudió con premeditación su traje de lino para que todos alabaran, como siempre, su exquisito gusto. Cogió luego el fino bastón, se despidió de todos y salió al parque con el pretexto de caminar. Luego de un tiempo, cuando confirmó que todos ya habían regresado a sus señoriales casas, volvió con solemnidad al lugar y tomó el antiguo autobús para emprender el largo regreso al otro lado de la ciudad. Los domingos eran sus días preferidos.

lunes, 3 de mayo de 2010

Niños en un pañuelo

En Malí, como en cualquier otro lugar del mundo, los niños gatean por el suelo, hasta que se atreven a dar sus primeros pasos, para jugar con otros niños. Pero cuando las madres los quieren llevar de un sitio a otro, no tienen carritos para poder hacerlo. Allí no hay carritos de bebé. ¿Cómo lo hacen entonces? Pues bien, la madre saca de entre sus ropas un gran pañuelo, un pañuelo grande y a juego con su vestido. Se lo pone en su espalda, y dentro de él coloca al niño, que queda abrazado a ella, cubierto todo su cuerpo menos la cabecita, como si fuese dentro de una mochila. La madre se anuda por delante las cuatro puntas del pañuelo, dos a dos, con gran cuidado, para que no se desaten y el niño no caiga al suelo. De esa forma, siempre lo lleva detrás suya, apretado contra ella, inmóvil. Su cabecita negra es como un periscopio que lo observa todo. Y para complicarlo aún más, las mujeres tienen la costumbre de transportar cosas en la cabeza. Es normal ver a una mujer con su hijo en la espalda, y a la vez, en un más difícil todavía, portando algún producto en su cabeza. Las he visto en mercados llevando en equilibrio una bandeja de plátanos, por caminos polvorientos unos troncos de leña o en los poblados una gran vasija con agua. Y todo ello con su hijo a su espalda, en el gran pañuelo.

Una noche en Sikasso organizamos una cena con varios amigos malienses, en un lugar donde servían comida. Cada uno de ellos nos había invitado a comer en su humilde casa, y queríamos corresponderles. Las mujeres vestían telas muy brillantes y alegres, y se habían peinado para la ocasión. Una de las parejas llegó con un niño pequeño. Mientras esperábamos la comida y durante la misma, el padre y nosotros lo entretuvimos con juegos. El chico se convirtió en una de las animaciones de la cena. Pero comenzó a mostrar cansancio y a tener los primeros síntomas de sueño. ‹‹¿Qué ocurrirá ahora?›› Me pregunté. ‹‹En mi país lo normal es que acuesten al chico en el carrito. ¡Pero aquí no hay carrito!›› Nos ofrecimos a tener al niño en brazos mientras la madre terminaba de comer, pero ella no consintió. Sacó su gran pañuelo, se colocó al niño en su espalda, y terminó de comer de pié, con el plato en alto, sin sentarse, y sin agacharse tampoco, para que su hijo descansara bien.

viernes, 30 de abril de 2010

Tejedora

Clara teje las redes de los pescadores del pequeño puerto y la ropa, manteles y cobertores de casi todas sus familias. No siempre lo hizo, antes sólo tejía redes, pero después del último temporal, cuando su marido y otros tres se perdieron en alta mar, Ana dejó de hablar y sólo tejió. Cada mañana se despierta, coge sus palillos y se sienta al lado de la ventana a tejer con desesperación sin quitar ojo al mar. Los pescadores y otras mujeres del pueblo le traen lana, cuerdas, algas, nylon, y toda suerte de materiales. Clara todo lo teje. De sus palillos como relatos y diálogos perdidos han nacido redes, colchas, y mantillas con historias de mujeres, de pescadores osados, de miedos y anhelos marítimos. Nadie sabe como puede dar forma a esos tejidos llenos de colores, personajes y leyendas.
La mar regresó los cuerpos de todos los pescadores perdidos, menos de su marido. Su pequeño y ajado bote permanece aún meciéndose en el puerto. Cada tarde Clara baja con una gran manta, se sienta en él y se queda ahí hasta que cae el sol. Luego regresa a casa y continúa tejiendo.

miércoles, 28 de abril de 2010

Mr Collins spin-off: “La felicidad cotidiana”

-Es absolutamente necesario cultivar nuestra humildad. Como os decía ayer, siempre hay que mostrarse dócil e inclinar la cabeza cuando nuestro deber nos lo exija. Y de este modo, ser ejemplo para los demás. Afortunadamente, en mí tenéis un admirable modelo de humildad-. Diez rostros, una docena a lo sumo, escuchaban al párroco de Hunsford. El anhelado sol primaveral había alejado a muchos vecinos de la iglesia ese día. Pero entre los asistentes, había alguno realmente concentrado en las palabras de su párroco, tanto que necesitaba apoyar la cabeza sobre el pecho y cerrar los ojos.

Terminado su oficio, el señor Collins se encaminó a casa, donde su mujer le esperaba de excelente humor. Cuando terminaron de comer, Charlotte le comunicó aquello que la alegraba tanto.
-Elizabeth me ha invitado a pasar unos días en Pemberley. Ahora se celebra una feria en Derbyshire y quiere que vayamos juntas.
-No sé si es correcto que abandones nuestro hogar-. Collins le contestaba mientras confeccionaba el próximo sermón.
-Podré adquirir algunas cosas que necesitamos.
-Creo que no es buena idea…
-El niño se vendrá conmigo, le vendrá bien un cambio de aires.
-En esta edad le conviene estar siempre cerca de su padre y de su valiosa guía.
-Nos iremos el próximo lunes.
-Tengo que decir…
-Escribiré a Elizabeth ahora mismo para decírselo -Charlotte se levantó decidida y salió de la habitación.

