jueves, 8 de abril de 2010

Anduve buscando.

Anduve buscando el lugar donde encontrarme,entre curvas y humedades
respirando confundido nunca di por terminado el camino elegido.
Cuántas veces el destello de la luna o un estanque, que más da!,
cuántas veces me ha seducido.
Y creyendo encontrar descanso, ay! Pobre de mi, he terminado envilecido.
Y no culpo a la pureza, pues bien se que fue cierta, más o menos intensa,
pero siempre atenta.
No culpo al agua ni al cristal.
Culpo al reflejo, es lo que más miedo me da.
En el vidrio irisado de ojos tan enamorados he acertado a verme desnudo,
sin piel, agazapado.
Que horror!, que espanto! Ya me han desenmascarado.
Es entonces cuando la ira y la locura se presentan, a codazos apartan la conciencia
y la lengua viperina libre se expresa.
Dulce ahogo las lágrimas del desconsuelo que poco a poco horadan el corazón lozano que en ese momento tenga entre mis manos.
Aniquilo la presencia, con risa falsa y docta exigencia.
Para después, camino al cadalso, mil absurdas razones poder ir balbuceando.
Esta visión, este esperpento, se torna realidad, lo llevo muy adentro.
Es por eso que al reflejarme en limpias pupilas la tragedia renace,
me persigue y atosiga.

miércoles, 31 de marzo de 2010

La dulce cotidianeidad

Como cada mañana abrió la ventana de par en par, y puso los postigos de madera bien atrás para que toda la luz entrara a raudales a su cuarto. La primavera había llegado y el olor a azahar se apropiaba de todos sus espacios, eso la tenía de buen humor y las naranjas y los limones cada día le parecían unas frutas más imprescindibles. Desde hace unas semanas además su habitual paseo de la mañana ya no era un sacrificio en aras de la salud, sino un dulce recreo a sus sentidos, tanto así que ya no veía la hora cada tres pasos, como le era habitual, ni seguía el mismo planificado recorrido, sino que se extendía interesada por las transformaciones de los cerezos en flor, o por la forma particular de mezclarse la luz entre el follaje; incluso hoy se atrevió a explorar al interior de un matorral, hogar de pequeñas codornices silvestres, que sorprendidas corrieron despavoridas a otra guarida, causándole gran diversión.
Siempre había odiado esa tendencia colectiva de apego a la primavera, para ella no había estación más agradable que el otoño, pero esta vez había algo particularmente seductor en el ambiente. Mientras caminaba llegó a sospechar de sí misma al verse tan florecida como los parques, planteándose de hecho, si aquella alegría y entusiasmo eran realmente normales, si no estaría en un estado de euforia ficticia luego de la cual vendría una profunda depresión, se preocupó, sin embargo, decidió que lo mejor era apurar el paso para llegar pronto a la panadería y no perderse el pan caliente con frutos secos que tanto le gustaba y que ya empezaba a saborear.

No amarás

Mientras él la poseía, sus párpados se iban apretando como ostras, y sus sienes cabalgaban de latidos azuzándola entre espasmos y chillidos de cría asustada. Sus senos crecidos no eran suyos, erguidos como sierras que escapaban a su natural llanura de pasividad. Nada podía ver en su noche poblada de imágenes que venían sobre ella para acrecentar el placer que no lograba dominar, que no podía contener. “No amarás” Oía dentro de sí, “serás solo agua de río”. Así sería cada vez, dominada por el peso de su eterna levedad.

martes, 30 de marzo de 2010

La amarga levedad del ser

Mientras Tomás disfrutaba de la dulce levedad del ser, decidió que por el momento no iba a regresar a Praga. Amaba a Teresa, sí, y sabía que la seguiría amando, que sería el gran amor de su vida, pero no deseaba renunciar a su libertad en Zúrich. Pasaron algunos días hasta que llamó a Sabina. Hizo varios intentos más, pero en vano logró comunicarse con ella. Entonces pensó darse una vuelta por Ginebra. Sabina le había dejado escrita su dirección en un trozo de papel. Tras tocar varias veces el timbre, su mirada, perpleja, alternaba entre la puerta que tenía delante y el trozo de papel que contenía la dirección donde ahora se encontraba. Se dirigió al bar que quedaba enfrente. Se sentó en una mesa pegada a una de las ventanas que daba a la calle y pidió un té. En la mesa que tenía al lado observó como un hombre clavaba su mirada en la puerta de Sabina. Se dirigió hacia él y le preguntó:
-Disculpe, ¿conoce usted a una mujer llamada Sabina, que vive ahí enfrente?
-Sí, usted… ¿cómo lo supo? - Respondió aturdido el hombre.
-Mi nombre es Tomás y vengo desde Zúrich a visitar a Sabina.
-Yo me llamo Franz. ¿Ha sabido usted algo de Sabina?
-No, he tratado de comunicarme con ella pero no lo he logrado.
Conversaron por un buen rato y se despidieron. Franz empezó a paladear la amarga levedad del ser después que Tomás le hablara sobre Sabina.

