A la muy noble dama, Luana de Montecillos y Arganda.
Yo hablaré por vos, mi Señora Luana; y os defenderé ante cualquiera que ose confundir a vuestro esposo con calumniosas insinuaciones e impíos arrebatos de justicia y moral. Vuestra virtud e inocencia son incuestionables, y doy fe de estar intactas. No habéis de temer más perfidias, ni falsos juramentos en pos de una absurda y depravada galantina moral, que adorna, mas no alimenta. Os prevendré de ellos.
He remitido, no obstante, mis deseos y afecciones a vuestro esposo, y debo confesar que las ha cogido por el pescuezo, como quien ajusticia a un pavo; las ha arrebatado y sacudido, escupiendo las palabras de su boca, engalanadas de orgullo y malquerencia, burlándose, además, de mi sinceridad, con una aborrecible y deslenguada respuesta.
No temáis nada de ello, pues mi amor permanece tan intacto como las estrellas del cielo, que nos miraban a las horas de vigilia en vuestro lecho. Y, aunque así me lo solicitéis, no os puedo revelar el lugar de este refugio en el que me hallo, pues nuestras confesiones escritas, aun selladas, os confirmo, son sin duda comentadas en viejos y oscuros oídos de celosía, para los que el secreto es una cuestión sólo de forma.
Espero que nada os perturbe en vuestro hogar, ni que vuestro esposo tome cartas de otra baraja, si quiere jugar con vos al matrimonio convenido. Lo habéis sido todo para mí, y doy gracias por vuestra paciencia en mis enseñanzas.
Tomad confianza de que estaré cerca, más que el aire que respiráis, y os confortaré como vuestra manta de lana añil; aquella que con mis manos tejí. No puedo dejar de manifestaros, asimismo, pues nada olvido, el recuerdo de los suspiros de nuestro mutuo aliento, y vuestra mirada quebrada en la agonía de tantos finales compartidos; en el frío silencio de un amor nocturno, que tanto nos conmovió, y en la eternidad de yacer con vos, mi dulce y ansiada dama.
Nos deseo la eterna fidelidad que nos profesamos, y ruego me perdonéis, si en los tránsitos y las horas de compañía, os evitaba la mirada, pues de esto siento la más profunda culpabilidad por la descortesía que os pude profesar. Os remito mi inobediencia a toda regla y mandamiento que nos quiera robar lo que hemos tenido.
Dios guarde a vuestra merced tanto tiempo como el que me permita vivir a mí.
Con todo mi cariño y afecto hasta la muerte, se despide vuestra humilde sirvienta Inés.
lunes, 20 de febrero de 2012
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