Unas horas más tarde, el señor Collins estaba sentado en su preciado jardín con su hijo. La luz del sol ya declinaba y, aunque durante el día había calentado vivamente los campos, ahora daba paso a una fresca brisa nocturna. A pesar de esto, el voluntarioso padre no quería que su hijo se recogiera sin entender la parábola del sembrador.
-Entonces, ¿comprendes ya lo que ocurrió con las semillas?
-Pues que unas crecieron y otras no…- el pequeño Charles jugueteaba distraídamente con un bichito despistado.
-Pero, ¿a qué es debido esto?
-Papá, ¡tengo frío!
-La semilla es un importante símbolo con el cual me siento muy identificado…
-Charles, ¡venga para adentro! Es tarde-. El chico no hizo esperar a su madre y, ante el estupor de su otro progenitor, se escabulló rápidamente dentro de la casa.

“Querido señor Bennet:
Como sé cuánto le gustan mis misivas, no quiero que por mi desidia le falte dicho placer. Por eso vuelvo a escribirle, aunque esta vez no para contarle ninguna novedad acaecida recientemente, sino simplemente para hablarle de la confortable existencia que tengo la suerte de vivir. Porque unido al amor de mi querida Charlotte, a la admiración y el cariño de mis buenos feligreses y a la incomparable protección y amistad que me ofrece Lady Catherine, que casi podría decir que no merezco, se une ahora la satisfacción que me produce mi hijo. El cual, aunque joven, ya va mostrando el fruto de mis enseñanzas. Así que puedo decir, señor Bennet, que tengo una vida plena y dichosa…”

lunes, 26 de abril de 2010

Lara

Lara desconfiaba de los chicos de brazos abiertos como ramas de almendro. Soñaba con miradas etéreas. Besaba almohadas llenas de silencios. Lloraba al regresar a casa tras tardes junto a hombres alegres que le susurraban palabras de amor. Su corazón quería sombras donde descubrir luciérnagas por sorpresa. Caricias accidentales que le hicieran sonreir. Y ella lo aceptaba con dulzura, como si de su sino se tratara, pero siempre con los ojos bien abiertos cuando doblaba cada esquina.

martes, 20 de abril de 2010

Orgullo y prejuicio (y zombies)

ORGULLO Y PREJUICIO. O CUANDO LA NOVELA ROSA SE ENCARNA.
Profesor Constantin Pilgrim. Universidad de Berkeley.


Con una apelación al deber sacramental que atañe a cualquier varón con posibles. Así comienza la obra cumbre de Jane Austen (Steventon, 1775 – Winchester, 1817) quien mucho se cuidó de no seguir para sí esta proclama, sabedora de que esta institución supondría un serio obstáculo al desenvolvimiento de su apabullante apetito carnal

En efecto, la biografía de la escritora de Hampshire está jalonada por una feroz resistencia al matrimonio. Actitud que en modo alguno –y menos en su caso- debe equipararse a castidad. Muy al contrario, y pese a los aparentes recatos de la sociedad victoriana, Austen hace gala en sus misivas de una promiscuidad exacerbada, orgullosa y exenta de prejuicios morales.

Pero no hay que acudir a su correspondencia privada para encontrar las evidencias de su principal pasatiempo -por encima, incluso, de la literatura-. El relato de Austen está salpicado de picantes juegos de palabras, guiños sexuales y dobles (y triples) sentidos que, ocultos para las más mojigatas de la corte victoriana, hacían las delicias de sus representantes más despabiladas.

Sin ánimo exhaustivo, Yorker (1) señala algunas referencias sexuales más o menos explícitas (en incluso episodios de esclavismo sexual) en los personajes femeninos de Orgullo y Prejuicio:

-“¿Cuál es el precio habitual del segundo hijo de un conde?”-. Capítulo XXXIII

-“Un consuelo excelente dentro de lo que cabe, dijo Elizabeth, pero a nosotras no nos sirve"- (sic). Capítulo XXV.

-“Durante el tête à tête de un cuarto de hora con la Señora Bennet antes del desayuno (…) entre sonrisas de gran complacencia y general aliento le hizo una confidencia al joven clérigo acerca de aquella misma Jane en la que el Señor Collins había fijado sus esperanzas”- Capítulo XV.

-"Elizabeth le rogó con gran ardor que no perdiera más tiempo"- Capítulo IL.

Pero también los personajes masculinos se muestran revestidos de un halo de lascivia (in)contenida. Señala Yorker en su ensayo que bajo el deseo del Señor Collins de conseguir esposa subyace una idea mucho menos pacata: cansado de someterse al ánimo voluble de lady Catherine de Bourgh, ahora su mayor anhelo es ser desposado, no en el sentido nupcial, precisamente, sino en el del consabido rito sadomasoquista en el que la hembra-opresora sólo libera al varón-rehén hasta haberle infligido indecibles padecimientos.

Siguiendo el mismo ejemplo, es muy significativa la ligereza con la que el reverendo establece su preferencia carnal de una a otra de las jóvenes hermanas Bennet en la misma entrevista con la madre de ambas (capítulo XV). Bajo el foco del lector sagaz lo que se alumbra es el afán de procurarse una relación triangular e incestuosa.