lunes, 29 de marzo de 2010

A tres pies sobre el suelo.

La luz clara, la bella estampa, cortinas blancas en la brisa de la madrugada.
Huelo la noche sentado en la cama, el alma se agita, se siente encerrada.
Desdichada carne que nace muriendo, maldito cuerpo, que en la cuna se va pudriendo.
Y que fácil hacerse viento, escapar volando libre de peso, derramar los humores que nos mantienen preso.
Resbalar el filo hasta tocar el hueso y ya está hecho.
Ay! pobre de mi, me cegó lo eterno.
No hay vuelo, no hay consuelo, solo encuentro la triste miseria del vagabundo inquieto que buscando la gloria,
pena y desespera levitando a tres pies sobre el suelo.

jueves, 25 de marzo de 2010

La levedad y el peso

Justo hoy, cuando mi conciencia de un mundo funesto me permite apenas respirar, y salgo a la calle movido sólo por necesidades vitales, me encuentro de pronto con ella, que viene flotando con aquella sonrisa de buenos presagios y mirada de durazno en flor. Y aunque me tropiezo y casi caigo sumergido en su pelo rojo siniestro que en algún momento robó mi lucidez, alcanzo ágilmente a sumergirme en las revistas del quiosco de la esquina, convertido momentáneamente en la fortaleza que defiende mi honor de esa dulce afrenta. ¡No bajaré las armas! ¡No podrás conmigo!, me digo en silencio, mientras ella- perfumada y etérea- pasa por mi lado fingiendo que no me ve, humillándome por no haber sucumbido a nuestro destino.

martes, 23 de marzo de 2010

Soneto Laxativo

De vez en cuando, y a modo de ejercicio
combato la congoja al folio en blanco.
Sentado, nada fluye. Me levanto
y mis pasos conducen al servicio.

Ansío la inspiración mientras devano
mis sesos, mas también los intestinos.
¿Musas en el retrete? ¡Desatino!
Otra vez, tanto esfuerzo ha sido en vano.

Estreñido de vientre y de meninges
deambulo con la duda por mi cuarto:
-¿Debe el poeta cruzar aquella linde
que separa el buen gusto de lo guarro?-

-¡Hete aquí la respuesta!-. Yo me dije
(Y el mismo vientre irrumpe en un aplauso)

domingo, 21 de marzo de 2010

Desengaños

Conocerse no fue una casualidad. Vivían cerca, fueron juntos al colegio, sus padres eran amigos desde siempre. Ambos eran guapos e inteligentes y tenían un brillante futuro por delante. Daniel estudió medicina como su padre y tras terminar la carrera y realizar las consabidas prácticas, logró obtener un meritorio puesto en el pabellón de oncología del principal hospital de su ciudad, junto a su progenitor. Al principio todos consideraron natural que comenzaran a salir y a nadie extrañó cuando unos años después anunciaron su boda. Era lo lógico… Por eso nunca pudieron comprender aquella escueta nota encontrada en la silla, bajo sus pies:

- Lo siento, no podía soportar que todo fuera tan previsible….


***

Fernando, siempre había vivido al día. Le gustaban las novedades y era rara la ocasión que no tenía alguna buena anécdota que contar a sus amigos. Todo aquello le hacía disfrutar cada vez más de la vida. Un día la vio y se enamoró, como le había ocurrido tantas veces con otras mujeres. Normalmente era un pequeño detalle el que hacía que se fijara en ellas. Un delicado gesto al tocarse el pelo, una sonrisa discreta mientras pensaba en algo, el brillo de sus ojos en un momento determinado… En esta ocasión no supo qué es lo que fue, pero igualmente decidió seguirla hasta encontrar la oportunidad de entablar alguna conversación con ella. A los pocos minutos se paró frente a un kiosco para comprar tabaco, momento que aprovechó para pedirle fuego. Le dio el mechero casi sin mirarle, y continuó su camino. A pesar de sus esfuerzos en los días siguientes no consiguió nada de ella. Lo intentó de mil formas posibles, pero no hubo manera. No estaba casada, ni tenía novio ni novia, una vida normal y nada que objetarle. Simplemente él no le interesaba. Su obsesión por ella llegó a tal extremo, que unos momentos antes de saltar del puente, gritó:

- Tan sólo quería una vida normal

sábado, 20 de marzo de 2010

El lado bueno de la levedad

- ... bueno, si estoy callada es porque no sé cómo decirte que en estos días que has estado fuera he estado pensando. Quiero estar sola.
- Tía, de verdad, estás fatal, no puedo creer que otra vez me vengas con lo mismo...

En aquel momento saltó el Play en mi cabeza y empezó a sonar aquella estridente canción.

(hacer clic sobre el link con el botón derecho y "abrir enlace en una pestaña nueva" y tras un minuto de escucha seguir leyendo con la música de fondo)
http://www.youtube.com/watch?v=s0RT8KoqMVw

Él continuaba con su argumento sobre lo erróneo de aquella decisión y lo irrespetuoso de no querer hablarlo en persona, pero yo ya no podía oirle, el volumen de la música y sus alaridos no me dejaban escucharle.
Poco después unos pitidos me espabilaron, había colgado. Entonces pensé que tenía toda la razón, estaba fatal, me estaba saltando las reglas del mundo adulto. Pero una especie de sonrisa reflejada en la vitrina del salón me recordó la inconmesurable alegría que me proporcionaba la levedad de mi ser.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La complicada historia de lo simple

Ahora no se le ve mucha relación con el libro que estamos leyendo, pero de verdad que se me ocurrió a raíz de su lectura. Meditaba sobre la idea de que a veces somos nosotros los que nos complicamos la vida dándole al tarro...


En su mirada solía haber un halo de tristeza. Como cuando los ojos de alguien brillan repentinamente y decimos “un destello de felicidad iluminó su mirada”, pero en su caso siempre era de tristeza. A veces esta luz permanecía largo rato, otras veces aparecía súbitamente y se marchaba de la misma forma. A veces, surgía tras una tímida sonrisa, como para frenar la promesa de un momento de alegría. Él se preguntaba qué podía haberla entristecido tanto y hablaba con ella intentando averiguarlo. Pero hablaron tanto que ya no quiso dejarla marchar. Se juró a si mismo que borraría de su alma todos los malos recuerdos para sustituirlos por otros alegres, que fuera cual fuera su pena, acabaría desterrándola de su rostro. Ella se quedó con él, aseguraba que era feliz, pero el destello de tristeza no había desaparecido. Incluso se podría decir que ahora se manifestaba más a menudo. Un día al despertar, sus ojos no podían ver. Se asustaron mucho y él la llevó rápidamente al hospital. Allí estuvo varios días hasta que le quitaron las vendas. -Si todo ha salido bien, debería volver a ver sin problemas- dijo el médico. Le quitaron las vendas y ella dio un grito de júbilo, veía perfectamente. Ahora él la miraba fijamente cuando hablaba, el halo de tristeza se había desvanecido, en su lugar había quedado una peculiar bizquera. En unos días su melancólica enamorada había sido sustituida por una chica que parecía haberse tomado un par de copas de más. Suerte que este nuevo destello era más esporádico que el anterior.

martes, 16 de marzo de 2010

tsunami

Al igual que los demás, cuando sonó la alarma Ana se levantó de un brinco de la cama. Sobresaltada se percató que el piqueteo insistente del mar, que marcaba los ciclos del pueblo, había sido reemplazado por un silencio agudo en el cual sólo se escuchaba el clic clac a destiempo del reloj antiguo del salón. Ella sabía lo que significaba, pero no alcanzó a reaccionar; cuando se recuperó horas más tarde, sofocada por el sol y el lodo, su mirada contempló enmudecida el campanario torcido de la Iglesia, cuyo resplandor de metal iluminaba como el primer acto de una funesta obra miles de cuerpos y casas desgajados a lo largo de la playa.

viernes, 5 de marzo de 2010

Lluvia

Sospecho que tengo goteras. Debe haberse inundado mi cerebro, mi almohada siempre amanece mojada.

martes, 23 de febrero de 2010

En el próximo viaje

Progresa torpemente, a paso de tortuga, resbalando entre las pulidas piedras. Su cabeza de vieja tira de su alargado cuello, como queriendo llegar antes que el resto del cuerpo. Evita el estanque de agua, y a la palmera de plástico, y con aparente esfuerzo llega a la pared de cristal. A cada lado de su cara abre al máximo sus tejidos membranosos, desvelando dos botones brillantes, que se dirigen como prismáticos hacia la butaca donde está sentado él.