No en vano, se ha afirmado que Austen es el máximo exponente de la llamada “paradoja anglo-hispana”: la contención sexual, que en la literatura española conduce al drama y a la tragedia, en la tradición británica termina desatándose con verdadero libertinaje (3).

Vemos, pues, con Yorker, que las claves de esta relectura no son del todo originales, si bien la efectuada en 2007 por Grahame-Smith (4) sí aporta una nueva dimensión al universo austeniano, oculta durante los casi dos siglos que nos separan desde la primera publicación de la obra.

Aunque de forma sutil, en Orgullo y Prejuico (1813) -como después en La Abadía de Northanger (1818)- se adivina un gusto necrófilo en algunos de sus protagonistas, vistos -hasta el estertor del s XX- como paradigmas del amor romántico.

Así, desde el comienzo de la novela conocemos que el joven Señor Bingley se afinca en Netherfield Park (4). El nombre escogido no es inocente: se trata de una alusión directa a las fosas comunes que existieran en las tierras sobre los que luego se edificaron suntuosas casa de campo de estilo victoriano. En efecto, es sabido que a lo largo de la campiña inglesa fueron enterrados vivos decenas de hombres y mujeres acusados de realizar prácticas sacrílegas, gozar con el bestialismo y ejercer la brujería (5). La rehabilitación de estos espacios, y el otorgamiento de muchos beneficios eclesiásticos se explican como una maniobra para echar tierra a la vergonzante intrahistoria religiosa británica.


Con todo ello no es casual que Grahame-Smith (New York, 1976) se sirva de la novela de Austen para situar su particular festín de vísceras y hemoglobina en el que cobra verismo la hipótesis de que la fuerte secreción de estrógenos de la segunda hija de los Bennet sea percibida por criaturas de ultratumba que, confinados y condenados a una purga de abstinencia ab-aeternum, emergen de las profundidades, confabulados para reincidir en sus prácticas pecaminosas de antaño.

Hay que decir que Grahame-Smith se erige en su obra como un perfecto conocedor de los resortes del diálogo, y que en nada desmerecen los de su obra con la inteligencia que rezuman las disputas dialécticas con que la escritora dieciochesca impulsa sus novelas. Tan es así que los expertos ya sitúan entre las piezas clásicas de la literatura universal aquella conversación que mantienen el Sr Darcy, ya completamente transmutado en un ser de ultratumba, y la Srta. Elizabeth (Lizzy), que acaba de sufrir la dentellada del zombilord inglés dejando al descubierto parte de su estructura ósea.

- ¡Mi brazo! ¡Dios mio! ¡Se está cangrenando, hijo de puta! ¡Mira lo que has hecho!
- Ahhhh, aaaah gorrlr
- ¡Cabrón, hijo de puta!... ¡ Zombie de mierda!
- Sshhhzzz pppurrr aaaaj

Este breve extracto (6) es el máximo exponente de la literatura zómbica, caracterizada por el esfuerzo permanente en lograr una fiel transcripción fonética del arquetípico sonido gutural de los muertos vivientes.

La secreción hormonal como causa de la reacción carnal, clave de bóveda de la obra de una mujer, escritora, del siglo XVIII. Y secreción hormonal como causa de la resurrección carnal, leit motiv de la obra de un hombre (genio), escritor, del siglo XXI. Génesis y apocalípsis, alfa y omega sucediéndose sin solución de continuidad. Giros de tuerca freudianos como trasunto de una epítome cósmica (7).


(1) J. D. YORKER. Pride and prejuice. Deconstructing a few evidences of the Austen´s Sexual world. Cambridge. 1993.
(2) SETH GRAHAME-SMITH. Pride and prejudice and zombies. Quirkbooks 2009.
(3 GIBSON, IAN. “Sensualidad y sexualidad en el segundo y tercer Lorca”. Instituto Andaluz de la Mujer. Junta de Andalucía 2003.
(4) Nota del T. Una traducción literal de Nether-field Park sería “campo de las profundidades”.
(5) "De divinis iustitia - de humanis pecatum”" Anglican archives in St Michael’s Church, Southamptom.
(6) En enero de 2010, Grahame-Smith salió al paso de una grave acusación de plagio admitiendo en su obra “influencias del mejor Salinger, pero en modo alguno plagio de varios de sus pasajes literarios”.
(7) The zombies. She’s not there. Decca. 1964.

miércoles, 14 de abril de 2010

Tortilla de boquerones

Ingredientes
½ kg de boquerones
6 huevos
1 diente de ajo
aceite de oliva virgen
sal
½ gindilla
perejil

Prepara los boquerones en un plato aparte. Te mirarán fijamente, pero no te preocupes, ya no te pueden morder. Luego empieza a decapitarlos uno a uno, y procura, al quitarles la cabeza, que salgan también las espinas y la cola. Así el boquerón queda limpio y sin unos ojos acusadores que te den remordimientos. Termina de dejarlo irreconocible para sus familiares cortándolo en trocitos pequeños.

A continuación, pica media guindilla y un diente de ajo sin miedo, lo de llorar es con la cebolla. Vierte un poquito de aceite en ese plato metálico, negro y con mango, que te regaló tu madre por reyes, y que gracias al microondas y a las pizzas congeladas no has necesitado utilizar hasta el día de hoy. Enciende el fuego y calienta un poco el aceite. Luego echa en él los trocitos de ajo y guindilla. Cuando el ajo esté dorado, incorpora los boquerones y remuévelos con esa cuchara grande de madera que lleva sin salir del cajón de la cocina desde ni se sabe, pidiendo una oportunidad. Luego coge seis huevos y, uno a uno, ábrelos por la mitad haciéndolos romper en el borde de un recipiente, como habrás visto en alguna película o en alguna serie. Procura sacar con cuidado los trozos de cáscara que irremisiblemente se te caerán dentro. Échales una pizca de sal y unas ramitas de perejil picado. Luego añade los boquerones a los huevos, mezcla todo con cariño, y ponlo nuevamente al fuego.

Ya casi está hecha, pero todavía no puedes levantar los brazos como si hubiese metido un gol la selección, ni llamar por teléfono a todo el mundo diciendo que has hecho una tortilla de boquerones. Queda un paso importante. Debe de hacerse por los dos lados, por lo que no hay más remedio que darle la vuelta de vez en cuando, para que no se seque. Cuando tenga la apariencia que suelen tener las tortillas de boquerones (eso si lo sabrás porque habrás comido alguna), sácala del fuego y prepárala en un plato grande para que vista más. Remata la faena añadiendo un poco de perejil por encima. Que parezca que sabes.

¡A quien se le ocurre invitar a los amigos a casa diciendo que te gusta cocinar!

martes, 13 de abril de 2010

Cotidianidad

En el edificio número 29 de la Rue de Clichy, Madame Benoit cosía las últimas prendas a toda prisa, sentada en un rincón del taller de la planta baja, apurada por llegar a tiempo a la entrega de los vestidos al día siguiente. En el ático, Coline ensayaba unos pasos de ballet frente al espejo, convencida de poder mejorar aquel fouetté en tournant. Cécile y Fabien se besaban apasionados en el comedor, los recién casados disfrutaban por fin de las primeras horas de intimidad en su propio hogar. El hijo de la vecina, Pépin, repetía en voz alta la lección una y otra vez, mientras su madre le regañaba cuando éste se despistaba. Monsieur Neville, parado ante la puerta de su apartamento, albornoz puesto y llave en mano, trataba de recordar, sin éxito, a dónde pretendía ir, hasta que su enfermera Lucienne, le ayudó a entrar de nuevo en casa.
El inquilino del 3º piso, tumbado en la cama, observa el espectáculo que sale del armario de su habitación, un frondoso jardín envuelto por una intensa luz que lo penetra todo, a su lado, una escalera de peldaños dorados suspendida en el aire. Él mira la escena con la seguridad y la calma de quien ha encontrado al fin respuestas, comprendiendo que es posible creer, y entonces sintió que no estaba solo.

domingo, 11 de abril de 2010

Supervivencia

Una vez más, un barco naufragó en el océano. Ella se agarró a la única balsa que podía sacarla de allí. Su fé en la idea absurda e inamovible de un ente sólido y sagrado que no podía ser destruido y que definía todo su ser. Amarse a sí misma por encima de todas las cosas y no permitir que nadie perturbase esa máxima.
Aquél muro de contención escondía demasiados fracasos y desengaños de los que ella hubiera podido soportar, de no ser por aquella coraza indestructible a través de la cuál era imposible oír el llanto de aquella niña asustada.

jueves, 8 de abril de 2010

Anduve buscando.

Anduve buscando el lugar donde encontrarme,entre curvas y humedades
respirando confundido nunca di por terminado el camino elegido.
Cuántas veces el destello de la luna o un estanque, que más da!,
cuántas veces me ha seducido.
Y creyendo encontrar descanso, ay! Pobre de mi, he terminado envilecido.
Y no culpo a la pureza, pues bien se que fue cierta, más o menos intensa,
pero siempre atenta.
No culpo al agua ni al cristal.
Culpo al reflejo, es lo que más miedo me da.
En el vidrio irisado de ojos tan enamorados he acertado a verme desnudo,
sin piel, agazapado.
Que horror!, que espanto! Ya me han desenmascarado.
Es entonces cuando la ira y la locura se presentan, a codazos apartan la conciencia
y la lengua viperina libre se expresa.
Dulce ahogo las lágrimas del desconsuelo que poco a poco horadan el corazón lozano que en ese momento tenga entre mis manos.
Aniquilo la presencia, con risa falsa y docta exigencia.
Para después, camino al cadalso, mil absurdas razones poder ir balbuceando.
Esta visión, este esperpento, se torna realidad, lo llevo muy adentro.
Es por eso que al reflejarme en limpias pupilas la tragedia renace,
me persigue y atosiga.