Él tiene un libro en una mano, y en la otra una pipa, que apenas aparta de su boca. En la oscuridad del salón, una lámpara de sobremesa desvela su piel cuarteada, y sus párpados abultados, que le dan el aspecto de un viejo capitán que no se hundió con su barco. En una pausa suelta el libro, acerca un mechero a la pipa, y aspira para que vuelva a prender el tabaco. Mira hacia la estantería. Ella está tras el cristal, observándole, cerca de su ex mujer y sus dos hijos, que también parecen mirarle desde el porta-fotos. El que esconde cuando llegan las visitas. Vuelve al libro, a un par de páginas atrás, y comienza a leer en voz alta, muy despacio. Un párrafo, y luego otro, hasta terminar el capítulo. Después vuelve a mirarla, esperando su aprobación. Su caparazón brilla con la luz artificial. No se ha refugiado en él, sigue con su cabecita fuera, observándole. "Sé que me has echado de menos, preciosa. En el próximo viaje te llevaré".

Los otros

La chica rubia del móvil blanco miraba de reojo al muchacho sentado a su lado.
- Qué raro es, pensaba, viste todo de negro y lee unas revistas de música extrañísimas.
- Qué niña más peculiar, pensó el muchacho, con gafas de sol dentro del vagón.
A unos metros, agarrado a la barra del tren de cercanías, un funcionario de Correos que cada mañana cogía ese trayecto para ir a trabajar, susurraba a su novia:
- Vaya par de dos esos de ahí. Todo el tren vacío y se van a sentar en la última fila, donde no hay ventanas para mirar el paisaje.
Etc, etc, etc.

domingo, 21 de febrero de 2010

Hormigas

Como es la primera vez que uso esto, no sé si lo habré hecho bien, ni veo que nadie se haya animado todavía, así que ahí va para romper el hielo, algo de lo que la novela de Farola, me ha inspirado. No es que sea gran cosa, pero bueno ahí está. Ya comentaremos el jueves.

Siempre me sentí como una hormiga. Qué ridículas me parecían cuando de niño las observaba trabajar con afán, sin desfallecer nunca, recogiendo cualquier pequeña miga de lo que fuera… y qué poderoso me sentía yo, cuando decidía ponerles cualquier obstáculo, para que tuvieran que dar la vuelta, pero daba igual, ellas siempre persistían en su empeño… ¿para qué? Simplemente para subsistir.
¿Y qué hacemos nosotros los hombres sino eso? ¿no es lo mismo si te sitúas en lo alto y los observas cómo se dirigen todos a ninguna parte, con prisas, como si lo que hicieran fuera lo más importante… con sus angustias, sus miedos, sus preguntas filosóficas… ¿para qué?
Hace tiempo que dejé de plantearme ya todo esto. Me gusta mirar el mar cuando no hay nadie, me gusta sentir el aire en la cara cuando sopla fuerte, o salir cuando llueve … Lo demás no importa.

viernes, 5 de febrero de 2010

Plenitud

Harta de contemplaciones me decidí, me puse en pie sobre el puente en el que había estado sentada más de media hora y salté. Todo era un cúmulo de sensaciones nuevas que sentía intensamente. El tiempo pasaba muy deprisa, podía oír gritos de fondo, el viento en mi cara, apenas me dejaba ver dónde estaba, el sudor de mis manos, la sequedad de la garganta, la tensión en todo el cuerpo y ese nudo en el estómago. El vacío. Haber hecho algo de lo que no te creías capaz.

martes, 2 de febrero de 2010

Ausencia

Permanecía allí, pesado e inmóvil cuando me desperté. Nos miramos sin entendernos, aunque sin la más mínima sorpresa. Me levanté, resignado, pensando en cómo planear el día para evitar nuestro encuentro. Salir al parque, tomar un café, todo, menos quedarme a su lado. Conseguí esquivarlo durante algunas horas en que fui felizmente inconsciente, liviano y ajeno a su recuerdo. Las calles abarrotadas de gente, espectáculos de música en el centro, un par de copas en el bulevar. De regreso a casa, abrí la puerta, temiendo que aún estuviera dentro. Parpadeaba la luz roja. Había un mensaje en el contestador. Ella quería verme, y el dinosaurio había desaparecido.

viernes, 30 de octubre de 2009

Gastón

Mientras Mario caminaba por la Avenida de la Constitución, junto a la Catedral de Sevilla, observó como un avión cruzaba el cielo. Sin que Mario pudiera evitarlo, un ciclista mal educado casi le pasa por encima, no sin dejarle un dolor en el brazo que le perduró varios días. En otra ocasión Mario se encontraba tomando un café mientras leía el periódico, muy cerca de los Campos Elíseos. Alzó la vista y vio como un avión se disponía a atravesar una nube. En ese instante un coche trata de evitar el atropello de un incauto peatón que estaba cruzando fuera de un paso de cebra, de tal suerte que se abalanza directamente hacia la mesa donde humeaba el café de Mario. Tres días después a Mario le dieron el alta en el hospital. Sólo tuvo contusiones leves. Otro día descansaba Mario en lo alto de uno de los edificios más elevados de la ciudad, después de haber caminado bastante por la Avenida de Broadway desde Time Square. Le llamó la atención un chico que se había cruzado en el camino y hablaba por el móvil en español, con un cierto acento francés. Disfrutaba ampliamente de la vista que tenía ante sí de la bahía de Hudson, mientras pensaba en la cara del chico, que le había resultado un tanto familiar. Podía contemplar perfectamente los ferrys que iban y venían de Staten Island, cuando de repente vio horrorizado como un avión se aproximaba por debajo de él. Entonces comprendió que la cara familiar era la misma que le provocó aquel dolor en el brazo y las contusiones leves. A cinco manzanas de distancia Gaston continuaba hablando por el móvil cuando percibió un gran estruendo y muchos cristales rompiéndose. Le contaba por enésima vez a su psicólogo que aún no podía explicarse cómo cada vez que veía pasar un avión por el cielo algo terrible ocurría.

Zayda

Me miraba expectante. Yo seguía leyendo, mirándola de vez en cuando, tratando de que ella no se diese cuenta. Naturalmente se daba cuenta porque no me quitaba ojo. Cuando me levantaba para ir al baño ella también se levantaba. Me seguía. A veces emitía un lamento muy débil, casi imperceptible, pero suficiente como para delatarse. Me estaba diciendo que la acompañase a la calle. Era imposible no despegarse de ella. Sin embargo yo la quería mucho, no podía ser de otra manera. Se había ganado mi amor desde hacía ya tanto tiempo. Pero ya era la hora del paseo y sus ojitos se habían agrandado sobremanera. Los lamentos pasaron a ser quejidos de volumen considerable. Hasta que se le escapó el primer ladrido. Entonces me levanté y ella comenzó a dar saltos, erguida de pie. Abrí la puerta de la calle y salimos un día más a dar el paseo de todas las tardes.

jueves, 29 de octubre de 2009

Devoción

Encontrarte, fué fruto del azar.
Que te quedaras, sin duda, un milagro.

Olvido

Paseaba por la calle distraído mirando los escaparates, cuando se detuvo ante uno que llamó su atención. Había un cartel que decía “se vende memoria”. Sorprendido, entró en la tienda, donde le recibió un anciano. Le preguntó por el anuncio y el viejo le ofreció una botella, asegurándole que tras su consumo, su memoria sería prodigiosa.

Sin dudarlo compró y bebió aquel jarabe y acto seguido, comenzó a recordar un sinfín de nombres y fechas, rostros y lugares que había borrado de su memoria.

Pasó largas horas disfrutando de aquellos pensamientos, imágenes inagotables venían a su mente y cada nuevo hallazgo le transportaba a otro tiempo en que había sido feliz. Esos fueron los primeros días, en que parece que sólo venían a él las mejores horas vividas, las que con más fuerza se agolpaban en su cabeza.

Sin embargo, una tarde, postrado en el sillón, donde pasaba días enteros con sus pensamientos, vino como un dolor de estómago, un mal recuerdo. Y así comenzó, uno tras otro, a presentarse el horror. Recordó cada herida, cada fracaso, cada decepción , y una tristeza inmensa se apoderó de él, no podía soportar aquello.

Hundido, se dirigió a la tienda dispuesto a devolver el líquido prodigioso. - ¿No le ha servido? -le preguntó el anciano-.