miércoles, 31 de marzo de 2010

La dulce cotidianeidad

Como cada mañana abrió la ventana de par en par, y puso los postigos de madera bien atrás para que toda la luz entrara a raudales a su cuarto. La primavera había llegado y el olor a azahar se apropiaba de todos sus espacios, eso la tenía de buen humor y las naranjas y los limones cada día le parecían unas frutas más imprescindibles. Desde hace unas semanas además su habitual paseo de la mañana ya no era un sacrificio en aras de la salud, sino un dulce recreo a sus sentidos, tanto así que ya no veía la hora cada tres pasos, como le era habitual, ni seguía el mismo planificado recorrido, sino que se extendía interesada por las transformaciones de los cerezos en flor, o por la forma particular de mezclarse la luz entre el follaje; incluso hoy se atrevió a explorar al interior de un matorral, hogar de pequeñas codornices silvestres, que sorprendidas corrieron despavoridas a otra guarida, causándole gran diversión.
Siempre había odiado esa tendencia colectiva de apego a la primavera, para ella no había estación más agradable que el otoño, pero esta vez había algo particularmente seductor en el ambiente. Mientras caminaba llegó a sospechar de sí misma al verse tan florecida como los parques, planteándose de hecho, si aquella alegría y entusiasmo eran realmente normales, si no estaría en un estado de euforia ficticia luego de la cual vendría una profunda depresión, se preocupó, sin embargo, decidió que lo mejor era apurar el paso para llegar pronto a la panadería y no perderse el pan caliente con frutos secos que tanto le gustaba y que ya empezaba a saborear.

No amarás

Mientras él la poseía, sus párpados se iban apretando como ostras, y sus sienes cabalgaban de latidos azuzándola entre espasmos y chillidos de cría asustada. Sus senos crecidos no eran suyos, erguidos como sierras que escapaban a su natural llanura de pasividad. Nada podía ver en su noche poblada de imágenes que venían sobre ella para acrecentar el placer que no lograba dominar, que no podía contener. “No amarás” Oía dentro de sí, “serás solo agua de río”. Así sería cada vez, dominada por el peso de su eterna levedad.

martes, 30 de marzo de 2010

La amarga levedad del ser

Mientras Tomás disfrutaba de la dulce levedad del ser, decidió que por el momento no iba a regresar a Praga. Amaba a Teresa, sí, y sabía que la seguiría amando, que sería el gran amor de su vida, pero no deseaba renunciar a su libertad en Zúrich. Pasaron algunos días hasta que llamó a Sabina. Hizo varios intentos más, pero en vano logró comunicarse con ella. Entonces pensó darse una vuelta por Ginebra. Sabina le había dejado escrita su dirección en un trozo de papel. Tras tocar varias veces el timbre, su mirada, perpleja, alternaba entre la puerta que tenía delante y el trozo de papel que contenía la dirección donde ahora se encontraba. Se dirigió al bar que quedaba enfrente. Se sentó en una mesa pegada a una de las ventanas que daba a la calle y pidió un té. En la mesa que tenía al lado observó como un hombre clavaba su mirada en la puerta de Sabina. Se dirigió hacia él y le preguntó:
-Disculpe, ¿conoce usted a una mujer llamada Sabina, que vive ahí enfrente?
-Sí, usted… ¿cómo lo supo? - Respondió aturdido el hombre.
-Mi nombre es Tomás y vengo desde Zúrich a visitar a Sabina.
-Yo me llamo Franz. ¿Ha sabido usted algo de Sabina?
-No, he tratado de comunicarme con ella pero no lo he logrado.
Conversaron por un buen rato y se despidieron. Franz empezó a paladear la amarga levedad del ser después que Tomás le hablara sobre Sabina.

lunes, 29 de marzo de 2010

A tres pies sobre el suelo.

La luz clara, la bella estampa, cortinas blancas en la brisa de la madrugada.
Huelo la noche sentado en la cama, el alma se agita, se siente encerrada.
Desdichada carne que nace muriendo, maldito cuerpo, que en la cuna se va pudriendo.
Y que fácil hacerse viento, escapar volando libre de peso, derramar los humores que nos mantienen preso.
Resbalar el filo hasta tocar el hueso y ya está hecho.
Ay! pobre de mi, me cegó lo eterno.
No hay vuelo, no hay consuelo, solo encuentro la triste miseria del vagabundo inquieto que buscando la gloria,
pena y desespera levitando a tres pies sobre el suelo.

jueves, 25 de marzo de 2010

La levedad y el peso

Justo hoy, cuando mi conciencia de un mundo funesto me permite apenas respirar, y salgo a la calle movido sólo por necesidades vitales, me encuentro de pronto con ella, que viene flotando con aquella sonrisa de buenos presagios y mirada de durazno en flor. Y aunque me tropiezo y casi caigo sumergido en su pelo rojo siniestro que en algún momento robó mi lucidez, alcanzo ágilmente a sumergirme en las revistas del quiosco de la esquina, convertido momentáneamente en la fortaleza que defiende mi honor de esa dulce afrenta. ¡No bajaré las armas! ¡No podrás conmigo!, me digo en silencio, mientras ella- perfumada y etérea- pasa por mi lado fingiendo que no me ve, humillándome por no haber sucumbido a nuestro destino.

martes, 23 de marzo de 2010

Soneto Laxativo

De vez en cuando, y a modo de ejercicio
combato la congoja al folio en blanco.
Sentado, nada fluye. Me levanto
y mis pasos conducen al servicio.

Ansío la inspiración mientras devano
mis sesos, mas también los intestinos.
¿Musas en el retrete? ¡Desatino!
Otra vez, tanto esfuerzo ha sido en vano.