-No -respondió-. No lo quiero. Necesito el olvido para imaginar quién soy.

domingo, 25 de octubre de 2009

Biografías

Capítulo 18 y penúltimo

Nací en un hermoso pueblo junto al océano. Tuve esa suerte, y desde ese mismo momento mi vida estuvo ligada al Atlántico. Crecí en una familia de pescadores. El día a día era muy duro, pero la lucha y el trabajo bien hecho eran reconfortantes. Encontré la felicidad viviendo de esa forma sencilla y honesta. Y apasionada, porque del mismo modo que tenías que trabajar dejándote la piel, los ratos buenos también había que vivirlos intensamente.

Pasó el tiempo, me hice mayor y necesité un golpe de timón. Cambié el Atlántico por el Mediterráneo y me enamoré de este mar. Allí pasé mis últimos años, viviendo en un barco atracado cerca de la playa y disfrutando de la hospitalidad del pueblo español.

El último año fue muy especial. Caras nuevas y totalmente inesperadas irrumpieron en mi vida. Una pintora solitaria y un montón de chicos jóvenes se convirtieron en compañeros de vida. Incluso me ayudaron a defender mi casa cuando estuve a punto de perderla. Recuerdo el último día, todos llorando alrededor de mi cama mientras contemplaban mi cuerpo inerte. Pero también había otras caras, miles de rostros que yo no conocía y que lloraban amargamente. Y recuerdo sus gritos ahogados… “¡CHANQUETE HA MUERTO!”.


miércoles, 21 de octubre de 2009

Escribir para sentir

En los muchos años que hace ya que me conozco he descubierto de mí misma que, si hay que elegir, siempre escogeré el lado positivo de las cosas. Así estudié Publicidad en vez de Medicina, prefiero la primavera al invierno, el pop antes que el heavy, etc. Supongo que soy más partidaria de quedarme con una buena impresión de la vida y de los momentos.

El hecho de crear algo para mí supone, sobre todo, provocar algún sentimiento, tanto a nosotros como a los demás. La contemplación del arte por sí misma ya provoca estupendas sensaciones para aquellos que tienen una pizca de sensibilidad. A la hora de hacerlo por uno mismo el placer es doble porque además tienes el incentivo de ver qué hay dentro de ti. Y esa es tal vez la razón principal por la que me gustaría escribir, la misma por la que siempre me he lanzado a participar de lleno en todas las cosas que me atraen.

Uno de los lemas de toda la historia que creo que más he aplicado sin darme cuenta es la premisa punki de "Hazlo tú mismo" o "Do it yourself". No creo que sea necesario ser un genio para crear. No hay que ser tan exigentes con nosotros mismos. No todos podemos ser Cervantes, Goya o Mozart. Está claro que si nuestra intención es perdurar en el tiempo por nuestro legado artístico y fascinar al mundo es requisito casi fundamental ser un genio y hacer las cosas muy bien. Pero si, como en mi caso, la idea que nos mueve es vivir un buen momento con lo que estamos haciendo, creo que todos tenemos el derecho de participar en aquello que nos entusiasma. Así que cada vez que siento esa necesidad de hacerme sentir algo nuevo me permito el lujo de hacerlo sin importarme demasiado las críticas negativas que sin duda aquello que hago recibiría del público exterior.

martes, 20 de octubre de 2009

¿Por qué escribir?

La escritura es un medio de expresión con el que siempre me he identificado. Es un modo de canalizar sentimientos, ideas, recuerdos. Una experimentación conmigo misma, una materialización de mi ser, una herramienta a través de la cual me analizo, me observo, me desarmo en palabras, para luego construirme, y mirarme como un todo, como algo con una forma definida que va cambiando con el tiempo.

Algo que crece, se rompe, evoluciona, y es tangible en la escritura. Algo que tiene un espacio, donde permanecer y desarrollarse. Tiene un ritmo, una sucesión, una continuidad de identidades que se escriben y leen a través del tiempo, construyendo mi historia personal. Desde la escritura leo todas mis vidas, las vividas y las inventadas, y así se, que fui, que estuve allí.

Escribir para encontrarse, para saber quien eres, para no dejar al olvido el último renglón, para imprimir un testimonio de lo vivido, de lo nunca dicho. Escribir para el mañana, leerse en el ayer, deletrearse en el papel de los días que se van inciertos, marchitos, innombrables, si no fuera por cada palabra que queda escrita hoy.