Estreñido de vientre y de meninges
deambulo con la duda por mi cuarto:
-¿Debe el poeta cruzar aquella linde
que separa el buen gusto de lo guarro?-

-¡Hete aquí la respuesta!-. Yo me dije
(Y el mismo vientre irrumpe en un aplauso)

domingo, 21 de marzo de 2010

Desengaños

Conocerse no fue una casualidad. Vivían cerca, fueron juntos al colegio, sus padres eran amigos desde siempre. Ambos eran guapos e inteligentes y tenían un brillante futuro por delante. Daniel estudió medicina como su padre y tras terminar la carrera y realizar las consabidas prácticas, logró obtener un meritorio puesto en el pabellón de oncología del principal hospital de su ciudad, junto a su progenitor. Al principio todos consideraron natural que comenzaran a salir y a nadie extrañó cuando unos años después anunciaron su boda. Era lo lógico… Por eso nunca pudieron comprender aquella escueta nota encontrada en la silla, bajo sus pies:

- Lo siento, no podía soportar que todo fuera tan previsible….


***

Fernando, siempre había vivido al día. Le gustaban las novedades y era rara la ocasión que no tenía alguna buena anécdota que contar a sus amigos. Todo aquello le hacía disfrutar cada vez más de la vida. Un día la vio y se enamoró, como le había ocurrido tantas veces con otras mujeres. Normalmente era un pequeño detalle el que hacía que se fijara en ellas. Un delicado gesto al tocarse el pelo, una sonrisa discreta mientras pensaba en algo, el brillo de sus ojos en un momento determinado… En esta ocasión no supo qué es lo que fue, pero igualmente decidió seguirla hasta encontrar la oportunidad de entablar alguna conversación con ella. A los pocos minutos se paró frente a un kiosco para comprar tabaco, momento que aprovechó para pedirle fuego. Le dio el mechero casi sin mirarle, y continuó su camino. A pesar de sus esfuerzos en los días siguientes no consiguió nada de ella. Lo intentó de mil formas posibles, pero no hubo manera. No estaba casada, ni tenía novio ni novia, una vida normal y nada que objetarle. Simplemente él no le interesaba. Su obsesión por ella llegó a tal extremo, que unos momentos antes de saltar del puente, gritó:

- Tan sólo quería una vida normal

sábado, 20 de marzo de 2010

El lado bueno de la levedad

- ... bueno, si estoy callada es porque no sé cómo decirte que en estos días que has estado fuera he estado pensando. Quiero estar sola.
- Tía, de verdad, estás fatal, no puedo creer que otra vez me vengas con lo mismo...

En aquel momento saltó el Play en mi cabeza y empezó a sonar aquella estridente canción.

(hacer clic sobre el link con el botón derecho y "abrir enlace en una pestaña nueva" y tras un minuto de escucha seguir leyendo con la música de fondo)
http://www.youtube.com/watch?v=s0RT8KoqMVw

Él continuaba con su argumento sobre lo erróneo de aquella decisión y lo irrespetuoso de no querer hablarlo en persona, pero yo ya no podía oirle, el volumen de la música y sus alaridos no me dejaban escucharle.
Poco después unos pitidos me espabilaron, había colgado. Entonces pensé que tenía toda la razón, estaba fatal, me estaba saltando las reglas del mundo adulto. Pero una especie de sonrisa reflejada en la vitrina del salón me recordó la inconmesurable alegría que me proporcionaba la levedad de mi ser.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La complicada historia de lo simple

Ahora no se le ve mucha relación con el libro que estamos leyendo, pero de verdad que se me ocurrió a raíz de su lectura. Meditaba sobre la idea de que a veces somos nosotros los que nos complicamos la vida dándole al tarro...


En su mirada solía haber un halo de tristeza. Como cuando los ojos de alguien brillan repentinamente y decimos “un destello de felicidad iluminó su mirada”, pero en su caso siempre era de tristeza. A veces esta luz permanecía largo rato, otras veces aparecía súbitamente y se marchaba de la misma forma. A veces, surgía tras una tímida sonrisa, como para frenar la promesa de un momento de alegría. Él se preguntaba qué podía haberla entristecido tanto y hablaba con ella intentando averiguarlo. Pero hablaron tanto que ya no quiso dejarla marchar. Se juró a si mismo que borraría de su alma todos los malos recuerdos para sustituirlos por otros alegres, que fuera cual fuera su pena, acabaría desterrándola de su rostro. Ella se quedó con él, aseguraba que era feliz, pero el destello de tristeza no había desaparecido. Incluso se podría decir que ahora se manifestaba más a menudo. Un día al despertar, sus ojos no podían ver. Se asustaron mucho y él la llevó rápidamente al hospital. Allí estuvo varios días hasta que le quitaron las vendas. -Si todo ha salido bien, debería volver a ver sin problemas- dijo el médico. Le quitaron las vendas y ella dio un grito de júbilo, veía perfectamente. Ahora él la miraba fijamente cuando hablaba, el halo de tristeza se había desvanecido, en su lugar había quedado una peculiar bizquera. En unos días su melancólica enamorada había sido sustituida por una chica que parecía haberse tomado un par de copas de más. Suerte que este nuevo destello era más esporádico que el anterior.

martes, 16 de marzo de 2010

tsunami

Al igual que los demás, cuando sonó la alarma Ana se levantó de un brinco de la cama. Sobresaltada se percató que el piqueteo insistente del mar, que marcaba los ciclos del pueblo, había sido reemplazado por un silencio agudo en el cual sólo se escuchaba el clic clac a destiempo del reloj antiguo del salón. Ella sabía lo que significaba, pero no alcanzó a reaccionar; cuando se recuperó horas más tarde, sofocada por el sol y el lodo, su mirada contempló enmudecida el campanario torcido de la Iglesia, cuyo resplandor de metal iluminaba como el primer acto de una funesta obra miles de cuerpos y casas desgajados a lo largo de la playa.

viernes, 5 de marzo de 2010

Lluvia

Sospecho que tengo goteras. Debe haberse inundado mi cerebro, mi almohada siempre amanece mojada.

martes, 23 de febrero de 2010

En el próximo viaje

Progresa torpemente, a paso de tortuga, resbalando entre las pulidas piedras. Su cabeza de vieja tira de su alargado cuello, como queriendo llegar antes que el resto del cuerpo. Evita el estanque de agua, y a la palmera de plástico, y con aparente esfuerzo llega a la pared de cristal. A cada lado de su cara abre al máximo sus tejidos membranosos, desvelando dos botones brillantes, que se dirigen como prismáticos hacia la butaca donde está sentado él.

Él tiene un libro en una mano, y en la otra una pipa, que apenas aparta de su boca. En la oscuridad del salón, una lámpara de sobremesa desvela su piel cuarteada, y sus párpados abultados, que le dan el aspecto de un viejo capitán que no se hundió con su barco. En una pausa suelta el libro, acerca un mechero a la pipa, y aspira para que vuelva a prender el tabaco. Mira hacia la estantería. Ella está tras el cristal, observándole, cerca de su ex mujer y sus dos hijos, que también parecen mirarle desde el porta-fotos. El que esconde cuando llegan las visitas. Vuelve al libro, a un par de páginas atrás, y comienza a leer en voz alta, muy despacio. Un párrafo, y luego otro, hasta terminar el capítulo. Después vuelve a mirarla, esperando su aprobación. Su caparazón brilla con la luz artificial. No se ha refugiado en él, sigue con su cabecita fuera, observándole. "Sé que me has echado de menos, preciosa. En el próximo viaje te llevaré".

Los otros

La chica rubia del móvil blanco miraba de reojo al muchacho sentado a su lado.
- Qué raro es, pensaba, viste todo de negro y lee unas revistas de música extrañísimas.
- Qué niña más peculiar, pensó el muchacho, con gafas de sol dentro del vagón.
A unos metros, agarrado a la barra del tren de cercanías, un funcionario de Correos que cada mañana cogía ese trayecto para ir a trabajar, susurraba a su novia:
- Vaya par de dos esos de ahí. Todo el tren vacío y se van a sentar en la última fila, donde no hay ventanas para mirar el paisaje.
Etc, etc, etc.

domingo, 21 de febrero de 2010

Hormigas

Como es la primera vez que uso esto, no sé si lo habré hecho bien, ni veo que nadie se haya animado todavía, así que ahí va para romper el hielo, algo de lo que la novela de Farola, me ha inspirado. No es que sea gran cosa, pero bueno ahí está. Ya comentaremos el jueves.

Siempre me sentí como una hormiga. Qué ridículas me parecían cuando de niño las observaba trabajar con afán, sin desfallecer nunca, recogiendo cualquier pequeña miga de lo que fuera… y qué poderoso me sentía yo, cuando decidía ponerles cualquier obstáculo, para que tuvieran que dar la vuelta, pero daba igual, ellas siempre persistían en su empeño… ¿para qué? Simplemente para subsistir.
¿Y qué hacemos nosotros los hombres sino eso? ¿no es lo mismo si te sitúas en lo alto y los observas cómo se dirigen todos a ninguna parte, con prisas, como si lo que hicieran fuera lo más importante… con sus angustias, sus miedos, sus preguntas filosóficas… ¿para qué?
Hace tiempo que dejé de plantearme ya todo esto. Me gusta mirar el mar cuando no hay nadie, me gusta sentir el aire en la cara cuando sopla fuerte, o salir cuando llueve … Lo demás no importa.

viernes, 5 de febrero de 2010

Plenitud

Harta de contemplaciones me decidí, me puse en pie sobre el puente en el que había estado sentada más de media hora y salté. Todo era un cúmulo de sensaciones nuevas que sentía intensamente. El tiempo pasaba muy deprisa, podía oír gritos de fondo, el viento en mi cara, apenas me dejaba ver dónde estaba, el sudor de mis manos, la sequedad de la garganta, la tensión en todo el cuerpo y ese nudo en el estómago. El vacío. Haber hecho algo de lo que no te creías capaz.

martes, 2 de febrero de 2010

Ausencia

Permanecía allí, pesado e inmóvil cuando me desperté. Nos miramos sin entendernos, aunque sin la más mínima sorpresa. Me levanté, resignado, pensando en cómo planear el día para evitar nuestro encuentro. Salir al parque, tomar un café, todo, menos quedarme a su lado. Conseguí esquivarlo durante algunas horas en que fui felizmente inconsciente, liviano y ajeno a su recuerdo. Las calles abarrotadas de gente, espectáculos de música en el centro, un par de copas en el bulevar. De regreso a casa, abrí la puerta, temiendo que aún estuviera dentro. Parpadeaba la luz roja. Había un mensaje en el contestador. Ella quería verme, y el dinosaurio había desaparecido.

viernes, 30 de octubre de 2009

Gastón

Mientras Mario caminaba por la Avenida de la Constitución, junto a la Catedral de Sevilla, observó como un avión cruzaba el cielo. Sin que Mario pudiera evitarlo, un ciclista mal educado casi le pasa por encima, no sin dejarle un dolor en el brazo que le perduró varios días. En otra ocasión Mario se encontraba tomando un café mientras leía el periódico, muy cerca de los Campos Elíseos. Alzó la vista y vio como un avión se disponía a atravesar una nube. En ese instante un coche trata de evitar el atropello de un incauto peatón que estaba cruzando fuera de un paso de cebra, de tal suerte que se abalanza directamente hacia la mesa donde humeaba el café de Mario. Tres días después a Mario le dieron el alta en el hospital. Sólo tuvo contusiones leves. Otro día descansaba Mario en lo alto de uno de los edificios más elevados de la ciudad, después de haber caminado bastante por la Avenida de Broadway desde Time Square. Le llamó la atención un chico que se había cruzado en el camino y hablaba por el móvil en español, con un cierto acento francés. Disfrutaba ampliamente de la vista que tenía ante sí de la bahía de Hudson, mientras pensaba en la cara del chico, que le había resultado un tanto familiar. Podía contemplar perfectamente los ferrys que iban y venían de Staten Island, cuando de repente vio horrorizado como un avión se aproximaba por debajo de él. Entonces comprendió que la cara familiar era la misma que le provocó aquel dolor en el brazo y las contusiones leves. A cinco manzanas de distancia Gaston continuaba hablando por el móvil cuando percibió un gran estruendo y muchos cristales rompiéndose. Le contaba por enésima vez a su psicólogo que aún no podía explicarse cómo cada vez que veía pasar un avión por el cielo algo terrible ocurría.

Zayda

Me miraba expectante. Yo seguía leyendo, mirándola de vez en cuando, tratando de que ella no se diese cuenta. Naturalmente se daba cuenta porque no me quitaba ojo. Cuando me levantaba para ir al baño ella también se levantaba. Me seguía. A veces emitía un lamento muy débil, casi imperceptible, pero suficiente como para delatarse. Me estaba diciendo que la acompañase a la calle. Era imposible no despegarse de ella. Sin embargo yo la quería mucho, no podía ser de otra manera. Se había ganado mi amor desde hacía ya tanto tiempo. Pero ya era la hora del paseo y sus ojitos se habían agrandado sobremanera. Los lamentos pasaron a ser quejidos de volumen considerable. Hasta que se le escapó el primer ladrido. Entonces me levanté y ella comenzó a dar saltos, erguida de pie. Abrí la puerta de la calle y salimos un día más a dar el paseo de todas las tardes.

jueves, 29 de octubre de 2009

Devoción

Encontrarte, fué fruto del azar.
Que te quedaras, sin duda, un milagro.

Olvido

Paseaba por la calle distraído mirando los escaparates, cuando se detuvo ante uno que llamó su atención. Había un cartel que decía “se vende memoria”. Sorprendido, entró en la tienda, donde le recibió un anciano. Le preguntó por el anuncio y el viejo le ofreció una botella, asegurándole que tras su consumo, su memoria sería prodigiosa.

Sin dudarlo compró y bebió aquel jarabe y acto seguido, comenzó a recordar un sinfín de nombres y fechas, rostros y lugares que había borrado de su memoria.

Pasó largas horas disfrutando de aquellos pensamientos, imágenes inagotables venían a su mente y cada nuevo hallazgo le transportaba a otro tiempo en que había sido feliz. Esos fueron los primeros días, en que parece que sólo venían a él las mejores horas vividas, las que con más fuerza se agolpaban en su cabeza.

Sin embargo, una tarde, postrado en el sillón, donde pasaba días enteros con sus pensamientos, vino como un dolor de estómago, un mal recuerdo. Y así comenzó, uno tras otro, a presentarse el horror. Recordó cada herida, cada fracaso, cada decepción , y una tristeza inmensa se apoderó de él, no podía soportar aquello.

Hundido, se dirigió a la tienda dispuesto a devolver el líquido prodigioso. - ¿No le ha servido? -le preguntó el anciano-.

-No -respondió-. No lo quiero. Necesito el olvido para imaginar quién soy.

domingo, 25 de octubre de 2009

Biografías

Capítulo 18 y penúltimo

Nací en un hermoso pueblo junto al océano. Tuve esa suerte, y desde ese mismo momento mi vida estuvo ligada al Atlántico. Crecí en una familia de pescadores. El día a día era muy duro, pero la lucha y el trabajo bien hecho eran reconfortantes. Encontré la felicidad viviendo de esa forma sencilla y honesta. Y apasionada, porque del mismo modo que tenías que trabajar dejándote la piel, los ratos buenos también había que vivirlos intensamente.

Pasó el tiempo, me hice mayor y necesité un golpe de timón. Cambié el Atlántico por el Mediterráneo y me enamoré de este mar. Allí pasé mis últimos años, viviendo en un barco atracado cerca de la playa y disfrutando de la hospitalidad del pueblo español.

El último año fue muy especial. Caras nuevas y totalmente inesperadas irrumpieron en mi vida. Una pintora solitaria y un montón de chicos jóvenes se convirtieron en compañeros de vida. Incluso me ayudaron a defender mi casa cuando estuve a punto de perderla. Recuerdo el último día, todos llorando alrededor de mi cama mientras contemplaban mi cuerpo inerte. Pero también había otras caras, miles de rostros que yo no conocía y que lloraban amargamente. Y recuerdo sus gritos ahogados… “¡CHANQUETE HA MUERTO!”.